La Bienal de Artes Visuales del Istmo
Centroamericano completó su circuito al celebrarse a fines de 2008 en Honduras,
culminando un recorrido de más de una década por los seis países participantes.
En una región donde el apoyo económico siempre ha sido inestable, es admirable
que haya un evento que con regularidad muestra el trabajo de un grupo
representativo de creadores contemporáneos a quienes, además, invita a la
semana inaugural, promoviendo así un intercambio único en el área.
Honduras fue el último país de la región en lograr la creación de su bienal nacional. Tegucigalpa no ha contado con instituciones para el arte contemporáneo, con la notable excepción de Mujeres en las Artes, MUA, entidad fundada en 1995, que se encarga de la Bienal de Honduras y, en esta ocasión, de la Centroamericana. El pequeño pero dinámico grupo de MUA —Bayardo Blandino, América Mejía y Verónica Romero— organiza un programa impresionante que incluye exposiciones, conferencias y talleres, generalmente sin costo para el público. Para esta Sexta Bienal, por iniciativa de la MUA, conformaron el jurado internacional los señores Félix Ángel, director del Centro Cultural del BID en Washington; Rodolfo Kronfle, curador independiente ecuatoriano; y Julián Zugazagoitía, director del Museo del Barrio en Nueva York.
La Bienal Centroamericana no cuenta con un curador general, y las 72 obras de 36 artistas (6 de cada país) son seleccionadas de diversas maneras, por lo que resulta inevitable que la exposición tenga cierto carácter de popurrí y un nivel de calidad fluctuante. Si a esas inconstancias se agrega la variabilidad de los espacios de exposición disponibles, no resulta sorprendente que cada evento regional tenga una personalidad propia. En Tegucigalpa, la bienal fue instalada en el Museo para la Identidad Nacional, MIN, institución de reciente creación (cuyo nombre se prestaría para una rica discusión), que ocupa un imponente inmueble de fines del siglo XIX. Sin embargo, en el MIN, los espacios asignados para la muestra centroamericana produjeron un recorrido confuso. En la planta baja ocupaba dos patios, así como salas en diferentes extremos del edificio en los que los diseños geométricos del piso batallaban visualmente con las obras. La muestra seguía en tres salas mejor renovadas, pero separadas y subdivididas, de la planta alta.

A pesar de las dificultades, la exposición de la Sexta Bienal centroamericana ofrecía una valiosa experiencia artística. Como impresión general, quedó claro que los artistas de la región siguen explorando la contemporaneidad en diversos lenguajes, que hay nuevas figuras prometedoras y que algunos de los más conocidos se han sabido renovar. En general, dentro de cada espacio se percibía un esfuerzo por lograr una museografía coherente, especialmente con relación a la temática de las obras. Lastimosamente, en algunos casos, fue necesario separar las dos obras de algunos artistas, que juntas habrían funcionado mejor.
Luego de múltiples e incómodas exigencias de seguridad en la entrada al MIN, el recorrido de la bienal se iniciaba en el patio central del museo, donde de un antiguo pozo surgía el sonido de explosiones lejanas, una obra sonora de Walter Suazo de Honduras. En el patio siguiente, estaba el Mototaxi blindado de Verónica Riedel, acompañado de un video del paseo de este “tuk-tuk” tan particular por la ciudad de Guatemala, documentación absolutamente necesaria para dar vida a la pieza, ganadora del Tercer Premio.
En la siguiente sala encontramos el Primer Premio, que fue otorgado a Marcos Agudelo, de Nicaragua, por su videoinstalación A la tumba perdida de Andrés Castro, a los héroes sin tumba de Nicaragua, compuesta por una piedra y un mini-aparato MP4 con un video filmado en Managua, en el que dos manos entierran la piedra en el suelo nicaragüense. La pieza es notable, en palabras del jurado, porque “revierte las convenciones de la estatuaria pública para convertirse en un efectivo agente para repensar la historia”. Cerca de este antimonumento estaba montada la segunda obra de Agudelo, Desintegración, un maravilloso petate tejido —pero parcialmente deshecho— con tiras cortadas del mapa centroamericano.

La referencia a cartografías y pérdidas encontraba valioso complemento en la pintura de un istmo titulada Mapa 3, del panameño Gustavo Araújo, cuya muerte trágica en octubre de 2008 llenó de tristeza a la comunidad artística centroamericana. La ausencia pesaba también en las fotografías de Daniel Hernández Salazar que documentan “intervenciones lumínicas sobre lugares vinculados con desapariciones forzadas o ejecuciones extrajudiciales ocurridas” durante la guerra sucia en Guatemala. En una pared cercana, dos ángeles armados del salvadoreño Ricardo Clement también hacían referencia a la violencia en la región, realidad que adquiría aún mayor intensidad en el trabajo de la guatemalteca Isabel Ruiz, cuya dramática instalación de piedras envueltas con vendas bañadas de sangre se encontraba en la planta alta.
Los problemas económicos del Tercer Mundo y la pobreza vincularon varias obras en la exposición. Las Camillas de lubricación de Adán Vallecillo, de Honduras, con sus latitas de aceite de bebé, ofrecían un agudo comentario sobre el trabajo y la prostitución infantil. La economía y la modernización se veían reflejadas en la obra del tico Óscar Figueroa, que consistía en curiosos racimos de bananos creados con “ratones” de computadoras y un video de un obrero “secando” granos de café que resultaban ser piezas de teclados. El costarricense Errol Barrantes, merecedor de la única Mención de Honor, comentó sobre las grandes brechas sociales en fotos de un barrio de casas precarias entre las que aparecían insertados lujosos espacios habitacionales contemporáneos. En la obra interactiva de Ricardo Miranda Huezo, de Nicaragua, los movimientos del mouse convertían un edificio deteriorado en un inmueble de lujo.
Boris Ciudad Real, de El Salvador, intervino los muros con el dibujo tenue e infantil de una serie de casitas, números y sumas que recordaban el tema de la sobrepoblación y el hacinamiento en las barriadas pobres. Su compatriota Walter Iraheta presentó un video titulado Landschaft, en el que, con el cielo de fondo, cables eléctricos se multiplicaban en una visión del paisaje bien conocida por quienes habitan las grandes ciudades. En una variante del tema, su Constelación creada con tapas plásticas desechadas, hablaba de otro tipo de paisaje que también nos es familiar. Dentro del tema urbano también se ubicaban los trabajos de los panameños Cisco Merel, con su grúa de cartón titulada Construcción prefabricada y Francisco Barsallo, con un video--desprovisto de emoción humana-- sobre la destrucción constante de edificios antiguos en la ciudad de Panamá.

Hubo obras que llamaron la atención de manera superficial, como los gigantes falos de peluche de la hondureña Diana Lagos y las naturalezas muertas de Andrés Asturias, cuyos trabajos anteriores en la Bienal de Guatemala parecían mucho más interesantes. La fotografía de un pollo antropomorfo escupiendo monedas, del panameño Jean Jacques Ribi, mostraba una búsqueda de significados, con resultado confuso, y los trabajos de Zenelia Roiz postulaban ideas meritorias en formatos de poco cuidado. Los videos de Rossana Lacayo (Nicaragua), aunque trataban temas interesantes, parecían trozos de documentales en proceso. Por su parte, el artista tico Habacuc presentó un sitio web que documenta su muy discutida obra Eres lo que lees del año anterior, junto con un video de poco impacto —del mismo nombre—de un joven leyendo un texto que no comprendía.
Algunas obras de valiosa carga espiritual podrían haber sido mejor presentadas, como en el caso de Cristina Cuadra, cuyas fascinantes intervenciones en la naturaleza reclaman una documentación más vívida. También podría haber sido más cuidadosa la impresión de las imágenes fotográficas en la estupenda instalación titulada Century del hondureño Darwin Andino, cuyos cinco fotomontajes combinaban figuras y lugares de diversos momentos históricos con gran sentido de ironía. Siguiendo la vena política, Liar-Liar del nicaragüense Wilbert Carmona, estaba compuesta por fotos de Bush, Ortega, Chávez y Uribe con palabras o símbolos relevantes e irónicos bordados sobre sus bocas. El tema de los inmigrantes adquirió vigencia en las xilografías del guatemalteco Guillermo Maldonado, mientras que Miniam Hsu documentó con gran sentido estético las dificultades de la comunidad china en Costa Rica, con una vajilla blanca y con bordados sobre una pieza de seda roja.
Pasando a una esfera más personal, la autorreferencia y la exploración del yo versus “el otro” reinaron —en combinación con un refinado sentido del humor— en los bien logrados trabajos del dúo de Sila Chanto y Jhafis Quintero, de la selección costarricense, y del panameño Jonathan Harker. El divertido Monumento a la emergencia de Chanto y Quintero, consistía en una caja roja con un extinguidor y múltiples frascos con imágenes de obras de arte de cada uno de los participantes de la bienal. En su video Monumento antropofágico, los artistas —como bustos escultóricos vivos— se consumían el uno al otro al ritmo de la canción infantil Alouette, con interesantes connotaciones psicológicas e histórico-artísticas. Por su parte, Jonathan Harker presentó dos espejos de mano bilaterales con huecos ovalados que invitaban al espectador a verse transformado, y en su pieza Hondurama, se transformó a sí mismo en una variedad de personajes (desde vaquero hasta prostituto), para posar con desenfado frente a rústicos dioramas fotográficos de lugares conocidos de Tegucigalpa.
Algunas obras llamaron la atención por su silencio y sentido de intimidad. Estudio para la deconstrucción de una casa, de Esteban Piedra de Costa Rica, que recibió el Segundo Premio, presentaba una hermosa maqueta blanca de una casa en la que ninguna habitación conectaba directamente con otra y cuyos únicos habitantes eran insectos inertes, como una cucaracha solitaria o un grupo de abejas pegadas a una ventana. La panameña Ana Elena Garuz nos recordó el placer de la sencillez estética al reinterpretar el dibujo tradicional con cinta adhesiva, y la escultura con una masa embrollada de cuerdas. De igual manera, en un poético video de Alexia Miranda, de El Salvador, una mujer rueda montaña abajo en una cantera, donde las piedras la van maltratando hasta que ella se detiene, su cuerpo inmóvil.
Finalmente, cabe destacar que la interesante obra del grupo de La Torana, de Guatemala, no formó parte de la muestra porque, aunque la Bienal Paiz de Guatemala recibe obras producidas por colectivos, el reglamento de la Bienal Centroamericana no las permite, una confusión lamentable que afectó tanto a los artistas como al público, en una Bienal Centroamericana que, por lo demás, definitivamente valió el esfuerzo que implica un evento multinacional.
MÓNICA E. KUPFER

