El fotógrafo Res (Raúl Stolkiner, Córdoba, 1957) es un artista metódico que acostumbra agrupar su trabajo en series temáticas o conceptuales. En ese sentido, la perspectiva de mostrar su trabajo de los últimos veinticinco años en la sala Cronopios del Centro Recoleta podría haber sido un desafío simple: era cuestión de seguir el hilo de una cronología bien estructurada. Sin embargo, junto a la curadora Valeria González —una de las principales especialistas en fotografía argentina contemporánea— Res optó por presentar su trabajo en contexto, anudándolo no sólo con su sistema de organización personal sino también con las vicisitudes de su entorno sociopolítico. Una decisión de este tipo implica cierto nivel de demagogia, y sin embargo en res la referencia política es totalmente atendible y entendible. No se trata de un artista que se aproxima a lo político como “tema” sino de un hombre exiliado durante la última dictadura militar, perteneciente a una generación habituada a pensarse a sí misma al calor de los avatares que han atravesado la historia del país. Valeria González traza, en complicidad con el artista, una fina lectura que enlaza sus búsquedas y encuentros estéticos con la saga a menudo incomprensible de la historia argentina.

Las series en las que abreva la curadora para estructurar la muestra incluyen algunos proyectos claramente signados por el comentario político, como ¿Dónde están?, serie de tomas de larga exposición en las que la película se impregna de lugares y personas superpuestas, cargadas de alusiones a los desaparecidos en plena época de la recuperación democrática o Necah 1879, uno de los ensayos más rigurosos de Res, acerca de la conquista y colonización española en la Patagonia argentina a través de la combinación de fotos históricas y actuales. Luego otras series revelan el interés vital de Res por la historia del arte y sus clichés, como sucede en El plastiquito, un conjunto de piezas casi pop realizadas en los noventa, registros de objetos y frutas envueltos en nailon, aparentemente inocentes y luego sórdidas en una lectura más detenida, y sobre todo en Conatus (recreaciones libres de imágenes célebres de la pintura universal, realizadas a dúo con Constanza Piaggio) y en la más reciente Plantas vestidas, en la que personajes vegetales posan emulando retratos clásicos. Pero es en una tercera categoría de obras, acaso atadas a preocupaciones muy personales del artista, donde se revelan las aristas más interesantes de su trabajo: en Yo-cacto, donde el fotógrafo se coloca a sí mismo en proceso de mutación humano-vegetal, y sobre todo en Intervalos intermitentes, un ensayo contundente acerca de las brechas que unen y separan a un momento del siguiente, a la persona que somos en este instante y a la persona-otra que seremos en el futuro, inmediato o no.
En Intervalos intermitentes, Res explora el tiempo de un modo urgentemente real y encarnado. La cámara se dispara sobre una boxeadora, antes y después de ganar una pelea por nocaut out técnico en sólo cuarenta y seis segundos; no ha transcurrido ni un minuto y sin embargo ese rostro es otro, las ojeras delatan el espesor de lo vivido, una sonrisa esbozada reemplaza a la seriedad de la incertidumbre. En esta tesitura, dispuesto a verlo todo, Res aborda incluso a sus afectos, a su madre antes y después de enviudar, a su padre tiempo antes de morir, a sí mismo usando la camisa que fuera de su padre. Despojado de preocupaciones más generales —el mundo, el arte, la política— surge ahí quizás el mejor Res: condicionado por una historia dolorosa y decidido a convertirla en imágenes frente a las cuales es imposible quedar indiferente.
EVA GRINSTEIN
