Comenzó una nueva serie de exposiciones individuales en el Museo Guggenheim de Nueva York. Se titula Intervalos y está dedicada al hacer más reciente y novedoso; tomando como entorno al propio museo, Julieta Aranda inicia esta progresión. Analizando el trabajo de la artista y el programa del Guggenheim, se advierten dos lineas convergentes. Por un lado, marcar la celeridad del tiempo y la variante de lo físico en la ubicación de la obra. Por el otro, reconocer que los espacios y los costos requieren repensar dinámicamente los proyectos y los usos ambientales. Ambas observaciones tienen, indiscutiblemente, carácter global. Los autores de la generación más reciente conviven en experiencias temporales que no son las tradicionales. Intevenir y dejar, alcanzar el don de la ubicuidad a través de la electrónica, “vivir conectados”, con la lectura del cable al reproductor de sonido como si fuera un cable de oxígeno, en algunos casos reemplazado por la línea de la inyección de droga, o bien por la medicina de la segunda generación VIH. Si estos artistas están “conectados”, buena parte de sus obras parece no estarlo, aunque, de hecho, sí lo están de manera diferente. El quiebre, la ruptura, el aislamiento, se suceden como hechos y frases inconexas. Como centro de todo esto hay que tener en cuenta que la temporalidad ya no es más concebida como lineal.

Julieta Aranda (México, D.F., 1975) inaugura esta serie con diez nanointervenciones en el Museo. La artista remarca una zona arquitectónica triangular de la institución, una zona de comunicación y conducente: la escalera interna. En distintos pisos hay referencias al tiempo, a la vida, a la historia del arte y de la fotografía. La artista se maneja con textos, un reloj de pared y otra serie de elementos. La experiencia se desarrolla en más de un piso; a la vez, parte de ella pasa casi desapercibida y se manifiesta como elementos aislados, sin amarre exposicional, en especial, en una institución contemporánea y formal.
Al recorrer el Guggenheim, hay quienes van rampa arriba; por el contrario, hay quienes toman el elevador y comienzan a descender. Quien suscribe hizo el último recorrido. Estando en exhibición la exposición aniversario del Museo, se tornaba más invisible la de Aranda, a la par que sorpresiva, coincidiendo con tratar el tiempo de manera opuesta a la muestra celebratoria. Katherine Brinson, asistente de curaduría del Guggenheim, tuvo a su cargo la labor en esta ocasión.
El primer encuentro con la decena de intervenciones es un reloj de pared de gran tamaño; su cuadrante alterado para dividir el día en 10 horas. La ya mencionada alteración del tiempo en no lineal se acompaña de otras modificaciones: una histórica y una orgánica. La histórica es esta que recuerda el caduco plan de la Revolución Francesa, consistente en considerar el módulo decimal para la división del tiempo: el día contendría 10 horas, cada una contendría 100 minutos y cada minuto contendría 100 segundos. Este plan, que fue de muy corta vida, reaparece en una aguja, mientras que en la otra se registran los latidos del corazón de Julieta Aranda a lo largo de un día. Ubicado en la pared, un reproductor de sonido permite escuchar los sonidos del latido humano.
Aranda pertenece a una generación que se llama Milenial o Generación Me/Yo. Cada sujeto se inserta en el hacer de manera individual, a la par que de manera global. Un piso más abajo, una diminuta perforación en la pared dejaba ver un reloj de arena. Utilizando la inversión de la cámara oscura, los granos de arena se movían en el proceso inverso, de abajo hacia arriba. (Como asociación recordemos la inversión del mapa de América Latina que hiciera Joaquín Torres García). Los pequeños sectores del muro de la zona que rodea la escalera, y que se conecta con la nave central del edificio rodeando la columna que envuelve al elevador, presentaba ciertas anomalías, parecía que hubiera algo tachado, que no hubieran repintado luego de la exposición anterior, o que alguien hubiera grafiteado y lo hubiera cubierto groseramente, como al pasar. Investigando qué encontraba a lo largo de 2.000 años, Aranda dejó algunas de esas referencias anotadas en el muro. Con atención y paciencia —cuando la zona se oscurecía intermitentemente—, se podian leer algunas citas referidas al tiempo que la artista escribió con pintura fosforescente. El grado de estabilidad en la intervención es sensible al grado de inestabilidad de la vida actual.
GRACIELA KARTOFEL
