Pocos
transeúntes del elegante y reposado barrio de Recoleta en Buenos Aires habrán
sospechado la potencia del contenido de Mis nuevas realidades, la última exposición
presentada en Delinfinito Arte por Enio Iommi, artista no sólo protagonista de
las vanguardias constructivistas de los años cuarenta, sino incansable
propulsor de ideas que lleva cumplidos sesenta años de trayectoria artística.
Notable artífice de las artes del espacio, entre otras cualidades que lo
definen, la figura de Iommi representa mucho más que eso; se trata de un
artista que se ha ido reinventando de manera constante al ritmo de los cambios
de época, atento a las circunstancias históricas más y menos felices que la
modernidad y luego la tardomodernidad le impusieron y él tomó siempre como
desafío. Nunca se permitió ni una existencia pasiva, ni una condición fría como
artista. Y tampoco consintió nunca un tipo de actitud indiferente en el
espectador de sus obras y propuestas.

En el espacio neutro de las dos salas de la galería —por fuera un edificio de estilo francés— instaló obras, objetos, fotografías, textos, puestos en una escena de carácter caótico: bolsas negras de basura y espejos, maniquíes descuartizados, hormas de zapatos, dos obras realizadas con automóviles de juguete, neumáticos de auto, pero también bellas fotografías aéreas de la ciudad de Venecia, entre otros. Ahondando en el tono, la segunda sala albergó elementos relativos a la evacuación escatológica humana. Un tiempo antes de la inauguración Iommi comenzó a declarar ante pequeños grupos que daba por finalizada su labor como escultor, lo cual creó una expectativa en el ambiente. Elena Oliveras, curadora de la muestra, aplicó al conjunto el acertado término de “manifiesto”, que el artista aceptó en gran acuerdo.
Mis nuevas realidades resultó ser un nuevo y fuerte “dardo” en la línea de operatividad artística de Iommi, que disparó en direcciones varias: un autoanálisis de su desarrollo; una crítica implícita a la producción del arte contemporáneo al modo de una urgente necesidad de reflexión sobre la misma en sincronía con el planteo básico de Ivo Mesquita al proyectar la Bienal de São Paulo 2008; una toma de conciencia del cambio en el concepto mismo de arte en el sentido de una ampliación de su definición, para tender vasos comunicantes hacia otras disciplinas, tales como la historia de la cultura.
Su “manifiesto” se apoya en un singular contrapunto simbólico, por él construido, entre la excedida proliferación contemporánea del automóvil como uno de los más productivos símbolos del progreso moderno y la serena quietud de la peatonal ciudad de Venecia. Esto último visto como un signo de sabiduría aplicado al verdadero buen vivir, y su contrapartida de principios de siglo XX en el primer Manifiesto futurista de André Breton, quien celebraba el advenimiento de la velocidad como nueva gran virtud en la invención del automóvil. La intención del artista coincide con una pretensión de convocar a un acto de autoconciencia de la cultura occidental y provocar una “evacuación” —por ello los elementos pertinentes de la segunda sala— de la ignorancia, de un modo que se entienda lo repulsivo de la inopia y la barbarie.
En 2005, al organizar De la utopía a la antiutopía, en Muntref (Museo de la Universidad Tres de Febrero), exposición antológica del artista que celebraba el sesenta aniversario de la realización, por él mismo, de la primera escultura concreta en el arte argentino, decíamos que Iommi aplicó de manera constante su espíritu crítico, transgresor y rupturista engarzado en los engranajes de cada momento histórico. Esto lo llevó a giros drásticos en sus poéticas y líneas de trabajo. Con su constante coherencia y lucidez, cualidades que lo caracterizan, hoy con esta exposición redobló por mucho su apuesta.
MERCEDES CASANEGRA
