Quién sabe si el fotógrafo cubano-americano Luis Mallo se guiaría por aquella aserción esencial de Albert Einstein cuando afirmaba que “lo más bello que podemos experimentar es el misterio de las cosas”, pero bien pudiera ser pivote de la tesis visual que se planteó con Open Secrets, una encomiable serie de imágenes procesadas a gran escala, fruto de la intelectualización tras el lente, que la Project Gallery del Jersey City Museum (Nueva Jersey) tuvo el beneplácito de acoger para exhibirlas durante todo un trimestre. El conjunto proviene de un ejercicio de voyeurismo museológico que el artista emprendió desde el año 2006, tomando vistas en el interior de almacenes de varios museos a través de Estados Unidos.

Según describe Alejandro Anreus, el curador que ha prestado atención a la obra de este fotógrafo desde finales de los 90 y quien atendió el aspecto museográfico de la exposición, las imágenes que integran la serie logran “captar con formalidad casi neoclásica las atmósferas enigmáticas de las áreas destinadas a guardar y preservar las obras de arte y los objetos de valor, espacios vedados al acceso visual del público, solamente destinados a la labor del personal del museo”. De modo que el propósito a priori de la indagación visual de Mallo pareciera consistir en acortar las distancias del enigma que, más allá de la función protectora de la tradición y la memoria, recrea una mística de lo inaccesible. Curiosidad intrínseca al ser humano que viaja desde las reminiscencias de las incursiones precoces de la infancia, cuando es tentador el allanamiento de escondrijos en pos de imaginarios tesoros.
No se descarta en este escarceo lúdico-exploratorio de Mallo la intencionalidad instigadora hacia lo prohibido, accionando en la percepción y disparando la intuición simultáneamente. Porque, ciertamente, la sucesión de tomas registra lo que nos ha sido ocultado hasta que la intromisión estética del artista, cámara en mano, no sólo irrumpe en el protocolo de estos ambientes severos y confidenciales de los museos, sino que los documenta desde una aproximación más cordial. Aunque debe señalarse, que, más allá de una primera lectura, se adivina la predeterminación poética de reforzar el aura de subjetividad que envuelve a lo que se guarda u oculta con celo.
En mi opinión, Mallo no desea descorrer del todo los tabiques. Su lente traspasa el muro de la veda, pero no desempaca, no desembala, ni devela. Hay como una provocación cuando puntualmente nos pone a la vista la presencia de lacónicos indicadores —etiquetas, codificaciones, rótulos— vinculados a los bienes atesorados que ha fotografiado. Con el deslizamiento del dato parcial, el fotógrafo va generando un segundo nivel de pesquisa, atrapandonos definitivamente en su juego. Un recurso que en lírica y pretexto guarda semejanza con las fotografías intervenidas de la colombiana Catalina Mejía en su serie de Bibliotecas de 1989, donde también la artista utiliza la referencia escueta como incitación. O sea, el indicio funcionando como detonante para la conjetura del espectador, suerte de rapport cifrado hacía con la expectativa, el conocimiento y la memoria de quien observa. Una manera de subordinar la alusión documental al propósito de conseguir que la capacidad receptora complete el comentario, o la ficción.
La muestra está concebida como instalación y no como un mero ordenamiento iconográfico. Artista y curador evidentemente prefirieron la recreación de una atmósfera, a la clásica focalización en cada pieza como unidad, lo cual no niega la posibilidad de disfrutarlas por separado a partir de la disposición espacial, donde se contrastan astutamente los ejes de las respectivas composiciones según transcurre la secuencia del montaje. Algo que ocurre también en los diálogos o confrontaciones que se establecen entre fotografías ubicadas en paredes opuestas. Sugestivamente, hacia una esquina de la galería, se aprecia un elemento escultórico de medianas proporciones, envuelto en material de embalaje, alegórico al valor resguardado y depositado en una colección, especie de gesto de mediatización curatorial entre la intención artística y la circunstancia real en los reservados de un museo.
El resto lo añade el impecable tratamiento de la imagen y su magnificación. Tanto el estudio de encuadres y entornos como la selección de perspectivas, ángulos y el tratamiento de la luz son preocupaciones que se traducen en nitidez, excelencia en color, iluminación, texturas, y la impresión de un temperamento en el estatismo atrapado por el lente. Las saturaciones cromáticas y los contrastes parecen ser parte de una habilidad natural que posibilita sacarle partido a la sobriedad de los escenarios elegidos. La táctica de instigación hacia nuevas lecturas, utilizada subliminalmente por el artista, se desenvuelve eficazmente sobre la fusión de concepto y oficio con el espíritu indagador.
Luis Mallo (Cuba, 1962), merecedor de la Beca Cintas en 1991 y posteriormente del premio de Fotografía de la Art Matters Foundation (1994), es autor de series de notable calidad artística como Passengers (1994-95), Reliquiarum (1996-97), Láminas (1999) y la reconocida In Camera (2001-2005), un importante trabajo que antecede a Open Secrets y que recibió numerosos elogios de la crítica. Con esta última proposición, los conceptos de Mallo sobre la imagen contemporánea apuntan a mostrar que el ejercicio de la fotografía como arte ha ido desvaneciendo los límites entre el registro documental y el criterio estético, a tal grado que ya es difícil reconocer donde expira el testimonio para cederle el paso a la poética. Esa disolución entre géneros es lo que Open Secrets justamente corrobora.
JESÚS ROSADO
