Exposición Individualmar 2009 - may 2009· Por Richard Leslie

Pedro Meyer

The Queens Museum of Art

 Esta no es una reseña de las fotografías de Pedro Meyer. Es un buen fotógrafo, incluso un gran fotógrafo y un maestro de la autopromoción. ¿Quién más podría llevar a cabo la celebración de sus cuarenta años de trabajo organizando inauguraciones, según se afirma, en 60 lugares diferentes del mundo, más o menos al mismo tiempo? No, se trata de algo más importante que fotografías y maestría y ego; se trata de usted.

El aspecto más notable del trabajo de Pedro Meyer ha sido su empleo de la digitalización para alterar y fusionar sus fotos desde principios de la década de 1990 y, no obstante, de algún modo, seguir siendo fiel a la realidad fotográfica —que no tengo idea de lo que es— como si hubiésemos entrado a una especie de era posfotográfica en la que la verdad está en duda. ¡Pobre historia empobrecida de la fotografía!

Meyer ha contribuido a la importancia de este tema al producir libros de obras con títulos que se refieren a realidad y ficción, y empleándolas como base para el título de su retrospectiva mundial, Heresies, como si estuviera viviendo, antes que desactualizado, como prueba de una voz digital solitaria en la selva. ¡Pobre señor Meyer!

Exposición Individual: Pedro Meyer — imagen 1
Pedro Meyer. Un país a la vuelta de la esquina, 1984. Fotografía.

Los temas de esta exposición, en este lugar, son más importantes que el trillado y en cierto modo excluyente marco retórico de realidad y ficción en la fotografía; y también lo es él, con un poco de ayuda de amigos de su mismo parecer, del Museo Queens.

El problema de la verdad en la fotografía ha estado sonando desde el siglo XIX, cuando la gente no podía creer en las cualidades mágicas del daguerrotipo y lloraba en privado por las narrativas morales hilvanadas a la realidad por negativos compuestos. Sólo el proceso digital es nuevo, no los resultados ni las exclamaciones, en un viaje que nos ha llevado a través de la política de foto-  de Dadá y los intentos surrealistas de situar la nueva realidad de los inconscientes “maravilloso” y “locura” dentro del mundo cotidiano. Incluso el campo del sencillo reporterismo gráfico predigital sostenía que los fotógrafos no tienen alternativa: deben actuar como simbolistas, reconstruyendo los fragmentos dados por el proceso abstracto de ver a través de una máquina y una lente para recrear una versión afectiva de lo que puede pasar por real.

No hay duda de que Meyer tiene todo esto; en su mejor momento, puede hacernos saltar sorprendidos o eliminar en forma sutil un matiz emocional. Pero lo que me pareció más sorprendente fue la forma en que el Museo Queens presentó su estética. Cuando él puso a su disposición su producción de cuarenta años, —desde sus reportes gráficos de la década de 1960 de gente y protestas sociales en las calles hasta paisajes espectacularmente nítidos, quietud pictórica y retorno a mágicos momentos realistas y turbulentos abstractos coloreados en forma digital—, en su mayoría los museos se maravillaron y proclamaron la vasta magnitud de su esfuerzo, e hicieron que los curadores seleccionaran lo que ellos querían.

El Museo Queens lo hizo de otro modo, alineado con sus programas, desarrollados desde hace tiempo, con los que pretende llegar a una comunidad que es la más diversa, desde el punto de vista étnico, de los cinco distritos municipales que conforman la ciudad de Nueva York. Casi la mitad de los más de dos millones de residentes oficiales de Queens son inmigrantes, y más o menos el 25% de ellos es latino. El museo tomó su parte de las fotografías de Meyer y la subdividió por personajes y temas; luego invitó a ocho grupos distintos a curar cuatro instalaciones diferentes, desde octubre hasta diciembre de 2008. Cada grupo desarrolló su propia toma de decisiones. Los resultados de la exposición dependieron no sólo de los gustos del grupo sino de su capacidad para aceptar los gustos de cada uno dentro del grupo.

Muchos de los latinoamericanos lograron una solidaridad grupal y manifestaron una fuerte conexión con el legado de Meyer, que documenta muchos movimientos sociales de los años sesenta y setenta, pues se vieron como herederos en su lucha contemporánea con la inmigración en Estados Unidos y, específicamente, dentro de Queens. Un grupo de adultos mayores inmigrantes que tomó clases de fotografía, en español, en el museo, decidió enfocarse en la idea de la libertad en Estados Unidos y seleccionó imágenes que tendían a ser más violentas. Un grupo de líderes comunitarios y empresariales de Corona, Queens, sintió que sus selecciones, posteriores y más discretas, tenían una similitud con lo que visualizaron como el objetivo de Meyer para la gente: vivir con los derechos humanos básicos y con dignidad, participar en el manejo de los espacios y los recursos públicos, a la vez que mantienen el respeto por las propias culturas e historias.

Lo que es más importante aquí es el cambio de vivencia, con la institución y el liderazgo del Museo Queens funcionando como plataforma, antes que como proveedor satisfecho. El cambio es de la maestría de la voz creativa individual de un artista a la gente misma, que, una vez que tuvo el poder, fue capaz de ver y utilizar la producción de toda la vida de Meyer en formas mucho más importantes que como meras fotografías en una exposición. No creo que ningún artista o fotógrafo pudiera pedir una mayor visión de grandeza que usted.

(Mis agradecimientos a Lauren Schloss, Directora de Educación del Museo Queens) .

RICHARD LESLIE

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