El 27 de noviembre del año pasado se inauguró el Museo Universitario de Arte Contemporáneo en la ciudad de México. Como parte de un proyecto iniciado hace varios años, en particular impulsado por el exrector de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), Juan Ramón de la Fuente, el MUAC es un edificio que se construyó en el espacio del Centro Cultural Universitario. El encargado del diseño fue el reconocido arquitecto mexicano Teodoro González de León. La muestra inaugural está formada por cuatro exposiciones interdisciplinarias: Recursos incontrolables y otros desplazamientos naturales (colección), El reino del coloso. El lugar del asedio en la imagen (temática), Cantos cívicos (vinculación universitaria) y Las líneas de la mano (resonancia).
Pocas veces la apertura de un museo de arte contemporáneo había causado tanta polémica en México. La pertinencia de su construcción y uso, en particular lo relacionado con el diseño arquitectónico y el lugar donde fue edificado, ha estado en la tribuna de la discusión en medios, entre artistas y gente relacionada con la cultura y el arte en México. La crítica inicial son las similitudes entre el MUAC de González de León y el Museo del Siglo XIX de Arte Contemporáneo de Kanazawa, Japón, diseñado por la arquitecta japonesa Kasuyo Sejima. Después, el hecho de que la gran mayoría de artistas que aparece en las exposiciones (aproximadamente 244, -200 mexicanos-) pertenecen a las grandes galerías de México o son claros representantes del mainstream artístico. Partiendo de la base de que las exposiciones de artes visuales están regidas por principios de exclusión, la discusión debería centrarse no entre quiénes están en las exposiciones sino en la pertinencia de que exista un museo de arte contemporáneo universitario. Ante dicha encrucijada –y pensando que se trata de un recinto en el que se utilizó financiamiento público– no estaría mal partir de una premisa elemental: es mejor que exista un museo a que no. La crítica fundamentada y propositiva es abandonar los juicios de valor fútiles e injustificados en términos estéticos. Recursos incontrolables y otros desplazamientos naturales es la exposición que abre la propuesta museográfica. Es una muestra curada por Oliver Debroise y presenta 37 obras de gran formato que “buscan revelar tensiones y contradicciones entre la práctica artística considerada como un acto mecánico y ‘antinatural’, que pervierte el orden de las cosas para revelar sus fundamentos, y las constantes referencias a la naturaleza”. Se incluye pintura, dibujo, gráfica, collage, escultura, instalaciones multimedia y aparecen, entre otros autores, Vicente Rojo, Jan Hendrix, SEMEFO y Melanie Smith.
En la exposición El reino de coloso. El lugar del asedio en la época de la imagen el curador José Luis Barrios sugiere una muestra “concebida como un travelling cinematográfico” en el que a partir de la imagen (fotografía, cine y diversas tecnologías digitales) aspira a mostrar que “el terror desborda las imágenes en un ejercicio de desmontaje que busca hacer evidente lo irrepresentable”. La parte del "Montaje" incluye 55 fotografías de distintas agencias internacionales, la mayoría de ellas muy conocidas o que han sido premiadas a través de los años (por ejemplo el Guardia de la SS golpeado de Leo Miller, Soldado americano capturado por las fuerzas americanas de Robert Capa o la imagen de Kim Phuc durante el bombardeo estadounidense con napalm, tomada en Vietnam por Nick Út). La sección “Desmontaje” pretende explorar cómo se construye el terror a través de la imagen. Se presentan fragmentos de cuatro películas: Spiritual voices de Alexander Sokurov, Notre musique de Jean-Luc Godard, Lessons of darkness de Werner Herzog y Sobibor, 14 octobre 1943, 16 heures de Claude Lanzmann). El módulo se complementa con el corto 79 Primaveras de Santiago Álvarez. Por último, en la parte titulada “Remontaje” se presentan las instalaciones Aliento de Óscar Muñoz y Apóstasis de Rafael Lozano-Hemmer, ambas creadas in situ.
La siguientes dos exposiciones adquieren menos relevancia en contraste con los dos primeros trabajos curatoriales: Cantos cívicos. Un proyecto de NILC en colaboración con Miguel Ventura, curada por Juan de Nieves y que “se concibe como un proyecto que evidencia los paralelismos irónicos entre las agrupaciones humanas y animales, mientras desenmascara los conflictos de identidad, pertenencia y territorialidad inherentes al desenlace de la humanidad en la época contemporánea”; y Las líneas de la mano, curaduría de Jimena Acosta que está inspirada en el cuento de Julio Cortázar y propone “el recorrido de una línea a través de una ciudad, para finalmente ampararse en la mano de un sujeto a punto de darse un tiro en la cabeza”. Entre otros artistas se encuentran Fiona Banner, Mircea Cantor, Diego Pérez y Santiago Sierra.
Las cuatro exposiciones son temporales y se renovarán cada seis meses (primavera-verano y otoño-invierno). Se inaugurarán al menos cuatro muestras cada temporada y se le pondrá especial énfasis a los discursos interdisciplinarios de la curaduría. Paulatinamente se irán exhibiendo las colecciones y obras independientes que son parte del acervo del museo. El MUAC tiene, asimismo, el centro de documentación Arkheia, un sitio de enlace educativo, El Ágora, y un espacio de experimentación sonora en la primera planta del edificio.
Independientemente de la dispersión de las cuatro exposiciones, de que no se perciba un hilo conductor entre ellas y que parecería ser un proyecto abierto con premura por las exigencias coyunturales, políticas, de la UNAM, el MUAC es un espacio de creación artística al que debería enjuiciarse en su justo medio. Si bien las muestras no reflejan una totalidad o no son un termómetro último del arte contemporáneo mexicano (propuesta mucho mejor lograda en términos museográficos, curatoriales y discursivos en La era de la discrepancia, presentada en el Museo Universitario de Ciencias y Artes, MUCA, en 2008), es conducente elaborar una crítica a posteriori en la que se contemplen los posibles cambios de rumbo, a partir de errores y virtudes, en la concepción global del museo. Y reitero: es mejor que exista a que no.
CARLOS ANTONIO DE LA SIERRA

