Es curioso cómo el microcosmos, tanto formal como conceptualmente, puede develarse la clave para la comprensión del macrocosmos. Sumergirse en el torrente sanguíneo puede llevarnos a una suerte de maravilloso viaje intergaláctico. Así, el cuerpo humano desde sus más recónditos rincones, se convierte en el aforismo propicio, clave reveladora de nuestra existencia.
La obra de Nela Ochoa parte de una insaciable indagación en el ser humano. Una indagación que lleva a la artista hasta la escala ínfima para desde los más acertados vericuetos científicos, develar el alma. Y es que es justo su deseo de desentrañamiento —y entendimiento— del hombre lo que la compulsa en su afán de demiurgo.

Prolífera y desprejuiciada ante el acto creativo, el diapasón artístico de Ochoa abarca pintura, fotografía, instalación, video, y acciones de carácter interactivo que procuran la participación del público que deviene en ocasiones en cocreador de la obra. Tal es el caso de Pidiendo Cacao / Give Me a Break, (2004). En otras acciones, sin embargo, el público —en cuanto agente participante— se convierte en sujeto de sensibilización. Soporte, diría yo, de la obra de Nela Ochoa, ya que la acción está dirigida a una concientización y el cambio sustancial del individuo que en ella participa. I Could Be You. You Could be me (Yo podría ser tú. Tú podrías ser yo, 2005) es paradigmática en este sentido.
Nela Ochoa: Genetic Portraits (Nela Ochoa: Retratos genéticos) es el título de la muestra presentada por The Patricia & Phillip Frost Art Museum, con sede en la Universidad de la Florida. La exposición abarca piezas vitales de los últimos diez años de trayectoria de esta artista multimedia dedicada al trabajo con la intrincada madeja de las secuencias genéticas, hurgando siempre en los designios del hombre. Su interés principal es justo hallar en medio del rigor científico un significado cultural que se traduzca en acervo y legado común para todos.
El deseo de indagación en lo humano a través de la vis científica se remonta, en el caso de Ochoa, al trabajo con imágenes médicas como rayos X e imágenes por resonancia magnética que la artista se apropia para integrar luego a pinturas, imágenes digitales, instalaciones e imagen en movimiento.
Muchos de los trabajos de Nela Ochoa parecen caprichosas estructuras abstractas, en primera instancia. La belleza inherente a las mismas destaca en su percepción puramente estética, por la sabia elección de colores (siempre en animada cuarteta, respondiendo a la estructura del ADN) y el ritmo mesurado, donde el gusto por la serie y la acumulación van entretejiendo un entramado magnífico que apenas sospechamos.
De todas maneras rosas (2003) nos presenta a modo de cuadro un fastuoso tapiz compuesto de rosas naranjas, amarillas, rosadas claras y rosadas oscuras que van recreando la secuencia genética de la rosa gigantea. Si bien los colores utilizados por Ochoa en la secuencia responden a un interés por ilustrar el retrato genético, la asociación de los colores empleados con la simbología general de las rosas se hace evidente. Más aún cuando sabemos que la obra nace —en tanto motivación— como respuesta al tiempo como homenaje a la huelga general del 11 de abril de 2002, que conmueve Caracas inundando la colosal Autopista del Este, exponente de la decepción política de la nación ante los nuevos derroteros impuestos por Hugo Chávez.
El título, que se apropia de una expresión popular enfatiza este sentir lo mismo que los colores empleados (naranja-pasión, amarillo-amor que muere, rosado claro-condolencia y rosado oscuro-gratitud). Las vistas cenitales de la manifestación, en las que el individuo es apenas un punto de color, imponen nuevas asociaciones con la obra de Ochoa.
Anorexia Helix (La hélice de la anorexia, 2009) hace referencia a uno de los problemas más acuciantes de la sociedad contemporánea. La artista parte de la estructura morfológica del cromosoma compuesto por dos largos hilos asociados entre sí, a modo de escalera de caracol y popularizado bajo el nombre de doble hélice. La instalación recrea así la cadencia fatídica de la anorexia. El uso de cucharas dispuestas bocabajo reafirma el drama de la inapetencia. La estructura de caracol nos habla del ciclo fatal en el que la víctima yace atrapada. Una suerte de sueño narcisista devenido en pesadilla. Una denuncia a los tortuosos símbolos y la enorme presión que impone la cultura occidental a las jóvenes adolescentes.
Desentierro (2001-2009) introduce nuevos paralelos. La obra se compone de dos niveles. Arriba, en la pared, la artista se ofrece a través de un inusual autorretrato: tinta negra sobre hojas de látex exponen fragmentos del ADN de Ochoa que procuran abarcar su identidad personal en un lenguaje que se nos escapa. Abajo, en el suelo, rocas de asfalto, derivado del petróleo, imponen la necesaria analogía que desde el presente nos dispone en perspectiva histórica —devueltos a la geología—, y convertidos así en objeto de estudio de una especie ignota, cuyo legado trasciende gracias a la reconstrucción genética.
Imponiendo también la reflexión sobre el debate ético del uso del genoma humano, tan caro a la sociedad contemporánea, Nela Ochoa: Genetic Portraits constituye una reflexión intelectual de problemáticas acuciantes de nuestro tiempo. El uso de una aparente abstracción que se devela de un realismo absoluto, nos inclina a la consideración de un nuevo tipo de Hiperrealismo, donde el lente magnificado de Chuck Close transgrede la superficie del individuo en su escrutinio implacable, para llevarnos, esta vez de la mano de Ochoa, de vuelta a nosotros mismos.
JANET BATET

