La temprana aproximación a las propuestas de tipo óptico realizada por Marcel Duchamp con sus rotorrelieves, en la década de los 30 del pasado siglo, abrió una nueva dirección a las investigaciones que se anuncian en la obra de Malevich. Estas inquietudes encontrarán respuestas singulares, desde mediados de los años cincuenta y hasta el fin de los setenta, en las obras de Víctor Vasarely, Jesús Soto, Julio Le Parc, Jean Tinguely y Carlos Cruz-Díez, entre otros artistas del cinetismo. Sus investigaciones en torno a los fenómenos perceptivos a partir del contraste, la vibración, el color, el movimiento sugerido o real, llevaron las realizaciones de estos creadores a dimensiones desconocidas para el mundo del arte.
Sin embargo, las indagaciones en torno al arte óptico no concluyeron con el trabajo de los grandes maestros, por el contrario, continúan realizándose en la actualidad. Se trata ahora de respuestas alternativas a los discursos anteriores, explorando las posibilidades expresivas de un lenguaje que caracteriza, como ningún otro, al arte del siglo XX.

En la dirección de esas nuevas búsquedas se ubica el trabajo de Héctor Ramírez expuesto en la Galería Artepuy, Caracas, del 19 de abril al 17 de mayo. Ramírez, artista con amplia experiencia en el trabajo de taller, se ha preocupado por incorporar en su obra la impecabilidad de la realización objetual, junto a algunas nociones afines a la estética contemporánea, como lo es la dialéctica de la apropiación. Esa creatividad se basa, fundamentalmente, en la construcción de nuevos lenguajes partiendo de reelaboraciones y reinterpretaciones de los discursos modernos. Propuestas que ofrecen a las audiencias de este tiempo otras realidades en un contexto sociocultural dominado por la visualidad. A fin de cuentas interesan los resultados, el poder de la imagen como elemento comunicador; por tanto, su impacto en el público; importa la obra más como fenómeno que entendida como respuesta a las reflexiones teóricas.
Así, las composiciones de Ramírez se soportan en una estrategia formal que combina hábilmente experiencias de Vasarely y de Jesús Soto, dos “herramientas” que podemos considerar esenciales en sus respectivos lenguajes y ampliamente exploradas por ambos artistas: la sugerencia de tridimensionalidad lograda por Vasarely a partir de recursos dados por la geometría, y el fenómeno de la vibración característico de la obra de Soto, que consiste básicamente en la superposición, en forma paralela, de dos planos construidos por líneas y ligeramente desplazados entre sí.
La diferencia de las obras de Ramírez con las creadas por estos artistas radica en que utiliza otras técnicas de realización y los resultados son sólo semejantes desde lo perceptivo. En conjunto se muestran como situaciones intensamente vibrantes, en movimiento, de las cuales se “desprenden” repentinamente, a cada paso del espectador, formas que desaparecen con la misma rapidez con la que surgen.
En piezas como Esfera en Giro, 2008, y Esferas y ondas, 2000, el fenómeno de la vibración orienta y valoriza las búsquedas de tipo óptico; más que formas tridimensionales, la audiencia aprecia retículas que se entrecruzan para estructurar relaciones más complejas, hasta llegar a convertirse en urdimbres en el espacio que luego se transformarán en volúmenes flotantes y elusivos.
En otras realizaciones, como Esfera Nova y Esfera geodésica negra, 2008, la aproximación a la indagatoria vasareliana es más cercana. En la primera de ellas pareciera flotar entre la mirada del observante y la sutil instalación sobre la pared una esfera, un cuerpo inmaterial articulado por el encuentro de una retícula en blanco superpuesta a otra de líneas negras. En la siguiente obra, muy semejante a la anterior, la relación se invierte y ahora es el negro el tono dominante en esa “paleta” reducida a los no colores; este hecho condiciona, de alguna manera, la recepción de la obra en relación con las otras piezas de la exposición. El volumen, que es sólo percepción, se ha hecho casi real ante la mirada que recorre un espacio colmado de formas inmateriales.
A Esfera de espacio continuo, 2009, una obra apaisada, apreciablemente mayor que sus compañeras de sala, la conforman tres formas esféricas dispuestas de manera continua, en este caso al sobreponer el plano superior, sólo en blanco, sobre la trama de fondo dispuesta en bandas horizontales en blanco y negro, se produce un fenómeno vibratorio visualmente sugerente. Las esferas aparecen como piezas autónomas dentro del conjunto, desprendidas del soporte que las “crea” para vibrar cada una de ellas, de manera independiente, en el espacio. Pero se trata de un hecho fugaz, tan breve que sólo en la imagen fija puede apreciarse a cabalidad.
FREDDY CARREÑO
