Exposición Individualjun 2009 - ago 2009· Por Camila Belchior

Marcelo Moscheta

Galería Leme

Cuando uno se detiene a pensar en las representaciones paisajísticas del arte en la actualidad, rara vez lo que se le viene a la mente en primer lugar es una pieza de arte contemporáneo. Por lo general, los primeros en aparecer son artistas del estilo de los románticos, como Caspar David Friedrich, o pintores emblemáticos como Turner o Cézanne, pero la exposición individual de Marcelo Moscheta (32), Gravity, (Gravedad)  en la Galería Leme de São Paulo, le agregó un soplo de contemporaneidad al tema del paisaje. Desde el 2 de marzo hasta el 4 de abril de 2009, un colosal dibujo de una luna que nos hacía parecer pequeños estuvo colgado dentro de las líneas modernistas del magnífico espacio de la Galería Leme, diseñada por el experto arquitecto Paulo Mendes da Rocha. El entorno realzaba la apacible majestad y el tono emblemático del minucioso dibujo en grafito sobre PVC (2,4 cm x 2,4 cm) de uno de los símbolos más orgánicos para las expediciones, que sigue siendo pertinente en la actualidad: la Luna. Frente a ella, Maré, una serie de tres proyecciones a nivel del piso, mostraba diferentes imágenes congeladas de olas sobre una playa, que traían la Luna la tierra de modo inextricable, mediante su referencia conceptual al efecto sobre las mareas. El constante e hipnótico murmullo de los proyectores de diapositivas nos hacía recordar tiempos más simples y más tranquilos, en que la mecánica y la tecnología no trataban necesariamente de acelerar el ritmo de las cosas sino de facilitar el redescubrimiento y reconsideración de algo divino excluido de su contexto original pero representado de manera triunfal mediante referencias icónicas de sí mismo. Parte de la empatía provenía del movimiento que las imágenes congeladas adquirían al ser ligeramente diferentes y debido a la sincronización de las proyecciones, con lo cual, aunque eran congeladas, danzaban a nuestros pies como olas ondeantes sobre la playa. Y el murmullo, antes de que lo supiéramos, había evocado el recuerdo del sonido del mar en la misma forma que lo hace una concha marina, mágica, en especial si se tiene en cuenta que los que facilitaban esta expedición de la imaginación, los cables e implementos mecánicos, eran claramente visibles, para mostrar, tanto como lo poético, imágenes simples que daban un nuevo contexto al mar y, por omisión, también a la Luna.

Exposición Individual: Marcelo Moscheta — imagen 1
Marcelo Moscheta. Gravedad, 2009. Detalle de la instalación.

Al lado, en una pared contigua, una hilera de 14 rocas y dibujos, Pedras, llevaba la naturaleza al campo arqueológico. Las rocas, colocadas sobre pedestales de hierro, flotaban casi ingrávidas debajo de dibujos de cada una de ellas. Pero estas eran rocas reales recogidas a mano por el artista en la región campestre de Joaquim Egydio, cerca de Campinas, donde vive y trabaja, y de las cuales anotó y presentó las coordenadas precisas del lugar en que las encontró. “Me gusta pensar cómo encajamos en el contexto del mundo y su paisaje, y en la organización de la naturaleza”, dice Moscheta. La organización reproducida en un ambiente de museo no está lejos de lo que sucede en el mundo, que se clasifica, se distingue y se rastrea en forma natural. Pero ¿qué sucede cuando algo es sacado de su contexto original y, además, qué sucede cuando se lo reproduce? La exposición de Moscheta planteó interrogantes que rodean la naturaleza misma de la representación y también sobre presentación, experiencia y contexto. Frente a las rocas, una serie de 20 pequeñas cajas de luz colgadas sobre la pared, con los cables a la vista, mostraba lo que parecían ser los picos nevados de genéricas montañas místicas. El impacto de algo tan pequeño hecho por el hombre y que representaba el indócil elemento de la naturaleza era sorprendente. En esta exposición el tamaño era importante. A pesar de ser un dibujo grande, la Luna era también una miniatura de la naturaleza, como lo eran Summit, la serie de cajas de luz, y las proyecciones de Maré. En la acera de en frente, en el project room de Leme, el espacio oscuro albergaba una serie de 62 cajas de luz con fotografías de rocas, organizadas en una estructura circular de apariencia mecánica que colgaba en el aire, al nivel de los ojos. Allí, las rocas flotaban y enfrentaban la gravedad; su ingravidez era desorientadora, al punto de evocar vértigo. Si la gravedad es lo que mantiene la organización del mundo natural como lo entendemos hoy, la falta de ella produce todo un sentido nuevo de organización que, a su vez, arroja luz sobre el hecho que cada uno de nosotros, en nuestro microcosmos, vive y es gobernado por un único, independiente y quizás inevitable sentido de la organización. Tal vez la pintura paisajística era un canal de expedición y revelaba maravillosas tierras distantes representadas de manera armoniosa, pero a través de Moscheta, las representaciones de paisajes tienen un efecto de expedición inversa que descubre nuestro atracadero, el que está cerca y al que se supone podemos llegar y, sin embargo, está fuera de nuestro alcance. En Gravity, Moscheta reorganizó el mundo, le dio un nuevo tamaño, una nueva presentación y un nuevo contexto. Este es el mundo, según él. 

CAMILA BELCHIOR

Marcelo Moscheta, por Camila Belchior | artnexus