La forma en que uno ve el mundo es no sólo una proyección de sus propios valores y códigos de conducta sino también un resultado del modo como entiende una matriz y se ubica dentro de ella. Entrar a la primera exposición individual de Rodolpho Parigi, en la Galería Nara Roesler de São Paulo, realizada a comienzos de este año, era como ingresar a una cámara neutral con libre acceso y pasar a un puñado de puertas que nos llevaban no a lejanas tierras exóticas sino a contextos familiares con dramáticos y refrescantes giros.

Atraídos de inmediato hacia la pared del fondo del espacio principal de la exposición, donde se hallaba el tríptico de cinco metros de ancho denominado Waves (2009), había que retroceder unos pocos pasos para que la fuerza de atracción y el ritmo de los lienzos seccionados disminuyeran y fuera posible apartarse de ellos para empezar a trazar un recorrido, asimilando los primeros y segundos planos, los detalles que conformaban un todo a partir de los fragmentos y lo que hacía de esta algo más que una simple pintura geométrica vibrante. Originalmente generada por computadora, algo que Parigi hacía por primera vez, y reproducida de manera exacta, Waves era una pintura acerca de la pintura; precisión, capas, transparencias, puntos de perspectiva, relaciones; diálogos en pintura. Pero también era una pintura acerca de vivir. Vivir en una época en la que la información viaja tan rápido que ya es vieja antes de que escuchemos el final de ella; en la que las imágenes y los estímulos externos a veces tienen impacto mucho antes de que los hayamos experimentado por completo; en que la impaciencia es la norma. Waves sintetiza una vida rápida, de múltiples lecturas en urbania, interrumpida por brechas. Comunicando en una forma que depende de una creencia inconsciente de que somos capaces de predecir el siguiente elemento, lo que está detrás del velo o las oleadas de conciencia que tenemos en la euforia de la vida del siglo XXI. Una vida de fragmentos, un impulso que casi nunca se cumple pero con la creencia de que se le captura.
Graduado hace tan sólo dos años de la escuela de arte (FAAP de São Paulo), Rodolpho Parigi, de 31 años, se ha convertido rápidamente en objeto del deseo del circuito local del arte. No sólo su arte va a toda máquina, él, junto con algunos compañeros con quienes formó el grupo 2000e8, ha contribuido de manera invaluable en el incremento del interés hacia la pintura contemporánea joven. Esta es pintura que se reinventa a sí misma continuamente, evaluando, renegociando y cuestionando su naturaleza, su curso y su entorno. Los óleos más recientes semejan lo que podría ser un fragmento de una rápida imagen captada mientras se viaja a alta velocidad en un auto, en un sueño o viviendo en una megalópolis como São Paulo. Inspirado en el pasado por artista como Franz Ackerman y Julie Merehtu, hoy el impacto de Sarah Morris se filtra en sus obras.
Las primeras obras de Parigi, una serie llamada Límite, se enfocaban hacia el interior, eran una secuencia de explosivas formas orgánicas limitadas en gran parte por el lienzo, que refrenaba la energía del plano único, evitando que se saliera de sus marcos, un paralelo antagónico con Adriana Varejão, otra de las inspiraciones del artista, y las entrañas que brotan en su obra. Los Límites existían de manera aislada, aunque sus cualidades materiales eran familiares y accesibles; también eran fantasmagóricos; sin embargo, sus colores saturados eran los que cautivaban el ojo. En Límite 8 (2007), el único incluido en la exposición Concrete Blonde, las formas orgánicas iniciaban un tímido diálogo con lo geométrico, que en ese momento parecía reprimido por el volumen y las contorsiones del rosado fluorescente –pink fluor– característico de Parigi. Allí, el cuerpo estaba astillado y contaminado de materia extraña, una fuerza e influencia externas que fragmentaban los nódulos de la vida corporal. En la pared contigua, el color de los dibujos a tinta china en blanco y negro había sido retenido, lo cual acentuaba la tensión sexual mediante el aislamiento de la energía retenida en la forma misma y no por el lienzo.
Al recorrer el primer salón, de regreso hacia Waves, el dorado sobre negro atraía la vista hacia los dibujos mucho más delicados y complejos, que como mapas astrológicos nos invitaban a un espacio más tranquilo y contemplativo, una zona mística de creación que se movía y se reajustaba constantemente. Utilizando la línea para trazar volúmenes de bordes rectos y curvos, estos flotaban en el vacío, formando una matriz codificada que negociaba relaciones y posibles combinaciones. El contrapunto metadilemas (2009), una serie de collages rosados y verdes, se refería de manera directa al artista brasileño Hélio Oiticica y sus Metaesquemas. De naturaleza geométrica, los trazos de rosado revelaban el verde ácido, y su ausencia nos hacía preguntarnos si no habían sido lanzados, aunque de manera conceptual, al lienzo Faster Pussycat (2009). Sin embargo, fue en Concrete Blonde (2009) donde los fragmentos llegaron a un punto crítico. Elementos vistos en otras obras fueron renegociados allí para construir una celebración de la vida en la metrópolis. Formas arquitectónicas surgían de un foso de trazos geométricos y salpicaduras de pintura desarreglaban los saturados planos de color realzados por el negro; las capas y transparencias evocaban un mundo de imágenes generadas por computadora y aceleradas interacciones que absorbían astillas de vida y las volvían a arreglar en una matriz, cuestionando la estructura y la esencia de la vida y la pintura.
CAMILA BELCHIOR
