Oswaldo Vigas es uno de los artistas más importantes de Venezuela. Su obra presenta fuerte arraigo con América Latina, tanto por su sentido de pertenencia como por la invención de una cosmogonía personal que lo identifica como artista. Los referentes culturales que de allí se desprenden son múltiples y se sugieren a través de las diversas etapas que conforman su trayectoria. Siendo una obra profundamente americana, ha tenido un alcance universal sin precedentes, pues traspasa fronteras culturales. Basta mencionar las altísimas distinciones que ha recibido a lo largo de los años: el Gran Premio SAS Prince Rainier III de Mónaco otorgado en 1992; la Medaille Vermeil de la ciudad de París; su nombramiento como Chevalier de l’Ordre des Arts et des Lettres de France en 1993; el Premio de la Latinidad otorgado en 2004 y, en 2008, Commandeur de l’Ordre des Arts et des Lettres, la más alta distinción que otorga el Ministerio de la Cultura de Francia. Ello sin contar que desde muy joven, en 1952, recibió tres de los premios más importantes que se daban entonces en Venezuela: el Premio Nacional de Artes Plásticas, el Premio John Boulton y el Premio Arturo Michelena, entre otros. Así comenzó la carrera artística de Oswaldo Vigas. Contaba apenas con 26 años de edad.
Los años cuarenta y cincuenta
Vigas nunca siguió normativa académica alguna. Desde joven indagó en diversas expresiones con el propósito de consolidar su lenguaje pictórico personal. Tuvo períodos experimentales, incluso cercanos a la abstracción pero siempre buscando conformar su particular mitología con referencia a nuestros orígenes ancestrales. Por eso, su obra adquiere presencia imponente: por su fuerza expresiva y por el compromiso con su entorno ficcional y su propia identidad.
Esta cualidad la adquiere desde los años cuarenta. En ese entonces, daba rienda suelta a la imaginación pintando flores y motivos fantásticos. En Mérida, donde estudió Medicina, se interesó por la cerámica precolombina y el tema femenino. Esta empatía espiritual se produce de manera inconsciente y perdura a lo largo de su trayectoria. A partir de 1945, sus figuras se vuelven cada vez más sintéticas, el color más austero, y un fuerte trazo lineal las contornea. Ejemplo de ello es la obra Figura en amarillo, de 1949.
En los años cincuenta, dos líneas radicalmente opuestas polarizaron el panorama plástico venezolano: la abstracción geométrica y el cinetismo, por una parte, y la figuración, con diversas variaciones, por la otra. Vigas asumió el camino de la figuración, llegando por momentos a la abstracción. La primera vez ocurrió en Caracas, cuando se muda de Mérida por razones políticas. Con los artistas del Taller Libre de Arte comparte la búsqueda del conocimiento de nuestras raíces autóctonas e identidad. Luego, los viajes a Barlovento, Yare, Siruma, Paraguaipoa y La Guajira intensifican su interés por las tradiciones culturales su pasión por la cerámica precolombina y los petroglifos, consolidando su iconografía y simbolismo personales.
En este contexto, realiza la serie de Brujas. Bautizadas así por el escritor Oswaldo Trejo, esta serie conjuga una práctica pictórica moderna y universal con la presencia de figuras femeninas tomadas de mitologías locales. El tema de la hechicería agrega un componente mágico-religioso a su obra, y vemos, por ejemplo, brujas suspendidas en el espacio mientras objetos circundantes parecen transfigurarse: una planta se vuelve culebra o una mujer es a la vez una planta. Con Gran bruja de 1952 gana el Premio Nacional de Artes Plásticas. Este mundo ficcional adquiere connotaciones americanas, por las alusiones al mundo precolombino (cabezas alargadas y achatadas, algunas con marcas que simulan tatuajes inspirados en diseños guajiros), o bien por la inclusión de signos y símbolos que aparecen en el fondo de las obras de manera sintética y a la vez orgánica. Son grafismos, signos e ideogramas que conforman su estilo personal, inspirados del arte de nuestros ancestros.

Simultáneamente con las Brujas, realiza piezas cuya estructura lineal delimita motivos temáticos definitorios en su obra, tal como vemos en Yare, pieza emblemática que resulta de un proceso de síntesis mayor de las formas y mantiene, dentro de esa estructura, una referencia continua con la naturaleza. Hojas de plantas y formas punzantes como mandíbulas dentadas dinamizan la imagen, por su fuerte carga de violencia. Obras como esta, en la que predominan los bichos, alimañas e insectos, aparecerán continuamente en la producción pictórica de Oswaldo Vigas. En 1952, residenciado en París, Vigas mantuvo este sentido constructivo al realizar los cinco murales que el arquitecto Carlos Raúl Villanueva le encargó para la Ciudad Universitaria de Caracas. Resultado de este proyecto mural son pinturas que mantienen similar síntesis de las formas y tratamiento estructural de la imagen por encima de los contenidos simbólicos.
Esta experiencia da paso a la serie Objetos, realizada entre 1954 y 1956. El dibujo sigue siendo el elemento estructural y compositivo de la imagen. En esta se hallan integrados los elementos orgánicos esquematizados que caracterizan la iconografía de Vigas. El color cumple una función compositiva en las primeras obras de la serie diferenciando planos y elementos constructivos pero, gradualmente, lo elimina. Esto deriva en los Objetos negros, cuyos signos se agrupan y se simplifican centrándose en la trama como el elemento constructivo (Objeto negro, 1956).
Se produce una ruptura en esta secuencia pictórica en 1957, luego de su exposición en la Sala Mendoza. Deja la trama y se interesa en la materia y en las texturas. Este cambio radical coincide con la crisis política del país en contra del gobierno de Marcos Pérez Jiménez. Vigas participa en la redacción del Manifiesto de los intelectuales, que da al traste con esta dictadura. Ello dio pie a la necesidad de retomar sus orígenes y expresar su apego a la tierra a través de obras abstractas informales en las que la materia es el elemento expresivo protagónico. La tierra se remueve (1961), entre otros, conforma una geografía pictórica en la que prevalecen ante todo los sentimientos y la manifestación palpable y visible de un paisaje “interior”.
Los años sesenta
Para esta década, el informalismo estuvo en boga en Europa y en América, distinguiéndose por la experimentación de los materiales y la creación de texturas inusitadas. El gestualismo de Vigas, iniciado en 1957, se tornó más violento y espontáneo, coincidiendo, a su vez, con su reciente interés por el budismo zen. Aparece en 1962 la serie llamada Signos, obras sobre papel en las que vuelve a un expresionismo acorde con su temperamento. Son composiciones hechas con pinceladas rápidas que sugieren, por medio del trazo libre y el color, la demarcación de territorios, vista de manera abstracta. En todas prevalece el espíritu que envuelve a una región.
Su espontaneidad es cada vez más intensa. En la serie Personagrestes (1963-1964) oscila entre un abstraccionismo explosivo y una figuración con iguales características. Diversidad de seres fabulados conforman su léxico visual: los bestiarios, los terrícolas, las aves agoreras, además de las propias personagrestes, término inventado que une dos palabra en una: “persona” y “agreste”. Pictóricamente, mantienen una factura espontánea, demarcada con líneas oscuras y trazos rudos (Aves agoreras, 1963).
Con esta vuelta a la figuración, reaparece su mundo fantasmagórico, poblado de hechiceras y monstruos que cobrarán mayor presencia en las etapas inmediatamente posteriores. Las series María Lionza, Señoras, y otras piezas hechas en 1964, contienen aspectos esenciales de las pinturas precedentes: el tema sobre lo femenino arquetípico, su factura libre y feroz, que fusiona lo humano y lo animal con una fantasía desenfrenada. Para entonces, Vigas reside nuevamente en Mérida.
Las María Lionzas y las Señoras presentan el rostro achatado; con cuerpo y cabeza entre humano e insecto. A la vez, parecen transmutarse en plantas. Es una simbiosis de seres y variedades orgánicas fusionadas en una sola. Vigas retoma la idea del origen de la vida: cuando de un organismo vivo derivaron todas las especies. Esta cosmogonía tiene relación directa con la figura femenina, la maternidad, el principio de todas las cosas. María Lionza, por otra parte, moviliza sentimientos de la idiosincrasia venezolana, como una diosa autóctona de la región, que representa el sincretismo de las razas, la fuerza de la naturaleza, el amor y la unión (Solariega, 1967).
En 1966 realiza la serie Lúdicas, juegos formales que se dan por la relación forma-color. En estas, las figuraciones fantasmales y bestiales son resueltas de manera plana y geometrizada. Sin embargo, cada una de las figuras presenta un trasfondo conceptual al concebirles un rol performático que las representa. Esta “animación” de las figuras según los roles que las identifican aparecerá en toda su obra a partir de los años sesenta. Los personajes cobran vida y adquieren personalidad. Vemos a la enigmadora, la pasante, la hierática o la gestante y, por supuesto, a las lúdicas (Hierática II, 1971). Este recurso le permite expresar con vitalidad y humor distintas facetas del alma humana.
Los años setenta y ochenta
A partir de 1973, ya en Caracas, Vigas vuelve a la figuración expresiva y realiza sus Ancestros. Pinta ahora con el convencimiento de que su estética se apoya en su espíritu profundamente americano. Consecuente con estas raíces, da rienda suelta a su fantasía, asumida como un proceso interior que le permite pasar de la realidad objetiva a la realidad ficcional (Mi animal de costumbre, 1977). En este sentido, expresa plásticamente lo que él llama “angustias y añoranzas”, que no son más que los fantasmas que encarnan estos ancestros. El pasado arcaico reaparece en su iconografía como una realidad presente.
Su proceso creativo no es lineal. Vigas retoma ideas preconcebidas años atrás. Por eso, en los ochenta sigue pintando seres fabulados en conjunción con la naturaleza y su vitalidad orgánica (Génesis, 1980, y Litúrgica, 1989). Hay mayor variedad temática: pinta ofrendas, alegorías a la paz, imágenes del Libertador, crucifixiones y otras representaciones míticas. Retoma los dibujos de bocetos que lleva a la tela. Al pintar estas imágenes, lo hace con arrojo y energía similar a la pulsión salvaje de la naturaleza, generadora de vida y transformadora de los cuerpos. Esta vitalidad la transfiere a la tapicería, la cerámica, el vitral y la escultura, exploraciones que le permitirán redimensionar su particular iconografía a una nueva escala.
Los años noventa y la actualidad
Desde los setenta, la obra de Vigas se concibe como un proyecto visual en curso. Cada período surge del anterior como resultado de una constante revisión de temas y situaciones. Por eso, en los noventa continúa desarrollando una figuración muy asociada, desde el punto de vista formal y temático, a la ingenuidad primitiva. Aparecen el equilibrista, el diablesco, las bestias, la prostituta, las aves, figuras relacionadas con la imaginería popular (Ese deseo de encantamiento… Homenaje a Gastón Diehl, 1999). Esta pintura, austera en color, se sostiene mediante el dibujo, no sólo como elemento estructural de la pieza sino como medio de animación de la imagen.
El dibujo adquiere mayor protagonismo en su obra pictórica desde los noventa hasta la actualidad. Dibuja en los bocetos y luego en la tela. El boceto le permite plasmar impulsiva y, a la vez, meditadamente los motivos pictóricos a realizar. Con ello indaga en las formas y en los temas que conformarán su universo pictórico. Mientras mayor es el compromiso con su pensamiento, más extrae figuraciones de su riqueza imaginaria (De paseo con la mascota, 2007).
Con el tiempo, Vigas ha agudizado su conocimiento del alma humana. Además de las criaturas míticas, las figuras solares y otras fabulaciones, también trabaja los tipos humanos. Ello le confiere a su obra una cualidad orgánica, casi animal. De allí el despliegue pasional que suscita. Los cuerpos son dibujados expresando el alma animal e irracional que todo humano conlleva. Es un habla desde el mundo emocional y primitivo del hombre, generalmente encarnado en la presencia sexual femenina. La línea que bordea los cuerpos es firme. Estos se muestran casi siempre frontales, con presencia totémica y a la vez mantienen una festividad formal, casi barroca. Tal como es, precisamente, el alma americana.
El artista integral
Si bien Vigas es ante todo pintor, su vitalidad y su espíritu inquieto lo llevan a explorar otros medios. Por eso, la escultura, la cerámica y los textiles tienen un lugar importante en su producción artística. Sus proyectos escultóricos comenzaron en 1970, pero su incursión en la cerámica en los ochenta lo motiva a explorar con mayor detenimiento en la escultura (Mantuana, 1985). El resultado son obras de presencia enigmática, brujas, diosas y otras criaturas de formas contorsionadas y barrocas, que expresan el sincretismo vegetal y animal presente en las pinturas.
Las tapicerías, por otra parte, surgen de guaches originales que sirvieron como maquetas. Las trabajó en los setenta en varios talleres liceros de Portugal, España y México. En colaboración con los maestros liceros, Vigas pudo interrelacionar la pintura y la tapicería en un proyecto común. La fuerza de sus figuras, el tratamiento contrastante de color, el gesto rápido y rudo de las pinceladas se mantienen claramente expresados en el medio textil (Bruja azul, 1972).
En la cerámica también aparecen sus seres imaginarios. Adoptó el formato y la materia para desarrollar su propuesta. Para ello dibujó sobre la arcilla o el gres, tal como lo hace para sus pinturas, recurriendo a sus bocetos, fuente primaria de todas sus ideas. Pese a la uniformidad del molde, cada pieza es única. Vigas las particulariza a través del modelado, el color y su propio tacto, inventando sus propias soluciones técnicas (Personaje retoño insecto, 1981, basado en un tema de 1953).
Todo ello hace de Oswaldo Vigas un artista integral, columna firme y referencial del arte figurativo latinoamericano desde mediados del siglo XX, y todavía activo el día de hoy.
Investigadora de arte y museóloga. Miembro de AICA y asesora editorial de la revista Art Nexus.






