Beatriz Milhazes

Belleza pura, 2006. Acrílico sobre lienzo. 200 x 402 cm. (78 ¾ x 158 pulgadas).

Primer Planosept 2009 - nov 2009· Por Florencia Malbarán

Beatriz Milhazes

Fondation Cartier

Beatriz Milhazes entabló un diálogo vibrante con Jean Nouvel. En la Fondation Cartier, diseñada por Nouvel, la artista creó dos grandes instalaciones concebidas especialmente para los muros de cristal del edificio. Nouvel realizó una construcción con paredes de vidrio y acero para dotar de invisibilidad la arquitectura. Milhazes acentuó el efecto inmaterial a través de sus dos collages, compuestos por formas recortadas en vinilo y pegadas en los cristales. Su exposición consiste además en diez acrílicos sobre tela y un collage en papel.

Afuera, los visitantes son acogidos por el collage instalado en la fachada, Casa de baile (2009). Luego, en los muros traseros del edificio, está Samambaia (2009). Milhazes, al trabajar sobre cristal, continúa la exploración que inició el año pasado cuando intervino las ventanas de la Pinacoteca do Estado de São Paulo. Sus murales en vinilo tienen ahora una escala mayor, con cascadas de tonos rojos, amarillos, violáceos. Y si en São Paulo impresionaba la conexión con la ciudad, debido a las vistas de la Estação Pinacoteca, aquí impacta la relación con el jardín de la Fondation. Los collages conducen la energía del Sol y la vegetación hacia el interior del edificio.

Primer Plano: Beatriz Milhazes — imagen 1
Vista de la exposición de obras de Beatriz Milhazes. Abril 4 - Julio 21, 2009. Fondation Cartier pour l´art contemporain, París. Fondo: Casa de baile, 2009. Collage. 735 x 1930 cm. (290 x 760 pulgadas). Derecha: Huevo de Pascua, 2003. Acrílico sobre lienzo. 298 x 189 cm. (117 ¼ x 74 2/5 pulgadas). Foto: Ambroise Tezenas.

Adentro, una selección rigurosa de pinturas presenta la trayectoria de Milhazes desde 1995 hasta la actualidad. La caminata por la sala es un recorrido por los motivos de su vocabulario artístico: el sol, las perlas, la rosa, los rayos, las esferas, el bordado y la geometría, entre muchos otros. Este grupo de obras permite también advertir el modo en que, con el tiempo, la nostalgia de los colores pálidos abrió paso a una paleta más estridente, exuberante. Incluso, se puede observar cómo la introducción de la línea recta, a partir de 2001, no interrumpió el movimiento de las formas circulares que son tan típicas de Milhazes. Sus pinturas no ofrecen a la vista pausa, un centro para apoyarse. Las composiciones parecen en vez cambiar de manera incesante. Milhazes apela así a todo organismo, más allá de lo óptico. Cuando los motivos de sus telas empiezan a girar, el cuerpo se balancea inseguro. La única certeza es la precisión estructural. Milhazes puntúa el dinamismo con exactitud, encuentra a cada forma una contrapartida.

En el vis-à-vis con sus obras, su estrategia pictórica se manifiesta con claridad. Milhazes estampa un motivo sobre todo. Añade en el plano sucesivos haces de pintura, con una técnica particular, de invención propia. Deja ver raspaduras, borraduras. A veces sus formas tienen un contorno perfecto. A veces están erosionadas. La sensación de que había alguna otra cosa, no se sabe bien qué, debajo de la superficie actual es permanente. Las esquinas de los bastidores revelan, en ocasiones, el trabajo por capas, porque éstas no coinciden matemáticamente una con la otra en su solapamiento.

El collage, titulado Milk Mel (2008-2009), es monumental. En él, los estratos superpuestos de las pinturas cobran aún más literalidad a través de los fragmentos de papel, pegados uno encima del otro. Milhazes combina aquí envolturas de bombones (el clásico amarillo furioso de los garotos brasileños junto al metalizado de los Havanna argentinos, entre otros) con recortes de papel coloreado, para crear una composición signada por el ritmo y el equilibrio. Al reparar en la exposición parisina del collage, la influencia de Matisse y sus siluetas de papel rebanado no puede ser mayor. En la constelación de antecedentes, podríamos incluir también a Tarsila do Amaral y Bridget Riley, artistas que la misma Beatriz Milhazes reconoce como grandes inspiraciones. Cierta estela de la Sainte-Chapelle espumea fugaz, además, en la exposición, por el trabajo con la luz y el cristal que modifica todo el espacio. Pero, sobre todo, navega la célebre imagen del departamento de Mondrian en 26, Rue du Depart, en donde él empezó a experimentar con la forma y el color en el espacio tridimensional de la arquitectura, a lo largo y ancho de su casa, y no tan sólo en el plano pictórico.

Milhazes comentó, “los colores y las formas de la fachada guardan una relación inmediata con el edificio y el jardín, crean, así, un ‘diálogo en transparencia’ con el ambiente y alcanzan un efecto mágico, inmaterial. En cambio, el collage en papel es opaco y concreto, tiene una presencia más material”. En efecto, Milhazes logró un espacio de yuxtaposiciones en el que sus obras conviven y se superponen, despuntando relaciones que de otro modo no podríamos ver. La exhibición de estas obras, en proximidad íntima unas con otras, formula preguntas al tiempo que propulsa nuevas conexiones y pensamientos. ¿Qué es el soporte? ¿Cómo puede estar todo allí, concentrado en el plano, pero sin perder la capacidad de expandirse y salir de él? ¿Es que acaso esa multiplicidad de capas sobrepuestas coincide con la fina y única superficie del soporte?

Milhazes sabe calibrar como nadie las fuerzas visuales, contraponer el impulso centrífugo a la retracción centrípeta. En las pinturas, si bien las espirales giran hacia fuera de los bastidores, luego regresan inexorablemente a ellos. Y en el mural de la fachada, la transparencia despide luz coloreada hacia dentro de las salas, aun cuando esta irradiación dependa de las formas en vinilo adheridas al cristal. Todo es cambio continuo, movimiento. Es difícil de creer: el soporte, que es estático y plano, permite flujos, sucesivas integraciones, progresión. Milhazes se ubica, entonces, en las antípodas del superflat contemporáneo. Me arriesgo a pensar, a partir de su obra, que el soporte es aquello que contiene una experimentación sobre el trazado de direcciones en el plano del arte actual. Lejos de agotar el campo de acción, la pintura permite las condiciones para abrir estos nuevos rumbos.

FLORENCIA MALBARÁN

Curadora independiente - Universidad Nacional de Rosario, Argentina.

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