La trayectoria que tuvo Julio Galán en el mundo del arte se puede describir como un sueño cumplido. Se puede supone o inventar, tomando en cuenta el testimonio de sus seres cercanos, el argumento para una película: Julio Galán en Nueva York. ¿Se trata de una salida, de un escape, o de un llamado a cumplirse? Las oportunidades se dieron para la proyección de su trabajo; se dicen fácil los saltos y triunfos que lo llevaron de Monterrey a Nueva York y de ahí a Francia (y al resto del mundo). El sino trágico de su muerte, por derrame cerebral, vino a suceder lejos de todo cosmpolitismo, en Zacatecas. Se trata de alguien tan propenso a la leyenda que, en términos de fatalidad y destino, seguida su propia trayectoria, se sabía algo irremediable.

Julio Galán es un producto propenso de manierismos pequeño-burgueses entregado con pasión sobrenatural a su propio papel. Julio Galán se sabía Julio Galán: no había búsqueda sino falta de saciedad. Se sabía su propio espectáculo y se sabía más que eso. No se trata de un invento, se inventaba una y otra vez, entre el arrebato irracional y el ordenamiento que exige la compulsión, su trabajo y trayectoria es comparable a la de Basquiat y Clemente: un último residuo de romanticismo (un desdén rococó tan natural como abigarrado). Fue un aparecido. Paradoja ejemplar que retrata un costumbrismo trivializado en su exacerbación, negado como mundo posible, aún en el lienzo, violentado hasta el desgarramiento más allá en su anhelo por un preciosismo tan trágico como ridículo. Hijo pródigo incómodo, vendido como “el niño terrible de la pintura mexicana”, acabó descrito y explicado –con éxito desigual- entre etiquetas y declaraciones (esta es achacable a la crítica argentina Ana María Battistozzi).
Esto se dice fácil porque Julio Galán posee una cualidad que resulta inasible. Algo que lo define sin más. Colgado de la pared se revela como un misterio, entre las fijaciones narcisistas de un imaginario creado como realidad alternativa, un país de nunca jamás o un país de las maravillas, tiznado –no deja de ser propicio el calficativo- por una violencia, tan real como el engaño que existe entre los mundos posibles: el desengaño, el despecho, la frustración. El encanto que existe en la obra de Galán para el gran público, más allá de coleccionistas y especialistas, es que no necesita ser explicado, no en la manera –al menos- que exigen otros artistas contemporáneos. Vive como un per se, insisto; algo que se deja colgar de la pared y luce en su valor. Cuenta una historia, surgido entre su fascinación por el barroco y el afán paradójico (un simbolismo que dice y desdice) de su propia neurastenia. Puedes querer tener a alguien que te explique, de manera simpatética, el lugar y momento de cada cuadro, como si con ello se develara mejor el sino de un artista tal vez demasiado romántico al pasar lista, con candor médico, por los síntomas de la patología.
Para su desgracia, Galán se ha convertido en un artista oficial. Reducido en términos de explotación a ser un referente casi pop, sobrevive como una extravagancia. No se trata tanto de su obra como el personaje creado a partir de su obra. Lo que se exhibió, en términos de retrospectiva, en San Ildefonso, brilla por su carácter anecdótico. Los videos, fotografías y testimonios que sirven de margen a la exposición de 120 piezas (entre óleos, pasteles, collages y cerámicas), insisten en el personaje, más como una starlet que como un artista. El paseo a lo largo de la obra se supone cronológico (se pierde a veces entre temas y fechas) de lo que se sabe una exposición prêt-á-porter armada por Guillermo Sepúlveda, su descubridor (lo presentó en sociedad en 1980 con una exposición individual en su galería regiomontana) para el MARCO. La exposición, en su itinerancia, pasó todavía antes por el Museo Amparo de Puebla antes de llegar a San Ildefonso. La museografía, atenida más a un vaciado que a un replantamiento de lugares, desluce al amparo del brillo de la estrella. La muestra se supone biográfica, y sin embargo, falla en su cronología. Se trata de un evento en que se confía demasiado en lo que ha sido puesto en exhibición como para tomarse la molestia de entenderlo más allá de los rudimentos del modelo para armar.
Para Sepúlveda, el mundo de Galán le “pareció sumamente proustiano”. Esto no lo advierte tanto por un tiempo perdido como por una complejidad que exige, “para su justa apreciación, una gran atención y paciencia para descifrar un sinnúmero de claves inimaginables.” No es tanto el pasado por ser recobrado como por “los secretos de las miles de voces del pasado que le inspiraron”. La vocación narrativa dentro de la obra de Galán tienta al respecto de una explicación literaria, que me temo, resulta más cercana a Kafka. Se trata de una mística que la enumeración posible de los caminos del señalado. Julio Galán miente una y otra vez, y en cada una de sus representaciones sobrevive el dejo perturbador de algo que se quiere cierto para poder explicar su horror.
En palabras del propio Galán: “Me gusta maquillarme para provocar y provocarme. Con ello, no me oculto de mí mismo; son todos los demás quienes se inquietan y se esconden de mí.”
RICARDO POHLENZ
