La Fundación Gilberto Álzate Avendaño en Bogotá
está interesada, desde hace algún tiempo, en realizar exposiciones históricas,
con el fin de rescatar figuras olvidadas del arte colombiano. En el fondo, éste
es un empeño para volver a contar la historia del arte desde otros puntos de
vista y es un propósito muy importante porque amplía las genealogías del arte
colombiano y enriquece a las nuevas generaciones. Yo solamente tendría un
comentario crítico a esta causa tan importante, y es que la historia necesita
ser contada desde el presente. Es decir, no se trata de ir al pasado como si
estuviera ahí esperando, intacto, sino que es necesario traer el pasado porque
hay vacíos en el presente; porque el historiador que vive en el presente, que
tiene un distanciamiento crítico con su presente, que lo padece, tiene un deseo
secreto, y es traer una figura del pasado e instalarla en la discusión
contemporánea. El historiador evalúa las necesidades simbólicas del presente
para inscribir el olvido. Emprender una serie de investigaciones históricas
ameritaría, entonces, promover un taller de historia que tal vez es una de las
disciplinas que más ha evolucionado y movido las bases para pensar en el
concepto de deconstrucción.

Pero esto es otro problema. Es importante volver a ver la obra de Beatriz Daza impecablemente restaurada por la misma institución; impecable, porque los restauradores respetaron el paso del tiempo. Es importante también revisar y mirar un catálogo tan exhaustivo como el que se editó, y detenerse en sus imágenes.
Beatriz Daza nació en Pamplona, Colombia, en 1928. Estudió Arte y Decoración en la Universidad Javeriana de Bogotá. En 1947 viajó por Estados Unidos y estudió algunos cursos en las universidades de Washington y en San Louis, Missouri. Asistió también a la escuela de Bellas Artes de San Jorge en Barcelona y a la academia de Bellas Artes de Roma; vivió un tiempo en París y, según María Elvira Iriarte, su principal formación fue en pintura.
No es difícil suponer que en estos años, Beatriz Daza se conectará con un rico mundo visual que indiscutiblemente se reconoce en su obra. Yo diría que es evidente la presencia de la obra de Antonio Gaudí y de las pieles de cerámica con las cuales cubrió sus edificios. Las obras de Daza también me recuerdan las cajas y los ensamblajes de Joseph Cornell, el artista norteamericano nacido en 1903, y que en los años 40 exhibía sus pequeños gabinetes de curiosidades en cajas de cristal, como una interpretación de la ampliación de la sensibilidad y del extrañamiento del mundo cotidiano de los surrealistas y de Max Ernst.
La obra de Beatriz Daza podría contribuir a pensar en la presencia de un surrealismo que tal vez no se reconoce como influencia en el arte colombiano, precisamente porque sólo se cuenta la historia desde una vanguardia de figuras relevantes como Dalí o Man Ray, y no como una influencia de la ampliación de la sensibilidad con otras figuras como el mismo Cornell, Wols, Dubuffet o Fautrier. Marta Traba la vinculó con el informalismo y con una historia mítica y precolombina.
Beatriz Daza regresó a Colombia en 1958 y realizó cuatro exposiciones individuales, dos en la Sociedad Colombiana de Amigos del País, 1959-1961, y dos en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, en 1964 y en 1966. Participó en numerosos Salones Nacionales y recibió el primer premio en Cerámica en el XV Salón Nacional en 1963, con Crisol para Prometeo. Murió en 1968.
La exposición que nos ocupa reunió casi toda su obra, y entonces se pudieron ver reunidas las cerámicas del 59 al 63, los collages sobre yeso del 1961 a 1966, pinturas al óleo del 66 y una amplia serie de óleos y acrílicos sobre telas estampadas, del 66 al 68. La cerámica en la obra de Beatriz Daza comenzó con bajorrelieves que muestran desfiles de campesinos, relieves de contornos esenciales, y, sin embargo, las figuras manifiestan emociones contenidas, gestos posturas, cercanías, combinadas con unas magníficas flores y arbustos llenos de una extraña vitalidad. Estos relieves muestran la soltura de una muy buena dibujante. Luego vinieron las vasijas, que en realidad son esculturas en el límite de las proporciones entre el objeto utilitario y el simbólico; en ellas, las formas de las urnas funerarias precolombinas están presentes, pero, con un cambio mínimo en las proporciones, no se dejan clasificar en ninguna categoría. (Sería genial que el arte contemporáneo más cercano al documental aprendiera a estar atento a un cambio mínimo de proporciones para, de esta manera, evadirse de las clasificaciones). Las superficies de estas vasijas son en realidad un crisol donde el fuego interviene de manera activa para inventarse texturas. Es el caso de Crisol para Prometeo, la cerámica que fue Premio Nacional en 1963. Se trata de un crisol fálico, muy atento a los detalles, por ejemplo, del borde, volcado hacia afuera e irregular, y una textura compleja, que es el más contundente homenaje al fuego. María Elvira Iriarte dice que estas vasijas o esculturas tienen soportes metálicos que las enriquecen, y es verdad; sobre estos soportes, las formas se separan aún más de lo utilitario, pero, como se trata de soportes muy poco heroicos, son formas como de un minimalismo casero, logran que la escultura no participe totalmente de la modernidad entregándose al espacio, sino que manifiesta la intención de seguir apegada al taller y, porqué no, a la casa del artesano.
Debo confesar que me encantaron las pinturas al óleo. En el catálogo de esta exposición se pueden ver de nuevo algunas de ellas, pinturas del 66, que son muy interesantes: paisajes urbanos de tazas de café como protagonistas solitarios sobre mesas, unas pinturas donde el artista es un observador del contexto; son pinturas con un protagonista escondido y silencioso que ha dejado huellas en un espacio íntimo, sutilmente amenazado por la ciudad. Estas primeras pinturas son en tonos fríos con formas muy poco detalladas sin llegar a la abstracción. Más bien son formas cercanas al universalismo constructivo de Torres de García, envueltas en el clima de París o Londres, con un sol filtrado. A mí me parece que las pinturas que captan un clima atmosférico y emocional siempre son bienvenidas, y creo que Beatriz Daza en ellas muestra sus habilidades como narradora, y por eso disponía todos los elementos para contar la historia de alguien, que finalmente nunca se revela. Parece que se tratara de alguien que solamente toma nota, medio oculto en un café, protegido por los objetos.
Cuentan que, hacia 1960, Beatriz Daza construyó un mural de cerámica en la casa del pintor Antonio Roda, y a partir de ahí, en 1961, aparecen en su obra unos collages tridimensionales, que son sus obras más conocidas. Se trata de superficies de yeso, como bastidores rectangulares, y sobre ellos, Beatriz Daza incrustó fragmentos de cerámicas y de objetos utilitarios, e incluso una pequeña mariposa atrapada como en una bolsa de tiempo. Estos muros resultan inventarios de cosas, de desayunos, de conversaciones a la hora del té; son inventarios de momentos. Algunos de sus nombres son muy acertados, porque insinúan situaciones: Jarra incrustada en mi memoria; Acontecimientos del sábado; Cosas y también la manzana; Hace mucho tiempo. Son como pequeños momentos visibles de una historia contenida que seguramente pudo ser reveladora, pero queda en secreto.
Son muy interesantes también sus obras bidimensionales, de trozos de tela estampada pegados sobre cartones o lienzos. Estos fragmentos conviven con dibujos de jarras y melones, que por momentos recuerdan los de Amelia Peláez. Los dibujos de Beatriz Daza son aparentemente sencillos pero exploran puntos de vista invertidos, perspectivas aéreas, aglomeraciones y repeticiones de patrones. Estas pinturas-collages, algunas de gran formato, tienen el encanto del lugar común que se convierte en una presencia inevitable, y por eso mismo permite poner a prueba diferentes experiencias descriptivas. Resulta interesante pensar en algunas artistas colombianas como Beatriz Daza u Olga de Amaral que combinaron en los años 60 un interés por las texturas y los materiales más primitivos, el barro y las fibras naturales, pero también por un estructuralismo salido del conocimiento de lo que cada materia podía lograr. Tal vez hubiera sido el momento oportuno para invitar a tantas artistas jóvenes colombianas que exploran a su manera la vida en su propia casa; en fin, lo digo por aquello de crear una tensión con el presente. Pero de todas maneras valió la pena volver a ver a Beatriz Daza: por su capacidad narrativa desde un pequeño fragmento y desde lo más cotidiano: la mesa servida, que siempre es un ritual. Por dejar sus historias en un lugar de muchas posibilidades emocionales, sin convertir la obra en un manifiesto. Por el color y las superposiciones de puntos de vista que le dan a la obra una estructura de conversaciones simultáneas. Por sus objetos utilitarios tan conmovedores. Por su dibujo tan suelto y a la vez tan informado y por experimentar con una técnica sin dejarse atrapar. Es una obra abierta, erótica, dispuesta a ser revisitada.
NATALIA GUTIÉRREZ
Docente de la Universidad Nacional de Colombia.

