La fotografía tiene el poder cautivador de suspender el tiempo, congelando en una imagen fija lo que no pertenece sino a Cronos. Esta capacidad de enrarecimiento que implica la enajenación consciente de un particular atisbo del ojo entrenado conlleva apareada una sustantivación denodada que acarrea una perspectiva enteramente diferente del hecho cotidiano, una vez de regreso –como extraña ofrenda– al espectador.
Emplazado desde ese ínfimo –pero visceral– vórtice asoma el hecho cotidiano como vasto terreno de exploración en la obra de Eduardo del Valle y Mirta Gómez, cuya trayectoria artística suma ya más de treinta años. La pareja, formada desde los años de estudiantes, ha desarrollado una línea de trabajo bien personal dentro de la fotografía, destacando en primera instancia el sujeto de interés que la pareja escoge como punto de partida para el desarrollo de cada una de sus series.

Los temas abordados pueden ser disímiles. Ya sea la formación de las salinas, construcciones vernáculas, el proceso electoral o la muerte, siempre hay un elemento común que hilvana como constante la obra de este colectivo de creación. Del Valle y Gómez trabajan siempre con el concepto de devenir; el flujo como deviene piedra angular. Este elemento de base articulado a la cualidad de enrarecimiento del acto fotográfico potencia un efecto bien peculiar que la pareja maneja magistralmente, generando esa suerte de estado metafísico que cimbra toda la trayectoria artística de Eduardo del Valle y Mirta Gómez.
En Vista es el título de la sobrecogedora muestra de la última serie de trabajos de la pareja que el Frost Art Museum pone a nuestra disposición. Integrada por diecisiete fotografías cromogénicas, un video que muestra el proceso de trabajo de la pareja, así como una mesa con libros objetos –vestigio de series anteriores–, la exposición es de gran solidez. La serie fotográfica se hace acompañar de un exergo extraído del libro El laberinto de la soledad de Octavio Paz. No más cruzar el umbral y el visitante es sobrecogido por una sensación controversial. La belleza que desde el punto de vista formal domina la serie contrasta con el tema tratado: la muerte.
Desde el punto de vista conceptual, Del Valle y Gómez introducen un punto de reflexión en torno al tema, devenido tabú dentro de la historia de Occidente. Una tradición donde el humano se resiste al diálogo con Tánatos, esa muerte resultado normal del ciclo que es la vida.
Las fotografías han sido tomadas en la depauperada zona rural de Yucatán, donde la muerte, cotidiana, está asociada a deficiencias nutricionales, en contraste con la alta tasa de muerte como resultado de la violencia que distingue otras zonas del país. El acto de sepultura en Yucatán no comprende ritos sofisticados: el cuerpo simplemente es enterrado sin embalsamar siendo exhumado tres años después. Una vez fuera, los huesos son limpiados, arropados y dispuestos en un osario.
Cada año, en el Día de los Muertos, las familias acuden al cementerio, armadas de telas y plumeros, para lustrar las osamentas y la cárcava. Este peculiar rito parece erigirse sobre la tradición maya según la cual, en ese día, las ánimas regresan a compartir con los vivos y disfrutar de lo que en vida gustaban. El cuerpo sigue siendo el receptáculo propicio; de ahí el empeño de sus familiares en rendirle tributo como rito de bienvenida. Una vez desempolvadas las osamentas, se procede a abrigarlas con telas cuyos motivos están relacionados indisolublemente con la personalidad del familiar fallecido. El ajuar deberá renovarse cada año.
Las fotografías de Del Valle y Gómez en esta serie introducen una nueva polaridad, esta vez a partir de los géneros del arte. Presenciamos a un tiempo retrato y naturaleza muerta, y en dependencia de nuestro posicionamiento frente al tema será nuestra lectura de la exposición. La muestra resalta también por la unicidad cromática. Destacan tres zonas de color: el sepia de la piedra, el blanco de las telas y el inconfundible azul maya, que enfatiza la presencia del rito de los muertos y que, desde el punto de vista simbólico, subraya la idea de inmortalidad: dicho pigmento natural es resistente al agua y el paso del tiempo, conservando aún hoy el tono radiante que lo caracteriza.
Abstraídas del tiempo, las fotografías de En vista constituyen un tratado metafísico sobre la existencia humana. A veces, las cuencas vacías nos interpelan, como si a través de ellas nos hablara el ánima del difunto. Otras, nos parece descubrir rastros de la personalidad del retratado, e inevitablemente buscamos reconstruir la vida contenida en el hueso. Poco a poco, nos vamos liberando de todo el peso oscuro que Occidente ha puesto sobre la muerte, para mirarla, suavemente, sin temores y llegar a una reconciliación con ella, como parte natural y última de nuestro paso por la vida.
JANET BATET
