La brasileña Beatriz Milhazes es una
artista constructivista que utiliza un lenguaje ornamentado y sobredecorado en
sus pinturas. Sus complicadas composiciones e intensas armonías de color, muy
parecidas a las de sus contemporáneos Philip Taffe, Fred Tomaselli, Wim Delvoye
y Takashi Murakami, forman parte de un resurgimiento en los artistas
contemporáneos de un interés por los elementos decorativos que caracterizaron
el período barroco en los siglos XVII y XVIII. Este estilo, al que ahora se
refieren como arte neobarroco o ultrabarroco, tiene fuertes adeptos entre la
generación joven nacida en la década de 1970, que en la actualidad lidera la
producción del arte contemporáneo internacional con Kehinde Wiley, Raqib Shaw,
Angelo Filomeno, Vik Muniz y Kamrooz Aram como algunos de los exponentes más
conocidos.

Según la artista, los que más han influido en su obra son Matisse, Mondrian y su compatriota brasileña, Tarsila do Amaral. Esta verdad se hace evidente al confrontarnos con sus cuatro obras de gran formato, sobre lienzo, ubicadas a la entrada de la galería de James Cohan, donde se realizó la exposición. Concuerdo con el crítico brasileño y ex-curador del MoMa, Paulo Herkenhoff, cuando escribió sobre la obra de Milhazes en 2002 y expresó que “en Brasil, el color rara vez ha alcanzado el nivel de complejidad que se encuentra en las pinturas de Beatriz Milhazes” pues es indudablemente una característica que hay que resaltar de su obra.
Milhazes ha acogido los colores tropicales de su tierra natal con las herramientas de la abstracción que habían fascinado a su colega, Tarsila do Amaral, contemporánea de Fernand Legar, quien vivió en Europa en un momento emocionante, cuando la abstracción aún era joven. Para Milhazes, la abstracción es el orden de la construcción que ella ha incorporado también a su escogencia de materiales y a su manera de utilizarlos en la composición. Sus recortes plásticos son fabricaciones intencionales que texturizan el lienzo y abren el ojo hacia horizontes de complejidades en lo referente al color, insospechados y que definitivamente se han visto rara vez en la escena contemporánea que, en su mayoría, tiende a favorecer una coloración más solemne, y sombría, como si las obras hechas totalmente en blanco y negro implicaran más respeto, dada la austeridad misma del deseo consciente de bloquear los colores. Su explosión controlada de color también está presente en sus proyectos públicos. Milhazes ha decorado la estación subterránea del metro en Gloucester, Londres, con sus coloridos frescos, al igual que el restaurante de la Tate Modern.
Su obra también establece una conexión que se contrapone al intocable terreno del minimalismo, con la cual ha dado paso a una diversidad de estilos entre los artistas contemporáneos, y particularmente, a los de artistas que vienen de la ‘periferia’ del mercado de Nueva York o de las capitales europeas del arte que están por fuera del mundo de los centros del arte.
La yuxtaposición de este tipo de arte al minimalismo elemental del arte conceptual ha marcado un punto de partida en la escena contemporánea que ha ido encontrando su propio nicho en los espacios de exposición y dentro del mercado del arte, y ha sido adoptada también por reconocidos artistas conceptuales, como es el caso de Damian Hirst y sus composiciones de mariposas que imitan ventanas de vidrio manchadas, que se pueden clasificar como neobarrocas, al igual que los elaborados espejos curvos de Jeff Koons. Con la aceptación del kitsch en el arte contemporáneo, lo que fue una importante influencia durante los años del Pop, se abrieron las puertas no solo para la nueva figuración, que se reafirmó durante ese movimiento, mediante la reaparición de esquema de colores fuertes y diseños decorativos, y debemos concordar con Paulo Herkenhoff, en que el nivel de la complejidad de color de estas pinturas bien merece una larga visita con suficiente tiempo, para apreciar y explorar a fondo las elaboradas y complejas composiciones de la artista.
ALBERTO BARRAL
