La galería Latin Art Core acogió la
exposición Obra reciente del artista
cubano Williams Carmona (Pinar del Río, 1967), afincado en Puerto Rico desde
1992. La muestra estuvo integrada por unas veinte obras de mediano formato,
elaboradas dentro de esa poética que el artista ha venido fraguando desde
principios del anterior decenio y que él mismo ha catalogado como “Surrealismo Tropical”, una
definición que no parece consignada tanto en calidad de influencia o fuente
nutricia, sino como un referente irónicamente citado desde una distancia
postmoderna y a través de un humor inconfundiblemente caribeño. Este
Post-Surrealismo de Williams Carmona, estructurado por elementos figurativos
que citan la manera de Dalí, y también evocan los desolados paisajes oníricos
de Yves Tanguy (1900-55) en
estos que le sirven de escenario metafísico para
desplegar su variopinta galería de personajes, verdadero retablo caribeño donde todo tiene
cabida, de lo sacro a lo carnavalesco, pasando por un vasto repertorio de citas de
maestros del arte universal, hábilmente ejecutadas.

Sin embargo, con frecuencia en las obras de Carmona el personaje central, más allá de su apariencia renacentista o barroca, representa a personas reales de la vida puertorriqueña: dementes, desamparados y perdedores de toda laya a los que él se acerca con profunda compasión. Los invita a comer, dialoga con ellos tratando de llegar al fondo de esa lógica otra, verdaderamente surreal, toma apuntes y fotografías que posteriormente traslada al lenguaje pictórico, pisando las huellas a los clásicos de la historia del arte. La introducción de su sitio web personal muestra algunas fotos de estos modelos, como es el caso del personaje central en Fórmula para Mujeres y El que espera la ilusión se desespera. Caso muy diferente es La Dama de Hierro (2007), celebridad local y madre superiora del convento de las carmelitas en San Juan, que desde los tiempos de la Colonia reciben donaciones de los navíos que entran a puerto, en pago por el aviso de las monjas de que el mismo está libre de piratas, práctica que en nuestros días parece cuestionable. La muestra también incluye otros dos magníficos retratos (género pictórico tradicional en que Carmona siempre se ha destacado) del comediante Alexis Valdés y del fallecido bajista Orestes López Cachao.
Otro ejemplo de esos juegos conceptuales entre realidad e historia del arte, es su autorretrato (El canalla, 2008), primero que se ha hecho Carmona hasta la fecha. Aquí se transfigura en la Mona Lisa de Leonardo, apunta a la cartesiana dualidad cuerpo-mente y desliza una mirada reflexiva en torno a la personalidad del artista, esa especie de máquina que filtra y muele la realidad. También parece hacer un guiño cómplice al viejo mito que insinúa que, en esta obra, Da Vinci representó la imagen de un hombre o una fusión simbólica de lo femenino y lo masculino. Otro juego transexual, pero en sentido inverso, ocurre en La Obsesión del Menino, 2008, donde le asigna a una de las meninas de Velázquez, hirsuta cabeza masculina que contempla al espectador con mirada vitriólica, mientras pastorea un raro tapir con cuernos de alce que escoge como pasto precisamente el famoso lienzo, visto en el mismo ángulo en que aparece en la importante pieza de la colección del Prado.
Otro aspecto notable del discurso plástico de Carmona es la presencia de lo biológico, elementos de la flora y la fauna representados en gráciles dibujos a línea que recuerdan la manera de Roberto Fabelo (quien fue su profesor en la escuela de arte) o brotan de la cabeza del personaje central en forma de eclosiones vegetales, plasmadas en una figuración tan lírica como los ramilletes de vegetación, peces, aves y desnudos femeninos de Zaida del Río. En algunas de estas obras recientes aparece un nuevo símbolo como elemento central de la composición; el recipiente, la vasija, que a veces contiene a los personajes convertidos en genio de la lámpara maravillosa (Sebastián ídolo de la liberación, 2008) y otras, forma su cuerpo y expresa su identidad, como en Mujer embotellada, 2007, y Rayo de leche, 2008.
Completan
la exposición cinco obras pertenecientes a la investigación iniciada por
Carmona hace varios años, pintadas sobre superficies tridimensionales. Éstas
incluyen dos sartenes, dos maniquíes, y otra pieza que combina creativamente ambos elementos, armonizando sus “Historias
Cocidas” (totalmente autobiográficas, según dice el artista con un sentido del
humor que implica
memorias de una gastronomía tan magra que pudiera tener al huevo frito como
centro de su heráldica) con esta celebración de lo que pudiéramos llamar divinidad femenina contemporánea, a través de estos cuerpos mutilados que son a un
tiempo fragmentos arqueológicos de estatuaria griega, herramientas de marketing directo de las modas y magnífico homenaje al body art y el tatuaje que hoy cubren el cuerpo de la mujer global, inscribiendo
en su piel personajes, paisajes y todo tipo de historias —crudas y cocidas— de
este siglo difícil.
RAFAEL LÓPEZ-RAMOS
