Exposición Individualjun 2010 - ago 2010· Por Monica Kupfer

Carlos Estévez

Allegro Galería

El arte de Carlos Estévez se balancea en un espacio entre la nostalgia y el presente, entre lo esotérico y lo real. Sus dibujos y pinturas en óleo y lápiz describen al hombre moderno empleando un lenguaje visual que nos remite a un mundo de tratados históricos y códices renacentistas, tanto en composición como en su calidad ilustrativa y ornamental. En sus trabajos confluyen delicadísimos dibujos lineales con grandes áreas pintadas a color o de negro, sobre fondos que parecen muros desgastados o documentos envejecidos.

Impresiona la habilidad de Estévez en el desarrollo del diseño, en su cuidadoso uso de la línea para crear sistemas geométricos, patrones de círculos que recuerdan las piezas de un reloj, diagramas esotéricos o mandalas, esos dibujos que representan las potencias del universo. Entre sus elementos iconográficos son constantes las fachadas de edificios romanescos o renacentistas, tanto seculares como eclesiásticos, y lo que parecen máquinas o sistemas mecánicos de función indefinida, creados a través de minuciosos dibujos lineales que en ocasiones recuerdan los complejos aparatos que diseñó Da Vinci.

Exposición Individual: Carlos Estévez — imagen 1
Carlos Estévez. Alucinación hipnogógica, 2009. Óleo y lápiz sobre lienzo. 96.5 x 173 cm. (38 x 68 pulgadas).

En Estévez, sin embargo, tanto las formas arquitectónicas como las mecánicas funcionan como símbolos de la humanidad, como representaciones de los aspectos tanto prácticos como espirituales del hombre. Aparecen en composiciones cargadas de símbolos ligados a una gran variedad de fuentes, relacionados con rituales o textos sagrados, con connotaciones antropológicas, esotéricas y religiosas. Ante la multiplicidad de íconos y formas misteriosas, el observador se convierte en una especie de descifrador o adivinador. En Mensaje subliminal, por ejemplo, vemos las palmas de dos manos, una colmada de engranajes y la otra cubierta con lo que parece el plano de una ciudad medieval, representando lo interior versus lo exterior. Vemos símbolos circulares en la punta de cada dedo y en el centro de las manos, que recuerdan la jamsa, ese talismán árabe (también común en otras culturas), que sirve para protegerse contra los males, en cuyo centro a menudo figura un ojo. Los círculos aparecen en múltiplos de cinco, un número con asociaciones míticas.

En las piezas El rumbo fijo y El rumbo indeterminado dentro de las siluetas de cabezas en rojo y azul, aparecen estructuras arquitectónicas y mecánicas que insinúan la forma de una locomotora y una nave, que aluden a un camino específico y a otro más indefinido. En general, en la obra de Estévez, el ser humano aparece como una figura que provee el balance con el “peso” de las formas dibujadas, sean máquinas voladoras o tazas de té en la forma de cabezas destapadas. En Expresión infinitesimal, el cuerpo de una bailarina pseudomecánica se sostiene sobre una cuerda floja mientras balancea dos enormes, frágiles y rasgadas alas de mariposa, además de diez cabezas que se mueven sobre estas en diferentes momentos de rotación. Igualmente finas aparecen Las damas de blanco, en una obra que alude al grupo que lucha por los injustamente encarcelados en Cuba. Las cinco mujeres desfilan en perfil como figuras egipcias, sosteniendo faros de luz. Tienen cuerpos etéreos, constituidos por finas líneas y discos mecánicos, conectados a llaves de cuerda o pequeñas palancas giratorias. Donde encontramos la mayor sensación de solidez es en sus cabezas, y en sus curiosos calzados de colores, que hacen un irónico saludo a la moda.

En algunos casos, Estévez utiliza líneas delgadas como hilos de marionetas para sostener y agregar dinamismo a sus figuras, como en el caso de la bailarina en Movimiento armónico complejo que es un cruce entre una mujer y un insecto de varios brazos y piernas. En otras obras, como Alucinación hipnogógica los hilos mantienen a flote al ser humano en un precario balance entre dos naves, como dos cascos marinos, que lo transportan en un viaje espiritual, producto de un estado de duermevela. En Sentimientos de pertenencia, esos hilos de vida se convierten en dramáticos ríos azules que unen la figura central con un mundo de formas arquitectónicas, de “ciudades que nos pertenecen”. Es inevitable percibir una conexión entre estas líneas comunicantes en la obra de Estévez y las que conocemos del trabajo de otros artistas cubanos como Juan Francisco Elso y José Bedia. También comparten la representación de la figura humana como una fina y oscura silueta, con coyunturas como engranajes; y el uso de símbolos cosmológicos tanto antiguos como modernos, en algunos casos relacionados con las tradiciones religiosas afrocubanas. 

Las “cajas de sombras” y los collages de Estévez comparten el carácter y estilo de sus dibujos y pinturas, con el factor variable de la tercera dimensión y la imagen apropiada, que el artista maneja con magia propia. El fondo negro contribuye a la sensación de misterio, como lo hace la yuxtaposición de elementos disímiles, como en El próposito, un jinete de cuerda en su caballo, una imagen de Saturno con sus aros y la de un pez ángel, conectados entre sí por delgados hilos que penden de una sola fuente. No cabe duda de que Estévez es un artista bien versado en una multiplicidad de temas, que tiene historias que contar y que sabe plasmarlas en sus obras de maneras que despiertan nuestra admiración y curiosidad.

MÓNICA E. KUPFER

Carlos Estévez, por Monica Kupfer | artnexus