Tierra-Bruna es la primera gran exposición individual de la chilena Emma Malig, instalada en Francia desde hace alrededor de quince años. En esta galería municipal cercana a París, muy activa y diversificada en cuanto a su programación, se presentaron varios artistas de América Latina, entre los cuales podemos citar a los argentinos Jack Vanarsky y Octavio Blasi y al uruguayo José Gamarra. El trabajo reciente (2006-2010) que decidió mostrarnos Emma Malig es todo discreción, todo matices y sutileza; podríamos decir también que es todo susurros, lejos de los gritos estridentes de una pintura actual que tan sólo existe en el exceso. A través de una cartografía imaginaria y sensible, conformada por tondos, pinturas y dibujos de pequeño y gran formato, la artista construye un recorrido de memorias, jalonado de señales, palabras o frases que expresan la nostalgia de un país, como escribe la poetisa Silvia Baron-Supervielle. Pero este itinerario que nos invita a ver y leer es, antes que nada, el itinerario de un desplazamiento interior, la percepción apenas esbozada de un territorio imaginario, entre la tierra y el cielo, entre agua y orillas, en donde se deslizan, silenciosamente, el recuerdo y el olvido. En esta obra simbólica, la reiteración de expresiones, frases o términos tales como “exilio”, “carta de sin fin”, “carta de tierra sola”, “mares del olvido”, “tierra del olvido”, “vagabundeos”, etc., se acompaña de otros símbolos. Hay signos que organizan el espacio: en primer lugar está el círculo dominante pero también algunos íconos miniaturizados como el árbol, el barco o el pájaro, y fragmentos de mapas apenas identificables, todos los cuales evocan el desplazamiento y el arraigo. La geografía nostálgica de Emma Malig no es sólo perceptible en esta forma de escritura entre letras y signos; se expresa igualmente en lo que podríamos llamar una verdadera “Oda al papel” (recordando las maravillosas odas cotidianas de Pablo Neruda): ya sea tierra, agua o nube; ya sea que esté rasgado, pegado, dibujado y pintado, arrugado, superpuesto, arañado, embebido o deslavado, es con el papel, con su flexibilidad, textura y posibilidades técnicas, en una palabra con toda su nobleza, que la artista deposita, en forma delicada, la huella inolvidable de sus sentimientos. Y ese papel, que ella ama y respeta, ha sido fabricado por ella misma, para cada una de las obras de esta exposición.

Con una sola manchita azul sobre fondo unicolor intitulada Ceci est la Couleur de Mes Rêves (Este es el color de mis sueños), Joan Miró nos entregaba, en 1925, una de las claves de su universo onírico y colorido. Este también podría ser el punto de partida del viaje en azules y ocres al que la artista chilena nos invita. En la propuesta museográfica, que ocupa dos salas ampliamente abiertas una sobre otra, hay mucho espacio libre entre las obras, lo que sirve al propósito plástico e intelectual de Emma Malig, aportando al conjunto un complemento de levedad y flotamiento. En la primera sala, dos grandes mapamundis ocupan una gran pared a la derecha, t.Exilio I y t.Exilio II (195 cm de diámetro, técnica mixta sobre papel, 2010). Formada por varios espesores de papeles fragmentados y pegados unos sobre otros, la superficie irregular, pintada de ocre, presenta una apariencia rugosa y delicada a la vez, tierra frágil y martirizada sobre la que ella dibuja, en forma casi caligráfica, paisajes, árboles y animales que jalonan un improbable trayecto. En estos mapamundis, si bien existe tierra, texturas ocres y beige, hay sobre todo mucha agua, todos esos azules que hacen soñar y se abren a un espacio sin fin en el que el olvido tiene todo el tiempo para perderse. La vastedad de Carta a Este Mar (144 x 188 cm, técnica mixta sobre papel, 2009) invita a esa oscilación permanente entre el elemento tangible que nos enraíza –la tierra– y el intangible –el agua, con sus orillas y arenas casi movedizas que nos aleja sin cesar de lo inaccesible–. Más allá, en la segunda sala, la serie Errances (Vagabundeos) (13 tondos, 25 cm de diámetro, tinta y lápiz sobre papel, 2010) pone en escena a dos hombres que caminan uno hacia el otro en el centro de unos círculos, y que quieren reunirse pero están condenados a la imposibilidad de un encuentro, prisioneros de esa circularidad que es tal vez también para la artista una prisión virtual hecha de palabras y recuerdos. Instalado en el muro del fondo de la segunda sala y visible desde la entrada, el inmenso Tierra-Bruna (70 x 380 cm, óleo y tinta sobre papel, 2010) aparece como un territorio infinito en el que los ocres rojos crean la atmósfera de un paisaje que aparece y también desaparece con las mismas opacidades, las mismas transparencias. Dos vitrinas presentan cuadernos, algunos dibujos y dos poemas de la artista que completan sutilmente la presentación.
Esta es una obra de mediación sobre el tiempo, la desaparición y la precariedad; una obra de afloramiento y esbozo, una obra poética. En ella, Emma Malig, que es también escritora de haikus, nos ofrece una cartografía de la emoción en donde los horizontes perdidos dialogan en permanencia con la ausencia. Como escribe Silvia Baron-Supervielle en el Journal d’une Saison Sans Mémoir (Diario de una estación sin memoria), “la mayor parte de la gente nace exiliada, pero no huérfana”.
CHRISTINE FRÈROT
