Existe una fotografía, ahora tristemente célebre, de una niñita africana que se detuvo mientras iba gateando por el implacable desierto sudanés y reclinó la frente sobre sus diminutas manos. A cierta distancia, un buitre la observa en forma siniestra, en espera de que fallezca. La fotografía, tomada en 1993 por el fotógrafo surafricano Kevin Carter, se ganó de inmediato el oprobio cuando fue publicada en la tercera página del New York Times el 26 de marzo de 1993, y desencadenó llamadas telefónicas y cartas al diario en las que se cuestionaban la ética del fotógrafo y el destino de la niña. Esta fotografía estaba en el centro de la exposición de Alfredo Jaar en la Galería Lelong.
Al igual que muchas de sus obras, su instalación The Sound of Silence (2006) presentó una compleja narrativa mediante una instalación minimalista que dependía de la tecnología y un concepto simple. A pesar de que la obra fue escrita en 1995, el artista sólo pudo crear la desafiante instalación diez años más tarde. Utilizando un lenguaje nominal, la narrativa de Jaar hacía un breve recuento de la vida del fotógrafo, su ingreso al reporterismo gráfico como profesión y su intempestivo suicidio tres meses después de que su fotografía le valiera el premio Pulitzer.

A los espectadores se les preparaba para la crudeza de la narrativa interior a medida que se aproximaban a la instalación. Una de las paredes del fondo estaba cubierta por completo de bombillas fluorescentes blancas. La luz era (intencionalmente) enceguecedora. Al dar la vuelta a la esquina uno entraba a un pequeño espacio teatral y se sentaba en una banquita. Se iniciaba una presentación, una especie de proyección de diapositivas, cada una de las cuales contaba un hecho específico de la vida de Kevin Carter. A veces, su nombre se repetía, como un lamento. En lo alto de la narrativa de Jaar se mostraba la fotografía, ampliada al tamaño de la pantalla. Nos enfrentábamos a una horrenda imagen de la realidad de la hambruna. Sin embargo, en lugar de permitir que nos detuviéramos demasiado en la imagen, el artista nos tomaba por sorpresa cuando un juego de grandes luces estroboscópicas destellaban en la oscuridad. Como un rayo, el destello aparecía rápidamente, era un impacto súbito que reinscribía el horror de la fotografía. Una vez más, estábamos ciegos. Incluso los visitantes preparados para esta parte de la instalación se sobresaltaban, quizás por el resplandor del destello o por el sonido de las enormes luces estroboscópicas.
Al convertir al visitante en receptor del flash del fotógrafo, el artista subvirtió todo el plan de su obra, que, en un principio, colocaba al espectador directamente en la misma posición del fotógrafo. Cuando veíamos la fotografía de Carter, ocupábamos su espacio, su perspectiva; pero cuando las luces destellaban, nos convertíamos en sujetos de una fotografía, en los observados. Esto era parte de todo el propósito de la instalación, que empleaba el reporterismo gráfico, sus inherentes contradicciones y el público para el cual existe. En una reciente entrevista publicada en The Brooklyn Rail, el artista comentó que él ve el papel de los reporteros gráficos como “la conciencia de nuestra humanidad”. Para Jaar, representan los restos de nuestra humanidad colectiva. Implicarnos en la obra es parte de su responsabilidad como artista; ése fue también el propósito de la fotografía de Carter.
En la exposición también se hallaba la obra de Jaar titulada Searching for Africa in LIFE, de 1996, consistente en cinco grandes C-prints que representaban portadas de la revista LIFE publicadas entre 1936 y 1966. Según el artista, durante esos años, sólo cinco o seis portadas fueron dedicadas al continente africano, y la mayoría de ellas representaban animales. Es decir, de más de 1.500 portadas, sólo el tres por ciento fue dedicado a África. Para el artista, este es un hecho particularmente atroz, dada la amplia cobertura de esta publicación en la cultura estadounidense y su profunda influencia en las interpretaciones públicas de la cultura global.
Parte de un grupo más grande de obras que tratan temas africanos, las dos que se vieron en la galería Lelong revelaron el constante interés de este artista en abordar la representación de África en los medios y las dificultades que presenta el reporterismo gráfico. A través de los medios, es fácil malinterpretar a este continente como una sola entidad con innumerables problemas. Para el espectador occidental el continente africano se resume en su totalidad en el cuerpo de la pequeña niña de la fotografía, con sus costillas a la vista. De manera similar, África se resume en cinco o seis portadas de la revista LIFE en las que elefantes, jirafas e hipopótamos ocupan el monte.
Esta representación reduccionista del continente y la falta de intervención en sus problemas se encuentra en el centro de las obras de Jaar, que, de manera prudente, examinan las delicadas líneas entre el valor del impacto y el valor humano, entre explotación explicación, entre lo visible y lo implícito.
ROCÍO ARANDA-ALVARADO
