Exposición Individualsept 2009 - nov 2009· Por Mónica Kupfer

Miky Fábrega

Mateo Sariel Galería

Las caras coloridas pero ausentes y los cuerpos monocromáticos de las mujeres en las pinturas recientes de Miky Fábrega se balancean muy precariamente entre la más absoluta superficialidad y la insinuación de un mensaje válido con respecto a la cultura popular del momento. En esta serie de acrílicos, el artista panameño presenta chicas delgadas con enormes carteras y vestimenta a la moda que aparecen solas o en encuentros de gente anónima, en obras cuya imaginería y títulos hacen referencias a la música rock, el alcohol, las drogas y los problemas psicológicos. Se trata de un mundo pictórico que muestra un popurrí de estilos actuales y males contemporáneos.

Exposición Individual: Miky Fábrega — imagen 1
Miky Fábrega. Erin cree que ella es una latina, 2009. Acrílico sobre lienzo. 167,6 x 106,6 cm. (66 x 42 pulgadas).

Estas chicas, cuyos cuerpos y atuendos están pintados únicamente con brochazos negros, a veces chorreados, aparecen sobre fondos blancos. Donde esperaríamos encontrar los detalles de la cara (¿la ventana al alma?) vemos sólo vacuas superficies ovaladas pintadas con un fucsia intenso y plano. Queda claro que no se trata de retratos en el sentido tradicional, pues estas mujeres no se dejan identificar por sus fisionomías individuales sino sólo por sus vestimentas, sus poses y el estilo de vida que insinúan los emblemas de cultura material con que se rodean. Incluso en la trayectoria de un artista que siempre ha hecho énfasis en los valores que promueven el consumismo y el arte publicitario, esta interpretación de la mujer moderna resulta tormentosa.

Los fondos blancos, aparentemente vacíos, en algunos casos parecen preparados sobre superficies anteriormente pintadas, que se dejan vislumbrar como palimpsestos o huellas de otros momentos. Esto le otorga al fondo cierta complejidad sensorial que complementa el juego de manchitas superficiales de color que adornan la mayoría de las composiciones en la serie. Esas manchas, que guardan relación con el estilo semiabstracto de varios pintores latinoamericanos actuales, constituyen juegos visuales válidos, pues sirven para enfatizar la bidimensionalidad del lienzo y la calidad de su superficie, así como la liviandad de los seres humanos ahí representados. Sin embargo, el deseo de leer algo más profundo en esos colores y su interacción con el tema es dramáticamente contrarrestado por el carnaval de colores con que el artista decoró las paredes de la galería sobre las cuales montó sus obras. Negando de manera llamativa la idea del “cubo blanco”, Fábrega pintó las paredes de la galería con anchas franjas verticales de colores saturados, alternando entre amarillo, azul, rojo verde y fucsia.

En el centro de la sala de exposición, esos colores se encuentran repetidos en una serie de muebles manufacturados basados en diseños del artista. Se trata de pequeñas mesas laqueadas en tonos intensos, con patas torneadas en formas variables, como simpáticos entes tridimensionales con personalidades propias que, sin embargo, no guardan mayor relación con las pinturas. Son muestra del interés de Fábrega por cruzar la línea entre el arte y el comercio, entre la creación como actividad estética y las posibilidades que ofrece para la producción de objetos —ya sea ropa, muebles, o ambientes— o de expresiones públicas, como los enigmáticos esténciles que hace unos años pintó sobre paredes urbanas o las escenografías que ha creado para presentaciones de ballet contemporáneo.

En la última sala de la muestra, Fábrega presenta una curiosa serie de pequeños lienzos cuadrados, colocados en fila horizontal relativamente cerca del piso, en los que aparece la parte inferior de piernas de mujeres. Como pequeños fetiches, constituyen otro grupo de mujeres sin cara. Si en las obras grandes la ausencia de las caras puede resultar perturbadora, aquí reina una visión divertida de mujeres que pueden ser representadas —incluso identificadas— por sus zapatos. Hay botines, sandalias, tacones, calzados con flecos, plataformas o tiras que amarran tobillos, cordones que aprietan: mucha materia prima para la imaginación.

Más allá del juego mental o el impacto sensorial que produce esta exposición, hay un efecto anímico. A la reacción inicial de sorpresa ante la sala saturada de color, puede seguirle una sensación de rechazo a esta interpretación ligera del género femenino o, quizás, para personas más fashion, un feeling de placer al verse representados(as) en una exposición de arte. Sin embargo, el efecto más impactante lo genera el trasfondo de toda esta aparente banalidad. La llave está en el título de la muestra: Queen of Denial, que el artista nos entrega en inglés, y que podría traducirse como “Reina de la negación”. ¿Estamos ante a una serie de “reinas” de lo popular contemporáneo? ¿O frente a una interpretación visual del problema que constituye la negación —el no querer reconocer— alguna debilidad o adicción?

La pintura titulada Egipto, en la que la frase “Denial is not a river” aparece escrita en letras chorreadas en rosa intenso, hace referencia directa a la adicción y el proceso de recuperación. Denial is not a River in Egypt es el título de un libro para personas que luchan por dejar atrás la adicción; una publicación enfocada en los beneficios del buen humor para el proceso de recuperación, con citas divertidas sobre temas como el miedo, la negación (como en el caso del título), la locura, el ego, el resentimiento, la aceptación, la curación y la risa. Es un componente importante de esta exposición aparentemente liviana que, sin embargo, da mucho de qué pensar.

MÓNICA E. KUPFER

Miky Fábrega, por Mónica Kupfer | artnexus