Aunque la muestra de Gustavo Acosta no da una respuesta a la incógnita que establece su título, sin duda nos transporta al otro lado del espejo, a un mundo alterno, o a una nueva interpretación de aquel que cohabitamos. La exposición, curada por Mirie de la Guardia, incluye pinturas en acrílico que representan amplios panoramas de grandes ciudades que, aunque se insertan en la larga tradición del paisajismo, también rompen el paradigma acostumbrado. Proponen maneras alternativas de entender el mundo porque Acosta nos ubica como observadores en lugares imaginarios y elevados. Tan elevados, que nos sentimos volar, contemplando el mundo como aves o como pasajeros de avión con los ojos fijos en la ventanilla.

En los grandes paisajes urbanos de Acosta, el horizonte se encuentra en la parte más elevada de la composición o en algún punto del espacio que rebasa el borde del lienzo. Por lo general, el orden —o desorden— urbano ocupa todo el lienzo, creando un complejo código visual de calles, avenidas, casas y edificios que van repitiéndose de manera aparentemente infinita desde el primer plano, abajo, hasta perderse en la distancia o encontrarse con el corte abrupto que produce la línea horizontal del bastidor superior. Empleando con destreza el pincel y la técnica de la perspectiva atmosférica, Gustavo Acosta define con mayor cuidado las edificaciones cercanas y describe las más lejanas con menores trazos, decreciente detalle y color menguante, sobre lienzos de gran formato. Así, crea composiciones que parecen envolvernos, otorgándonos una postura un tanto grandiosa, una posición celestial que nos permite verlo “todo”, pero que simultáneamente parecen visiones nacidas de algún sueño o de una profunda nostalgia por lugares conocidos.
Estos paisajes representan espacios tanto físicos como mentales, efecto que se multiplica en las vistas a media luz, como Sombra o Señales de Luz donde las ciudades están suspendidas entre el día y la noche. Reconocemos elementos definidos como un estadio, un domo, o un río que desemboca en una costa irregular, que demuestran que Acosta no está pintando lugares irreales, sino ciudades específicas que ha visitado, vivido o dejado atrás. Esta sensación de nostalgia no sorprende en un artista que salió de su Cuba natal para vivir posteriormente en México, España y Estados Unidos. De igual manera, no es difícil imaginar una posible relación entre su vida de joven en Cuba y la sensación de constante vigilancia, de que alguien nos está observando todo el tiempo, que producen estas vistas aéreas tan abarcadoras.
Los paisajes nocturnos en la exposición de Acosta son la culminación de esta serie de pinturas. En ellos, los pormenores de las edificaciones se pierden en un entramado de destellos luminosos, acentuados y ordenados por las corrientes de luz que representan las redes viales. Nos encontramos ante vistas aéreas nocturnas con un impactante sentido de profundidad, que permiten una interesante multiplicidad de ángulos de visión para el espectador. Sin embargo, más que la perspectiva, ahora es la luz la que ocupa el rol principal en composiciones donde las ciudades parecen flotar en un espacio ilusorio, fantaseado. Esta sensación se intensifica dramáticamente cuando el artista nos eleva y aleja aun más en el espacio, convirtiendo las metrópolis en cuadrículas iluminadas que emergen de enormes y sombrías profundidades. El tejido urbano se transforma en una delicada red de luminarias colocadas contra un negro intenso que nos invita a sumergirnos en él y en los pensamientos que provocan obras con títulos como A Dangerous Thing y No lo pienses dos veces. Finalmente, en Espejo I, la ciudad nocturna la vemos destilada por la distancia, reducida a unas cuantas formas geométricas de intensa luminosidad dentro del paisaje oscuro, titilando como estrellas en el espacio sideral.
En las pequeñas obras descritas como Constelación I y II. Acosta parece comentar cuánto le divierte el proceso pictórico, el ejercicio de crear patrones visuales con las luces que irrumpen en la superficie oscurecida, como si el lienzo tuviera agujeros y estuviera retroiluminado. Como parte de la exposición, se podía apreciar un video que muestra a Acosta pintando un lienzo, desde el primer esbozo hasta el producto final, que resulta interesante porque demuestra su proceso creativo y el aspecto técnico de su trabajo. El documental muestra cómo este artista construye y deconstruye con el color, crea una superficie y luego le pinta encima, o le aplica solvente para que el pigmento se chorree, todo como parte del proceso necesario para crear las ricas superficies de sus visiones urbanas. Es una exposición que produce placer por la manera en que Acosta nos entrega una experiencia visual enriquecedora ligada al tema de la ciudad contemporánea, pero también a las emociones que producen ciertos espacios físicos y espirituales, del pasado y del presente.
MÓNICA E. KUPFER
