La conciencia del testigo

Tomás Sánchez. La aparición del dogma, 1973. Litografía, ed. 7/10. 325 x 497 mm; 248 x 439 mm, Colección: Claudio Ferioli.

Colectivajun 2009 - ago 2009· Por Israel Castellanos

La conciencia del testigo

Museo Biblioteca Servando Cabrera Moreno

Esta institución nacional, una de las dos únicas entidades museales consagradas en Cuba a la vida y obra de artistas de la visualidad, está cumplimentando una programación especial para celebrar el aniversario 85 del nacimiento del creador a quien debe su nombre y razón de ser: un prominente pintor, dibujante, profesor y coleccionista fallecido en 1981.

El tributo a Servando Cabrera, de un año de duración, ha incluido entre otras actividades varias exposiciones transitorias en su Museo Biblioteca. Unas fueron personales del artista: Todos los recuerdos de Sevilla, exhibición de pintura erótica que centralizó el homenaje; y Pasión por lo humano, que desplegó obras no muy conocidas de su etapa épica, incluidas asimismo en un almanaque de 2009.

También se exhibieron creaciones suyas junto a las de otros artistas, como sucedió en La conciencia del testigo, la cual sumó 50 piezas entre grabados, pinturas, dibujos y ensamblajes. Signada por la poética expresionista, la exposición reunió a Servando con otros dos grandes créditos de las artes visuales cubanas –Antonia Eiriz y Tomás Sánchez– en una de las más de 130 muestras colaterales al evento más importante de las artes visuales celebrado en Cuba: la Bienal de La Habana.

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Servando Cabrera Moreno. Cuestionario, 1967, Óleo sobre tela. 150, 5 x 180 cm. (59 3/4 x 70 3/5 pulgadas). Colección: Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

Una, de carácter histórico-artístico: se mostraba la asimilación –personalizada, y en mayor o menor medida contextualizada– que hicieron estos creadores de una tendencia artística internacionalizada, sobre todo, en la década de 1960: la nueva figuración o “lo grotesco expresivo”.

Esa tónica que busca la más desgarrada y agresiva expresión de la emotividad, y ha emergido en diferentes circunstancias de la historia del arte con diversos nombres –realismo expresionista, expresionismo abstracto, neoexpresionismo, entre otros–, halló terreno propicio en las espiritualidades entonces atormentadas –por coyunturas no solo artísticas– de Servando, Antonia y Tomás.

Muy amigo de Antonio Saura –pintor emblemático de la nueva figuración, que además visitó a Cuba y expuso allí–, Servando tuvo una poética expresionista que suele enmarcarse en el período de 1965 a 1970, representado en la exposición. Fue cuando este gran dibujante, influido también por la pintura de Willem de Kooning, distorsionó las figuras al punto de tornarlas casi irreconocibles.

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Antonia Eiriz. Sin título, s/f. Tinta sobre cartulina. 767 x 647 mm. Colección:Choy-León. Foto: Cortesía del Museo Biblioteca Servando Cabrera Moreno.

Sin embargo, en una etapa anterior –la llamada épica, iniciada en 1961– ya violentaba en extremo la anatomía humana, magnificando actitudes y escalas en función de expresar la violencia revolucionaria –y sobre todo, viril– del momento histórico-social inmediato al triunfo de la Revolución cubana. Y en un momento posterior –1970 en adelante– Servando conservó una entraña expresionista, evidenciada en su etapa erótica –denominada así por el tema–, y encarnada en la mutilación de los miembros o en sus posturas sumamente forzadas, cuya “brutalidad” resulta congruente con los arrebatos pasionales del acoplamiento sexual, pero es también suavizada por el aura poética que abraza a los cuerpos en levitación.

Graduada, al igual que Servando, de la Escuela Nacional de Artes Plásticas “San Alejandro”, Antonia Eiriz (1929-1995) fue siempre más radical y antiacadémica. Como él, experimentó con la abstracción. Pero si a Servando –buen colorista y mejor dibujante– le resultaba difícil desprenderse del imperio de la línea, Antonia fue privilegiando el trazo sumario y la traza dejada por el brochazo irreverente. Sin ignorar totalmente la línea ni la distorsión formal, en una evolución ejemplificada muy bien en la exposición, Antonia otorgó beligerancia a lo tectónico, a las masas como bloques, lo cual se concretó también en sus ensamblajes heteróclitos y formalmente rústicos.

Ella instaló en su hogar un taller para la enseñanza y confección de artesanías populares en papier mâché, algunas de las cuales se pueden apreciar en su actual casa-taller; mientras Servando prefirió seguir coleccionando e importando objetos creados por la inventiva popular de varios países, muchos de los cuales se exhiben con carácter permanente en su Museo Biblioteca. Tanto él como Antonia ejercieron el magisterio en Cuba en la década 1960. Ella dejó una simiente expresionista muy fuerte en sus alumnos, entre los que se encontraba Tomás. Discípulo aventajado que, hasta cierto punto, abordó de manera grotesca, como su mentora, los conflictos del poder y la masificación; aunque no sostuvo tanto la “discursividad del grito”, deudora de Munch.

En sus grabados de inicios de la década 1970, mostrados en la exposición, se percibe incluso el interés de Tomás por el contexto rural. Un preludio de su inclinación hacia el paisaje, que de trasfondo devendría en protagonista de sus obras, como ha señalado la crítica. ¿Y no fueron de algún modo expresionistas, por su carga inculpadora y lacerante, los basureros antiecológicos que tan exquisitamente pintó luego Tomás?

Con un paisaje pictórico reciente, participa también en una exposición central de la Bienal –Punto de Encuentro– este extraordinario dibujante, que 25 años atrás obtuvo el Premio Nacional de Pintura “Amelia Peláez” en la Primera Bienal de La Habana, y una mención en su segunda convocatoria. Con un paisaje a tinta había ganado el Premio Internacional de Dibujo “Joan Miró” (1980), algún tiempo después de la primera mención que alcanzara Servando en ese concurso, hace 40 años.

Tomás conoció a Servando y admiró su obra. Ambos fueron a su vez grandes amigos de Antonia, reconocida con una mención honorífica en la Bienal paulista de 1961, y a quien se dedicó La conciencia del testigo por el 80 aniversario de su natalicio. Así, la muestra tuvo otras razones: la del afecto y el homenaje; la de valorizar y difundir el patrimonio artístico cubano. Hacía varios años que en Cuba no se exhibían de manera tan amplia creaciones de Tomás y de Antonia, en esta oportunidad obras procedentes de tesauros privados y estatales. Todo ello hizo de la exposición un suceso casi inédito para el espectador.

ISRAEL CASTELLANOS-LEÓN

La conciencia del testigo, por Israel Castellanos | artnexus