Si hay algo que otorga a los últimos proyectos de Florencio Gelabert Jr. una condición aventajada, es su capacidad cada vez más eficaz de condensar multiplicidad de lecturas. Me sirve citar de ejemplos su muestra Intersections, cuyo interés contribuyó a enaltecer la apertura del Frost Art Museum de la FIU, Miami, y Birth & Accumulations, inaugurada más recientemente en Chashama Arts Studios & Gallery, Nueva York, feliz resultado de la beca concedida por el Lower Manhattan Cultural Council. En ambos casos se pudo apreciar un relato visual que fluía compactando espacios, recursos y criterios sobre una trama de cuestionamientos acerca de la relación erosiva entre sociedad y medio ambiente, tema que ocupa al artista, en aras de concientizar al sujeto contemporáneo en cuanto a la acción depredadora. Tanto en una como en la otra, la consabida esencialidad de los trabajos del escultor no restringió en absoluto la yuxtaposición de niveles conceptuales dentro de las propuestas.

En Birth & Accumulations, un Gelabert congruente con sus vigilias retoma con pericia la estrategia curatorial aplicada en el Frost,donde articuló orgánicamente cierto arsenal diverso, conciso y puntual, para finalmente formularlo en un cuerpo unitario. El plan consistía fundamentalmente en que cada obra participante conservara el aliento propio, a la par que se incorporaba coherentemente a la concepción escénica. En el proyecto del Chashama —recinto de atmósfera más agreste— el escultor pactó un conjunto en el que materiales de contextura sintética protagonizaron, en alianza con la variedad de soportes visuales y construcciones simbólicas, una suerte de puzzle de ironías y sutiles antagonismos que apuntaban subliminales a reflexionar los síntomas de quebrantamiento de un ecosistema pertinazmente agredido.
Esta fusión de arte y pasión naturalista es, desde hace mucho, fundamento de la metódica indagatoria de Gelabert. En la concertación de Birth & Accumulations, las fricciones contenidas en la polémica ecologista se abrieron cauce a través de un contrapunto entre materia y actitud analítica, que finalmente se concretaría en una peculiar estética acuciosamente procesada. Del grupo de obras que observamos lo que más impactaba visualmente era la vivacidad extraída a la sustancia inerte. Fragmentos de paisajes ficticios, simulacros de vegetación brotando de los intersticios de los muros, llamativas recreaciones acuáticas registradas en imágenes de video, se iban sucediendo para urdir una red coloquial en la cual había suficiente margen para la reinterpretación de la joven noción de biotopo.
A las estructuras concebidas, Gelabert incorporó la artificiosidad como un factor kitsch de efectos paródicos. El hecho de utilizar ingredientes industriales como plásticos, cartón-piedra, fibra de vidrio, aluminio, yeso, etcétera, se insinúa como intención de reproducir el elemento natural en tono de sedición, luego de haber seleccionado materiales que precisamente envenenan la salud del planeta. Tal parece que este recurso de usar flores sintéticas o rocas de látex convertidas en arte pulcramente hiriente impugna la tendencia esnob de adulterar la naturaleza mediante procesos frívolos que intoxican la nobleza del hábitat. Es deducible entonces que la manipulación del kitsch está en función de dato o gramática visual para poner al desnudo la compulsiva cosificación del componente originario. De ahí que el hábil mimetismo que se evidencia en las piezas esté pautando puntos de giro hacia otros comentarios que rebasan los convencionalismos de la figuración y que se fundamentan en la ideología más casta de la contemporaneidad.
Es posible que la mordacidad de Gelabert se inspirara en el acartonado decorativismo californiano con que la élite hollywoodense de primera mitad de siglo XX puso en boga el plagio a la naturaleza. Estamos hablando de aquella parafernalia ornamental muy manierista que se propagó abundantemente entre los estilos de vida del continente y contagió las subculturas vernáculas del Caribe. Lo cierto es que en el paralelismo entre fantasía y realidad del imaginario gelabertiano se ridiculiza un mercantilismo copista que se empeña en reducir la biodiversidad a cursilería de consumo. Tal menosprecio es cuestionado serena y, a la vez, rotundamente en la propuesta, con tan elaborada vistosidad que, a la postre, al simbolismo crítico se le va afiliando tangencialmente una cautivadora poética naif.
Todo este fervor de Gelabert es energía que se destila de un repertorio sugestivo, donde hay cabida para la coparticipación del visitante, pero siempre exento de didacticismo y brusquedades. Nada puede estar más lejos de la diatriba que las afables piezas que integran Birth & Acummulations. Cada obra ha sido pensada con la austera dignidad a la que propende clásicamente un escultor que evidentemente persigue el affaire sensorial con la evocación, si bien es cierto que en la lectura puede hallarse disonancias, debido a la tensión implícita. Pero aun así, predomina la descontaminación anímica por sobre el alegato ambientalista.
Por ese camino, la concepción artística propone equilibrar mediante la esmerada factura el contrapeso de los golpes de piedra del discurso. El balance se logra hasta el punto en que hay momentos en que el observador íntimamente clama porque el material dúctil cuaje en placentera veracidad, no importa que sea efímera, pero que alimente una expectativa más inocua para el Gran Hogar. Es la reacción inherente a la necesidad de utopías frente a una realidad severamente deprimida. Puede que ése sea el efecto clímax de la tesis de la exhibición, es decir, cuando la obra de Gelabert ratifica en términos optimistas que el arte puede funcionar como intermediario en distanciamientos cuya disipación a estas alturas ya no se ha de postergar.
JESÚS ROSADO
