Una puerta destrozada, una claraboya, una ventana y una escalera, estas aisladas aberturas simbólicas de la arquitectura, estas vías de acceso, componían la muestra de Leandro Erlich en la Galería Luciana Brito, de São Paulo, Fragmentos de una casa. Como es característico en la obra de este artista argentino, lo normal se vuelve extraño, a pesar de ser reproducciones muy bien construidas de aspectos reconocibles de la vida cotidiana. Sacadas de lo que consideramos su situación real y original, Erlich las despoja de su contexto e induce al espectador a renegociar su relación con los aislados fragmentos de lo mundano. La ventana, colgada en el aire y formando un ángulo con la pared del fondo, tenía una escalera metálica que conducía hacia ella (¿o bajaba de ella?). Por una cara era ladrillo a la vista y por la otra, estaba blanqueada, dos caras para una misma cosa. Al haber sido sacada del contexto de la casa, la ventana perdió la conexión con el todo con el que de manera inconsciente la asociamos. En este nuevo espacio, por su cuenta, el artista invitaba al espectador a replantear la ventana que, como signo, nos recordaba su todo y automáticamente enviaba una secuencia de inagotables imágenes y contextos que asociamos con la norma.

Si se le consideraba en el contexto del Renacimiento, hacía realidad la ventana de Alberti, como un objeto funcional, un puerto de entrada o de salida a un espacio, que también la condicionaba en función de la escalera. Sin embargo, todos ellos eran la ventana en algún contexto ampliado más allá de lo que veíamos, ampliado hacia nuestra imaginación. Al principio era difícil liberar estas mundanas estampas realistas de la vida de las asociaciones a las que socialmente las hemos ligado. Una ventana que no deja entrar ni salir nada, una escalera que no conduce a ninguna parte, ¿qué nos decían? Al menos nos recordaban lo que los surrealistas conquistaron, que el arte es una nueva condición en sí misma, en la que las asociaciones no necesariamente siguen normas preestablecidas. Para el crítico de arte Doug MacCash, el artista “logró una elegancia surrealista con su escalera que no va a ninguna parte, lo que nos recuerda la obra de René Magritte”. Junto con la ventana, una claraboya en el cielo raso casi pasaba desapercibida. Había nubes flotando pero era de noche y el cielo estaba azul, y las nubes parecían dibujar una y otra vez una forma reconocible: el continente suramericano. Ninguna luz entraba por la claraboya para bañar el piso, aunque había un cielo y parecía real; y por hipnóticas que fueran las nubes, la extrañeza de ser atraídos por ellas, aunque, desde luego, no eran reales, se asociaba con la sensación de estar tendido de espaldas mirando el cielo en un día de verano. Esta vez, Erlich no sólo evocó los aspectos visuales que se esperan de una claraboya sino también la sensación y las emociones que todavía repiquetean en la memoria inconsciente que se relaciona con la realidad con el mismo tipo de suspensión de incredulidad que experimentamos en el teatro. Arriba, una bellísima puerta de madera estaba congelada, medio destruida. Había una bola plateada frente a ella. En forma empírica, la mente pensaba que la bola había sido lanzada contra la puerta, lo que, en consecuencia, habría hecho que esta se rompiera, pero si en realidad hubiera sido capturada y congelada en el momento del impacto, la bola todavía estaría en el aire o en la puerta y no en el piso, frente a ella. Entre las grietas se podían ver las estructuras metálicas que mantenían en su lugar los fragmentos de la puerta, y era claro que esta no conducía a ninguna parte, incluso antes de que se rompiera. Las obras de Erlich no evitan su teatralidad, sus situaciones artificiosas, las aceptan. El artista las utiliza para plantear interrogantes con respecto a la percepción y los constructos sociales y, sobre todo, se pregunta qué se acepta como realidad. “En cierta forma, estos espacios son el escenario para el juego que estamos viviendo [...] parte de la conexión física con la realidad. Con la realidad que hemos construido y en la que hemos aceptado que estamos viviendo. Por eso creo que para cuestionar la realidad no hay mejor lugar que lo corriente”, dice el artista. Al cuestionar la realidad, Erlich produce piezas de exquisita factura que se mantienen firmes en un terreno gobernado por leyes diferentes a las que creemos que rigen nuestro mundo cotidiano y que nos dejan cuestionándonos si la realidad que creemos que es unánimemente reconocible por todos los que la comparten en la misma forma no es, de hecho, más budista en esencia y un constructo de nuestra propia mente, lo que se traduciría en infinitas realidades producidas por infinitas mentes que convergerían en algún punto intermedio, donde las cosas parecen ser lo mismo pero probablemente no son exactamente iguales.
CAMILA BELCHIOR
