Natalya
Critchley (Inglaterra, 1963) mira el paisaje urbano desde la inmensidad del
cielo abierto, desde la terraza, desde varios ángulos o desde una visual propia
que compone mediante múltiples facetas, incluido lo emocional. El paisaje
urbano ha sido tema importante en su pintura; una constante que asume en
cualquiera de los espacios que le ha tocado vivir, desde la inmensidad de la
zona industrial ferrominera donde le tocó vivir a su llegada a Venezuela, en
1981, hasta en una urbanización de Caracas que más parece un barrio europeo,
donde reside ahora. Llegó a este país y se quedó porque la luz y los colores
que encontró se le parecían a la pintura de los fauves, a su
héroe Matisse, es decir que se ajustaban a lo que requería su sensibilidad
artística.

La exposición en la galería La Cuadra tuvo sólo ocho pinturas de gran formato, suficiente para demostrar la calidad de excelente factura plástica de esta artista y el dominio de sus recursos plásticos. Estas telas forman parte de una serie que comenzó en 2004. Al revisar sus propias consideraciones sobre el proceso de realización, que parece bastante complejo y laborioso, leemos en el catálogo su declaración: “estos cuadros han pasado por mucho. Han sido pisados y colgados afuera, a veces la lluvia los alcanza […] sus dimensiones resultan de un compromiso entre la tela necesaria para acomodar el gesto del brazo extendido y una carga de pintura que resulte manejable. Se trabajan sobre el piso y la pared, dentro y fuera del taller, expuestos a la luz, a la brisa y al paisaje que configuran. Después se secan extendidos sobre la cama, en el piso, sobre los muebles […] se enrollan y desenrollan para revisarlos una y otra vez. Pero sólo la luz de mañana, al comienzo de cada nuevo día, permite apreciar sus colores en toda su sutileza. Es esa la luz que he venido registrando desde hace cuatro años en este pequeño oasis de Los Palos Grandes”. Big Sticks, el título de la exposición, está relacionado con una definición popular de la zona donde vive, la artista ofrece su visión particular de este mundo que sólo a ella pertenece. Critchley trabaja desde el interior de la tela. A partir de un frottage van emergiendo las formas de edificios, árboles, plazas, paredes, casi siempre con un extraordinario cielo al fondo. Transforma la estructura material de la tela en una superficie epidérmica, que aparece gracias a la alineación de esas imágenes ordenadas espacialmente por el color. Este concretiza la forma en la composición cuando la línea definida no existe; cada forma se sostiene por la de al lado. Lo importante es que ellas parecen sustituir el sentido del paisaje real por uno fragmentado y semitransparente, equivalente a un paisaje fantástico, o escenográfico, como la artista lo define.
Cuando se conocen las preferencias artísticas de Critchley, que van desde Paul Klee hasta Philip Guton y desde Matisse hasta David Hokney, es notorio el tratamiento del espacio en cuanto a la repartición cromática en suaves veladuras y contrastes de baja temperatura colorística. Dice que enriquece la superficie con el color y las texturas, además de añadir elementos que vienen de su interés por el arte persa; entonces apelamos a la sensibilidad pictórica de la superficie material de la pintura que parece semejarse al modelo seleccionado, pero que se asocia al juego de las imágenes conocidas, o reconocibles, sin que se perciban reales en su propia configuración. Una gran fuerza visual, estructurada a partir de la línea de fuerza representada por multitud de imágenes, ordena con gran intensidad el cuerpo vibrante total de la superficie de la pintura. Así, ella deviene en un cuerpo vivo que se desarrolla sobre sí mismo por pulsaciones del campo formal. Es extraordinario mirar la complejidad de este paisaje urbano que de pronto parece estar allí y de pronto no estar más. La secuencia de las imágenes, a veces alineadas, otras superpuestas en perspectiva visual fragmentada, convierte el tema en un campo de provocación visual que funciona como una matriz de energía de la realidad percibida. Natalya Critchley percibe el paisaje como un mapa interior subjetivo y emocional.
BÉLGICA RODRÍGUEZ
