Exposición Individualmar 2009 - may 2009· Por María Clara Bernal

Juan Mejía

Alianza Colombo Francesa

 Hay una expresión francesa que se refiere al aprendizaje de memoria: apprendre par coeur; en su traducción literal al español esta expresión quiere decir "aprender de corazón” algo que de alguna manera implica una relación de afecto con lo que se aprende y que evoca la idea de “ponerse la mano en el corazón”, es decir, de hacer algo con sinceridad.

La serie de dibujos de Juan Mejía titulada Des artistes français que j’aime bien alude a estas operaciones entre lo racional y lo afectivo. Los dibujos, hechos a manera de cartelera escolar, proponen un recorrido desde sus afectos hacia la historia del arte francés, un arte que la mayoría de nosotros conocimos a través de reproducciones en libros o diapositivas, con todos los tropiezos que esto implica. A nosotros llegaron sólo las historias que nos contaba algún profesor o autor al respecto, es decir, nos llegó una traducción que tiene el mismo nivel de interpretación que los dibujos que hace Mejía.

Exposición Individual: Juan Mejía — imagen 1
Juan Mejía. Des artistes français que j’aime bien (Me gustan los artistas franceses), 2008. Marcador y lápices de co-lores sobre cartulina Bristol. Cada dibujo: 70 x 100 cm. (2 ¾ x 39 1/3 pulgadas). Foto: Óscar Monsalve.

El arte francés, ese que rige la noción de buen gusto, ese que fue enseñado a los brasileros en tiempos de João VI para ilustrarlos, ese que hacía evidente el poder de los reyes en Versalles, ese que vemos en el Louvre y el Centre George Pompidou como muestras de “buen arte”, es el centro de la propuesta de Juan Mejía. El artista se refiere a ese mismo arte pero contado desde la no oficialidad, por decirlo de alguna manera, Mejía lo describe e ilustra de forma cándida a partir de la renuncia a las estructuras rígidas de la historia del arte clásico.

Para un artista como Juan Mejía, que tiene una tradición larga en el dibujo y que además ha estudiado con atención la historia del arte, debe resultar difícil la operación de despojarse de todo academicismo tanto en las historias que narra y la forma como las narra, como en la ejecución de los dibujos. Pero este acto de volver a visitar algo conocido después de un tiempo y pretender la frescura de la mirada sin prejuicios a partir de la memoria es algo que caracteriza su obra.

En Des artistes français que j’aime  Mejía utiliza el dibujo como mecanismo de mnemotecnia: busca volver sobre la información a partir de la imagen —primero mental y luego física—. Se puede decir que dibuja no sólo de memoria sino que dibuja la forma como la memoria funciona de manera fraccionaria y, a veces, incoherente. En los pliegos se desenvuelven los pensamientos de Mejía sobre los artistas franceses y todos son tratados de la misma manera: como una tarea. Utiliza el idioma francés para escribir sus carteleras y es evidente que no es su lengua madre; las ideas que se vislumbran a veces como conocimiento especializado se presentan con cierto grado de torpeza, que les quita toda pretensión de erudición. Sus fallas en esta otra lengua se hacen evidentes en las correcciones que le hicieron profesores de la Alianza Colombo-Francesa en Cali y Bogotá a petición del artista, que se somete de nuevo a esa rutina del aprendizaje de la relación de poder entre maestro y alumno.

Una de las cosas que subyacen a la serie es la pregunta sobre el “gusto”: ¿Qué lo rige? ¿Qué lo determina? ¿Es en realidad la visión de unos pocos que guían al resto, como lo propondría la Ilustración?, o ¿será algo que todos tenemos?

Por lo general se piensa que los museos y el arte francés son los encargados de educar nuestro gusto por el “buen arte” y, de hecho, Juan Mejía habla de los artistas que le gustan; sin embargo, introduce esta noción de gusto con algo de ironía. En sus descripciones y reproducciones no se alcanza una total comodidad: sigue existiendo algo que de alguna manera es desagradable en el dibujo pero también en la operación de traer algo tan erudito a la esfera de la cartulina Bristol, de realizar la obra y mostrarla específicamente en la Alianza Colombo Francesa, por ser una institución educativa, como si fuera una lección. La irrupción que hace Mejía sobre la lección desde otra perspectiva, en la que sólo se enseñan los afectos por las obras y no sus cánones ni aquello que supuestamente las hace las obras maestras, o los grandes artistas del arte universal, hace que el espectador tenga una pista sobre su mirada crítica.

Así, Mejía transforma el arte francés, símbolo de refinamiento, en una imagen escolar y a veces deliberadamente naive. En sus dibujos el artista explora un poco desde la inocencia de la mirada a los “artistas que le gustan”. Sumergido en el mundo del arte, que a veces se vuelve tan hermético y complicado, y su historia, que muchas veces se hace con frialdad científica, Mejía recupera el placer de la primera mirada y describe en sus carteleras el trabajo de Duchamp, Buren, Manet, Delacroix y Monet entre otros, desde lo que recuerda lo que sabe sobre ellos y las cosas que le llaman la atención del artista y su trabajo. Esto que se vuelve en ocasiones anecdótico hace que el ejercicio se enriquezca: no es una historia del arte de libro, es —definitivamente— una historia del arte francés par coeur.

MARÍA CLARA BERNAL

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