Sombra mirada se intitula la retrospectiva que abarca las dos últimas décadas de la producción de Arturo Rivera (ciudad de México, 1945), quien obtuvo el Gran Premio de la segunda edición de la Bienal Internacional de Arte de Beijing, celebrada en 2005.
Inaugurada el 13 de marzo pasado en la sala principal del recinto museístico ubicado en el corazón de la capital michoacana, la exposición reúne un total de 44 obras —entre dibujos y pinturas—, realizadas en diversos formatos y provenientes en su mayoría de distintas colecciones privadas, incluida la del propio creador egresado de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de San Carlos.

El indudable interés de esta muestra reside en que permite al espectador no sólo conocer óleos recientes de Rivera, sino también aproximarse de nuevo a algunos de los trabajos emblemáticos de su trayectoria, lo cual confiere un cierto carácter antológico al conjunto de cuadros exhibidos.
No obstante, llama la atención el desdén curatorial en cuanto a la construcción de un discurso capaz de apuntar genealogías, tender puentes, revelar fracturas, incitar lecturas inéditas y generar una multiplicidad de sentidos en torno a la propuesta plástica del llamado “pintor de la belleza de lo terrible”.
Así, no es sino al final del itinerario expositivo donde irrumpen, arrinconadas y apiñadas, las espléndidas conjunciones de grafito y acuarela pertenecientes a la serie Historia del ojo, de 1990.
El desafortunado emplazamiento de esta veintena de trabajos (entre los cuales destacan El veedor, Tiresias, La dulce espina dorada y Las leyes de la conciencia) responde tal vez a la anacrónica jerarquización que concibe al dibujo como el pariente pobre de la pintura; en todo caso, no contribuye a explorar los tránsitos de Rivera entre ambas disciplinas, ni a detectar en el papel protagónico desempeñado por el órgano de la visión lo que habrá de constituir una constante en la producción del autor: el arte como acto voyeurista, donde todo es asunto simultáneo de observar y ser observado.
Este peculiar escudriñamiento de la mirada, explayado en una plástica hiperrealista abismada en el verismo y el detalle, alcanza una impecable e inquietante factura en un par de lienzos clave que forman parte de la exposición montada en el vasto inmueble de data virreinal.
El primero de ellos es el Ejercicios de la buena muerte (1999), donde quien fuera ayudante de la clase de pintura del surrealista Max Zimmermann en la Kunstakademie de Munich se autorretrata tendido en una suerte de mesa de operaciones o plancha de un depósito de cadáveres, en una composición por completo deudora del célebre Cristo en el sepulcro, de Hans Holbein, el Joven, atesorado por el Museo de Arte de Basilea.
El segundo, La Última Cena (1994), congrega en un escenario de grandes dimensiones (196 x 303 cm) a un grupo de individuos de fisonomía ordinaria y vestimenta contemporánea, presididos por una liebre desollada y destrozada a manera de cordero pascual.
El mamífero roedor, con toda su carga de calvario y martirio, salta como personaje central a las cuatro obras que integran la otra serie expuesta: La muerte del conejo de Durero (2007). Aquí, Rivera desarrolla su pasión por diseccionar y desentrañar, en una estética rezumante de sangre que alude tanto al sacrificio, como a los símbolos de la lujuria y la fugacidad del tiempo asociados con el animal de largas orejas, pero acaso también a su singular capacidad de dormir con los ojos abiertos.
Asimismo, a este peíodo de la producción del artista corresponden varios óleos donde plasma sus insistentes temáticas de impronta críptica (Casi nunca, 2008), así como arquetipos del dolor, la angustia, los celos, el erotismo, la violencia y la muerte, a través de la recontextualización con imaginería actual de deidades procedentes de la mitología griega (Hefesto y Afrodita, El luto de Deméter y Hades y Perséfone) (2007).
Con todo, la exposición también da cabida a otros trabajos recientes del autor, calificado como “realista de intensidades”, en los cuales se advierten indicios de transformación en lo que toca a sus preocupaciones formales. Por ejemplo, Vacaciones de Herr Klaus y Construcción (2008) acusan una depuración en la cantidad de los elementos representados y un tratamiento menos preciso del trazo, en favor de la libertad del empaste y la texturización.
Ahora bien, si en El kanato de la Horda de Oro (2008) se atisban los rasgos característicos de la expresión “apolínea” de contenidos “dionisiacos”, según la descripción que el propio artista ofrece de su quehacer plástico, en Horizonte y El atleta (2008) se abre paso un sentido de la experimentación mediante el recurso de la incrustación de trozos de metal, que comunican sensorialidad y objetualidad a la superficie pigmentada, rompiendo con la estricta bidimensionalidad y el predominio del trompe l'oeil.
A contracorriente, Arturo Rivera sigue apostando por el rigor del oficio pictórico con una obra que, tal como puede atestiguarse en la presente retrospectiva, continúa enganchando al público.
ARGELIA CASTILLO
