Toda la producción —eventualmente— artística de Bert Rodríguez está cimbrada por un afán autorreferencial. Una vocación egocéntrica que versa invariablemente sobre dos ejes: el arte como cita obligada y el yo como centro absoluto.
Pareciera como si el espíritu de Baudelaire, con toda su arrogancia romántica, viniera y se instalara en el justo momento creativo de este artista. Sin embargo, hay algo que para Rodríguez todavía se prefigura ambiguo, inaprehensible, incómodo. Bert Rodríguez se niega a reconocerse un artista, viéndose a sí mismo atrapado en una suerte de gestión autómata que lo lleva a la sobreproducción aberrada e ininterrumpida de objetos: cosas, artefactos, que -a falta de mejor denominación, al menos por el momento- seguimos insistiendo en llamar arte.

Cabe decir que no estamos tan desquiciados en nuestro empeño. Algún ápice de realidad nos lleva a la caprichosa manía. Y es que Rodríguez —tal vez a falta de mejor entorno, o por azares concurrentes, o por simple ego, o por evitar que lo tilden de loco, o qué sé yo— ha decidido emplazar esta sarta de objetos e intenciones en el circuito artístico, escogiendo como medio propicio para sus elucubraciones galerías, museos, ferias, bienales y otros tantos espacios enrarecidos —lamentablemente— del diario común.
In Your Own Image: The Best of Bert Rodriguez – Greatest Hits Vol. l, presentada en el Bass Museum, no es una excepción. La muestra enfatiza lo que parece ser una obsesión en el caso de Rodríguez: el deseo de repertoriar su obra a través de retrospectivas de una carrera, que aunque prolifera es todavía joven. Ya en el año 2000, el artista nos había presentado A Pre-Career Retrospective, donde Rodríguez nos ofrecía un meticuloso inventario de objetos relevantes que evidenciaban su temprana incursión en los predios del arte. Entre ellos, dibujos de la infancia y su único compañero incondicional de entonces: su cepillo de dientes. Lo que sí evidenciaba la muestra, al tiempo que rendía homenaje, eran las dos referencias ineludibles a la hora de enfrentar la obra de este artista. Me refiero, por supuesto a Duchamp y Beuys.
In Your Own Image: The Best of Bert Rodriguez – Greatest Hits Vol.I, nos presenta una vasta selección de la obra de Bert Rodríguez. Desde el punto de vista conceptual, destacan tres grandes grupos representativos de la producción toda de este artista. El yo, la co-creación y la obra como proceso.
La incorporación del yo en la obra de Bert Rodríguez está asociada a un sentido egocéntrico, lúdico y sarcástico. En primera instancia, el yo encarna la noción maniquea del artista, que implica nociones como culto y genialidad, con los que el artista juega admirablemente.
En este sentido destaca My Favorite Outfit, 1998, obra en la que el artista dispone de manera cuidadosa, sobre la pared, su traje preferido; o My Most Memorable Feature, 2009, en la que Rodríguez pone a nuestra disposición una de las tan usadas máquinas Mold-O-Rama, gracias a la cual el público puede obtener —siempre que pague la módica suma de 50 dólares por la moneda dorada hacedora del milagro— un molde de la nariz del artista, que parece ser su parte física más aclamada, al menos por el público femenino adicto a la cirugía estética.
El yo, además, funciona como enlace con el acto cocreativo, donde el yo se transgrede a sí mismo para existir en el otro. Aquí hay mucho del sentido lúdico que tipifica la producción de Bert Rodríguez. Where My Eyes Meet You, 2005, destaca en este sentido. Esta obra poética y minimalista está compuesta de un delgado neón blanco que, ubicado a la altura del horizonte visual del artista, nos sugiere un encuentro frontal, un intercambio de miradas —aun cuando mediatizado— directo. Esta obra es citada en Where My Eyes Meet You (V.II), 2006, en la que el artista usando obras clásicas de la colección permanente del museo nos invita a una revisitas la Historia del arte.
La obra inacabada, como proceso, es también esencial. El tiempo deviene elemento constitutivo que habla de una progresión, un devenir e, inevitablemente, un final. Esta noción de transitoriedad donde lo único estable es el cambio, marca la existencia limitada -en tanto brotoi- del ser humano y del artista. Y, sin embargo, esta idea de transitoriedad nos obliga a una suerte de pacto. De un lado, el creador implicado ya en la continuación de esa obra inacabada que ahora nos ofrece; del otro, el receptor que es compelido a participar de un proceso receptivo cuyo único sentido y realización únicos es su continuación a través del tiempo.
Aquí destacan lambert.net y The End.lambert.net, 2008, es un proyecto disponible en internet, en el que el artista nos presenta una foto de sí mismo desnudo, en una suerte de topografía, donde el espectador tiene que desplazarse de un cuadrante a otro para recorrer el territorio físico de Rodríguez. La obra promete actualizarse cada año con una nueva fotografía, yendo las versiones anteriores a Iwasbert.net.
The End, 2001, se apropia del elevador del museo para llevarnos de la mano a un viaje un tanto macabro. La instalación está compuesta de un sinnúmero de temas musicales asociados a momentos cumbres de películas que Rodríguez ha visto durante años. Al tomar el ascensor en la primera planta el receptor tiene una sensación de ascensión enaltecida por la música altamente sugerente que compone la instalación. Sin embargo, al final, el descenso se impone y la caja en la que estamos atrapados, aunadas a la idea de transitoriedad que implica la obra, desata sensaciones antagónicas.
Una vez fuera del elevador, y en búsqueda de la salida del museo, la muestra es recorrida desde otra perspectiva y en sentido inverso. La sensación de déjà vu aunada a la música que todavía zumba en los oídos, no deja de inquietar. Y nos apresuramos a llegar afuera. Rodríguez está todavía ahí, impertérrito, jugando a que es un árbol, enterrado, con la cabeza a ras del suelo, como si todo fuera un juego.
JANET BATET
