Hacía muchos años no veíamos en Bogotá una exposición individual de la obra de Fanny Sanín. Su trabajo no había dejado de mostrarse, eso sí, en algunas colectivas del país, especialmente en ferias de arte. Pero, por supuesto, su presencia internacional ha sido permanente. Cito, por ejemplo, las siguientes muestras individuales de los últimos años: Sublime neogeometría, en la Galería Gómez de Baltimore, 2003; Estructuras cromáticas, 1974-2004, en la Embajada de Colombia en Washington, 2005; La estructura cromática, 1974-2004, en el Instituto Ítalo-Latino-Americano de Roma, 2007-2008, y Un viaje cromático, 1966-2008, en Latin Collector de Nueva York, 2008, entre otras.
La presencia del arte abstracto en América Latina tuvo un examen interesante, aunque incompleto, a comienzos de este año, en la exposición Espíritu constructivo. Arte abstracto de Sur y Norteamérica, 1920’s-1950’s, presentada en el Museo de Newark. Tenemos una tradición de calidad en el mundo de la abstracción geométrica y no geométrica; pero con excepciones como la exposición que se acaba de mencionar, los europeos y los norteamericanos nos siguen ignorando y, en algunos casos, sólo descubriendo tardíamente. Un caso al respecto que puede recordarse es el de la veteranísima Carmen Herrera, de Cuba, quien ha vivido desde hace muchos años en Estados Unidos y que sólo ahora recientemente ha sido reconocida como gran pintora.

En su producción vinculada a la abstracción geométrica, Fanny Sanín ha llevado a cabo una proeza: seguir un derrotero propio que la convierte en una artista muy original. A lo largo de los años algunos críticos la han relacionado con varios pintores abstractos, algo que es normal, pero ciertamente resulta imposible detectar nexos cercanos con otros trabajos, y mucho menos afirmar que la artista ha seguido a un determinado geométrico. Examinando algunos acrílicos de 2009, es evidente que la pintora presenta algunas composiciones nuevas en las que se destacan el aumento de los elementos de cada acrílico, la insistencia en los planos triangulares agudos, la reiteración de los límites diagonales y la variedad cromática. Tres años atrás los lienzos eran más “reposados”, con menos elementos, con triángulos de lados iguales, con bandas más destacadas en sentido vertical u horizontal y con predominio de los colores cálidos. De 2005, el Acrílico No.2 es un lienzo constituido por cinco bandas verticales: en el centro una roja –cortada por un pequeño rectángulo amarillo–, luego dos bandas amarillas más anchas y en los extremos del cuadro dos bandas oscuras, divididas en dos zonas: grises en la parte de arriba y negro abajo. En la tela mencionada se divisan unas líneas finas que recorren las bandas amarillas. Son elementos nuevos que crean afectos de gran sutileza.
Y así podría seguir analizando retrospectivamente los acrílicos de la extensa producción de Fanny Sanín. Una grata experiencia que siempre enaltece el arte de la pintura. Aparte del mensaje de empeño y disciplina que obtenemos con el estudio de estas composiciones geométricas, resulta importante afirmar que la artista colombiana –cada vez con más reconocimiento en Estados Unidos y en Colombia– es una fiel heredera de las ideas del ruso Kasimir Malevich, quien definía su pintura, que llama suprematismo, como “la supremacía del sentimiento puro en el arte creativo… El arte, que en el pasado estuvo al servicio de la religión y el Estado, asumirá una nueva vida. El arte puro del suprematismo erigirá un nuevo mundo, el mundo del sentimiento”. Como también lo es la música. En los impecables cuadros de Fanny Sanín no hay ninguna referencia a la arquitectura de Nueva York, ni ningún recuerdo de la voluntad de abstracción precolombina, tan sólo existen el sentimiento, la sensibilidad, la emoción, el sentido del orden.
GERMÁN RUBIANO CABALLERO
