Una expedición etno-artística avanza recolectando evidencias de otros modos de vida entre los intersticios más sórdidos de la ciudad. Los exploradores se desplazan por las trochas y no por el “camino real”, serpenteando entre los riscos de las quebradas en lugar de atravesar las avenidas populosas, saltando entre la basura y el hedor, tal como lo harían aquellas personas en situación de calle que buscan la precaria hospitalidad de las rutas clandestinas para guarecerse de la intemperie o la burla.
Es allí, fuera de los itinerarios comunes, donde se ubica la exposición Arte social por las trochas. Hecho a patá, palo y kunfú de Argelia Bravo (Caracas, 1962). Presentada en la Sala RG entre diciembre de 2009 y febrero de 2010, la muestra reúne varias instalaciones, videos, objetos, fotografías y dermocopias realizadas entre 2004 y 2009. En su mayoría, las obras giran en torno a la figura y el hábitat de una transgénero llamada Yahaira Bravo Marcano, quien ha sido víctima de la discriminación y el maltrato físico por causa de su orientación sexual. Su cuerpo –como el de cualquiera que se desvíe de los estereotipos dominantes– es un lugar donde convergen el deseo y la culpa.

El testimonio de la intolerancia y la exclusión no sólo se aprecia en las huellas obtenidas con procedimientos dactiloscópicos (Arte evidencia 1. Inventario de un itinerario corporal) y certificadas por una especialista en conservación y restauración de objetos de arte (Arte evidencia 2. Humanidad objetivada), sino también en ese transitar furtivo por caminos hostiles y poco frecuentados, para evadir el acoso de sus victimarios o el rechazo colectivo. Aquí, la noción de lugar y la idea del cuerpo están consustanciadas. Las cicatrices de las patadas, “rolazos” y quemaduras que se advierten en la carne de Yahaira son los equivalentes simbólicos de la ferocidad del territorio urbano y demarcan un espacio cuyas coordenadas están fuera de la cartografía oficial (Arte evidencia 3. Cartografía de una historia interminable).
La propuesta da continuidad a una indagación que desde hace varios años realiza Bravo acerca de la comunidad transexual caraqueña, fruto de lo cual han surgido experiencias como Rosado Bravo (MBA, 2004 / XX Bienal Internacional de la Habana, 2009) y My identity card (o Toronto con chispitas de maní) (El Anexo, Caracas, 2007). En esta ocasión –como en aquellos casos– la artista aprovecha expedientes de distintas disciplinas (antropología, activismo, medicina forense, museología, arte) para develar las fisuras del aparato normativo y los daños que este ha ocasionado sobre la población transgénero. Para conseguir este propósito, sus indagaciones trascienden la sosegada penumbra de un taller de artista para desarrollarse en ámbitos aparentemente inconexos, no importa si se trata de oficinas, laboratorios, locaciones urbanas de difícil acceso o sitios de exposición.
Como señalan las curadoras Albeley Rodríguez y Carmen Hernández, la estrategia de Bravo cuestiona el binarismo y la exotización del otro, intentando desenmascarar la circulación de flujos codificados para el control de las identidades y los comportamientos. Sin embargo, su trabajo evita las soluciones literales, experimentando con medios tan disímiles como el video, la performance y la gráfica, procedimientos que utiliza como vehículos documentales, yuxtaponiendo su significado estético y sus implicaciones éticas.
En su caso, el arte es un dispositivo simbólico para dar visibilidad a esta compleja problemática. Ése es el marco donde se presentan artefactos de diverso tipo: una bolsa de papel para recoger pruebas, una planilla ampliada para recabar datos forenses de la víctima, un diploma que certifica su condición de trabajadora sexual (aunque esta no esté avalada por la hipocresía social) o una vitrina para colocar objetos ominosos (bates, piedras, hojillas, cucharas, etc.), cual si se tratara de un allanamiento policial. Todos estos elementos configuran una mirada crítica, amparada en los estudios de género, que intenta captar la atención ciudadana. En tal sentido, Bravo no juzga a nadie ni intenta conmovernos con artificios melodramáticos. Ella se atiene estrictamente a los hechos, limitándose a exponer un mapa corporal de la violencia que permite apreciar las contradicciones de los modelos de representación identitarios, dejando al espectador la opción de sacar sus propias conclusiones.
FÉLIX SUAZO
