La
tercera gran exposición individual de Gabriela Morawetz en Thessa Herold
(después de las de 2003 y 2005) confirma su dominio del medio fotográfico, al
que, con el paso de los años, ha sabido dar un tratamiento estético muy
personal, creando un acercamiento con la pintura. Los protagonistas de su
“puesta en escena” —la naturaleza (ramas, árboles) y los objetos (espejos,
vidrios, telas y lazos)— construyen en torno a la figura humana, central en su
obra, un universo poético donde la transparencia sirve de motor a la ilusión y
a los sueños, pues el hilo onírico es recurrente y teje una continuidad de
sentido en universos misteriosos que la artista, de origen polaco, desarrolla
desde hace tiempo. En una atmósfera de fantasmagoría que nos hace recordar los
bosques maravillosos y amenazantes de los cuentos de Europa central, los
paisajes creados por claroscuros, velos, fuegos o ramas nos encierran a veces
en una especie de laberinto, cuyos hilos dan ritmo a la permanencia de un
tiempo inmemorial.

Con esta nueva presentación, Gabriela Morawetz escogió un tema que le es muy preciado, el del sueño (de quien duerme) y su innegable compañero, el sueño (de quien sueña), en los confines de la ilusión y el ensueño. La Vida es sueño, escribía Calderón de la Barca y bien podría ser que Gabriela Morawetz, en sus creaciones, amalgame vida y sueño para que la intemporalidad de sus imágenes se perciba como una navegación aventurada en lo cotidiano. Sueño despierto o profundidades del sueño profundo, este despegue de lo real no lo convierte, sin embargo, en un arte esotérico y oscuro, aunque sus imágenes estén rodeadas de un halo nebuloso que crea una atmósfera a la vez ligera y oscura, cargada de secretos, a la espera de una revelación. Lo que la artista invoca es una verdadera meditación sobre la ambigüedad de la relación con lo real.
Pese a la talla modesta de las dos salas de exhibición, Gabriela Morawetz supo diseñar, junto con los galeristas, una hermosa curaduría donde la circulación de la mirada y del sentido se relaciona estrechamente con la calidad de las obras expuestas (cuarenta y dos en total). La artista, a la manera de una alquimista medieval, interviene sobre sus dos soportes predilectos, el material fotográfico y el velo, y modifica la intensidad u opacidad de la luz interviniendo con ayuda de pigmentos. El tema del sueño estaba ya en ciernes en su anterior exposición (Juego de miradas), pero bajo una forma diferente. Los contrastes entre día y noche, estabilidad y movimiento, los espejos y las bolas de vidrio, etc., introducían la calidad de un universo fantasmático que encuentra aquí su plenitud. La recurrencia de los temas “vértigo”, “fondo”, “ángel”, “cielo”, “sonámbulo”, “alma” o “memoria”, etc., definían los contornos de una relación con el mundo reflexiva y profunda, en la que las angustias y temores hoy han sido trascendidos a través del sueño.
En esta última exposición, la bola de vidrio, el cuerpo de la mujer, el libro de cabecera, etc., tienen como destino y origen la alcoba. No sólo una alcoba como lugar de sueño, sino también de placer y sufrimiento. En este juego permanente entre lo oculto y lo develado, entre la sombra y la luz, está la mujer que sueña para metamorfosearse. La evocación del agua —las bolas de vidrio como burbujas— habla de la inmersión del cuerpo, tanto en sentido literal como figurado, El Yo durmiente VIII (fotografía pigmentada sobre lienzo y velo, 104 x 130 x 8 cm). La del fuego, El Yo durmiente V, (fotografía pigmentada sobre lienzo y velo, 104 x 130 x 8 cm, 2008) podría sugerir una consunción un poco espermática en la que el rostro se oculta, como en todas las representaciones de esta serie. Se podría hacer un paralelo con otro mundo también muy interiorizado, el de los videos subacuáticos de Bill Viola. Pero donde la escapada poética es aún más palpable es en dos versiones más de ese Yo durmiente (hermoso título que la artista encontró): El Yo durmiente II (fotografía pigmentada sobre lienzo y velo, 104 x 130 x 8 cm) y El Yo durmiente I (fotografía pigmentada sobre lienzo y velo 104 x 130 x 8 cm), donde el cuerpo desaparece para dar paso a la levitación de una cabeza esculpida reposando en una almohada. Bajo un sol blanco o una luz fría, el lecho, y por consiguiente, el durmiente, es “transportado” a otro lugar de naturaleza invernal donde los árboles despojados de hojas no son más que siluetas sin vida, testigos que el tiempo también alteró. ¿Cuál es la clave de los sueños de Gabriela Morawetz? Las dos palabras que escogió, “Yo” y “Durmiente”, hablan de ese desdoblamiento de sí mismo que entra en acción en la inconsciencia del sueño. ¿De qué evasión nos habla? ¿Qué quiere contarnos con esos estados de levitación, suspensión, flotación, despegue del suelo de sus figuras que raramente tocan tierra y parecen alzar vuelo y en donde el aire, paradójicamente, crea la densidad de ese universo espectral? Escapar de la realidad, verla de lejos o desde lo alto para recrearla mejor, ese es el verdadero desafío del sueño y para Gabriela Morawetz, la naturaleza que se impone tanto es parte integrante de ese vuelo imaginario en un espacio que lleva a menudo el peso –piedras, cuerdas tendidas, cabellos como redes, etc.– de límites muy reales.
Para la artista, el lecho es como una isla. Es además el título de dos obras en las que interviene el texto (impreso sobre vidrio convexo) como también está presente en la serie de Libros de cabecera, que son pequeños montajes de elementos fotográficos donde encontramos esas bolas de vidrio, sábanas arrugadas, fragmentos de cuerpos.
Pero lo que constituye uno de los momentos fuertes de la exposición es sin duda alguna la gran instalación conformada por fotografías en blanco y negro: se trata de tres tipos de “altares” compuestos cada uno de una fotografía grande (140 x 100 cm) y ocho a diez más pequeñas dispuestas al pie de la grande, la cual está adosada al muro. Las tres instalaciones intituladas Soñé que… II, III y IV (140 x 100 x 50 cm, fotografías pigmentadas sobre papel y fotos de dimensiones variables) sumergen al visitante en un vértigo inducido por la verticalidad de las grandes imágenes. El diálogo entre la evasión y el encierro, entre la fluidez y el amontonamiento, hacen de este mundo bachelardesco de agua y fuego una matriz “incendiaria” donde se enfrentan permanentemente fuerzas opuestas y complementarias.
CHRISTINE FRÈROT
