Más de setenta obras que cubren los inicios de la trayectoria de Luis Tomasello (1915) hasta sus etapas más recientes, integraron la muestra antológica presentada en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta. Al renombre del artista, internacionalmente reconocido como figura clave del arte cinético, se sumó el interés de un impecable montaje y de una cuidadosa selección de obras a cargo de Jorge Taverna Irigoyen, crítico de arte y presidente de la Academia Nacional de Bellas Artes, curador de la muestra.
Los trabajos expuestos pertenecen a la colección del Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano (MACLA), a la que Tomasello donó parte sustancial de su producción. Es prueba evidente del reconocimiento a su ciudad natal, La Plata, donde se encuentra instalado ese museo.
En 1951 Tomasello viajó por primera vez a Europa y llegó hasta Sicilia para conocer la tierra de sus ancestros. Fue en Europa donde descubrió, sur place, el arte abstracto geométrico. La obra de Mondrian lo impacta. También, la catedral de Chartres, donde tiene por primera vez la intuición del color-luz, que será determinante en su obra.

Observó en el maestro holandés una lucha obstinada por mantener los colores en el plano. “Yo comprobé ese drama del color”, afirma. La única escapatoria fue entonces salir del plano y ocupar la tercera dimensión bajo la forma del relieve.
En 1957, instalado en París, comienza sus búsquedas en la vía del cinetismo, que continúa hasta el presente —a los 93 años— con el mismo entusiasmo inicial. El contacto con la galería Dense René, líder en el circuito internacional del arte cinético, fue sin duda un real estímulo, al que se sumó el hecho de ser París el centro geográfico de la tendencia, el punto donde coincidieron artistas de distintas nacionalidades y, en particular, latinoamericanos interesados en incorporar el movimiento en sus obras.
En la gran exposición colectiva Lumière et Mouvement, que tuvo lugar en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de París en 1967, se contó con un altísimo porcentaje de latinoamericanos (30% del total). Este y otros casos demuestran cómo los artistas latinoamericanos han contribuido a la gloria de la “Escuela de París” y, también, a las neovanguardias en general. Tomemos el ejemplo de Pintura cinética Nº4 (1957), en la que Tomasello utiliza cuadrados de color que se repiten en toda la superficie para producir un efecto de movimiento (óptico). Se trata de un temprano aporte al cinetismo óptico que se extendería internacionalmente en los años 60.
Para entender en toda su magnitud la importancia de la contribución de Tomasello al arte del siglo XX es imprescindible recurrir al concepto de “atmósfera cromoplástica” y de “color sensación”. Sus relieves son atmosféricos porque el color, ubicado en la cara de los cuerpos geométricos que enfrentan a la superficie de fondo, se diluye sobre esta y sutilmente cambia con la modificación de la luz exterior. Lo que cuenta es el “color sensación”, que no es otro que el que se refleja sobre el fondo sin tocarlo. Es el color que tiñe el fondo en una constante e imprevisible movilidad “mágica”.
En síntesis, el aporte principal de Tomasello a la corriente cinética es el sabio uso de la sombra de color sobre el fondo blanco como también el recurso a variadas incidencias de la luz para provocar cambios tonales en los diferentes planos de los cuerpos geométricos. En etapas más recientes, se agregará el misterio del negro en sus distintas tonalidades. Tomasello logra que el negro viva más o menos intensamente según, el modo —directo o indirecto— en que sobre él dé la luz.
Para decirlo con su amigo Julio Cortázar, Tomasello “peina minuciosamente la cabellera de la luz” y así devela “las emociones de la materia”. Alquimista de luz, prueba que para introducir el movimiento en una obra no es necesario el movimiento real, mecánico. Basta que la luz se dilate en color haciendo que el espacio vibre.
Desde mediados de los años 60 la obra de Tomasello recibe un merecido reconocimiento. En 1970 obtiene el Gran Premio de la Bienal de Coltejer (Medellín, Colombia) y en 1967 es elegido por Frank Popper —profundo conocedor del cinetismo y autor de uno de los primeros trabajos dedicados a esa tendencia (Naissance de l’art cinétique, París, Gauthier-Villars, 1967)— para sumarse a la muestra Lumière et Mouvement, a la que hemos hecho mención. En 1976 es nombrado Caballero de las Artes y las Letras en París, Francia. Entre sus últimas distinciones figura el Gran Premio Homenaje otorgado por el Banco Central de la República Argentina (2008).
Por su altísimo poder poético y excelencia expositiva, la muestra antológica que comentamos dejará sin duda una huella en la conciencia de quien se haya implicado en ella. Para los jóvenes artistas será un modelo de coherencia conceptual y de fe en el trabajo continuo. Trabajo alimentado por el placer que surge de la liberación de la energía de la materia material, en este caso, de la luz cuando se transforma en color.
ELENA OLIVERAS
