Agustina Woodgate conserva en su estudio toda clase de recuerdos y objetos pertenecientes a su vida y a la vida de sus familiares. Con ellos ha construido un cuerpo de trabajo basado sobre todo en la memoria, tanto individual como colectiva, y que abarca desde lo íntimo hasta lo universal, intentando, sobre todo, revisar nociones de identidad. Cuando hablamos de lo que recolecta, hablamos de juguetes, vestidos, sillitas, cepillos, pelucas, botones, y un sinfin de objetos fetiches que la ayudan a construir su obra física y conceptualmente. Sin embargo, en los últimos años un elemento orgánico ha centrado particularmente su interés: el cabello humano. Le interesan el cabello y todo lo que connota, su presencia en la historia de la humanidad como arma de seducción, como fetiche, como símbolo de poder, sabiduría, subyugación, amor, historia, etc.
Para la joven artista argentina, es importante trabajar la relación entre la memoria íntima del cuerpo y la carga social, histórica y cultural del cabello, en tanto que habla de la identidad desde múltiples estratos. Igualmente, resalta la idea de reciclaje en su trabajo, ya que la artista construye con los desechos del pasado: el cabello cortado, el que no sirve más. Le confiere una nueva vida a lo que ya no la tiene. Los objetos resultantes —construidos a partir de cabello humano proveniente de cientos de cabezas diferentes, como en una especie de continuo colectivo— nos contienen a todos. Es en este espacio que la obra de Woodgate trasciende lo autorreferencial para convertirse en universal.

Woodgate ha explorado diferentes aspectos de la memoria a través de la fragmentación y la realización de esculturas, acciones, dibujos, fotografías, performances e instalaciones de gran formato. En los últimos años, para reunir un gran volumen de cabello, ha realizado performances en los que corta el pelo a transeúntes en peluquerías improvisadas en calles y galerías, ha guardado cabello de sus familiares y amigos, y de peluquerías que colaboran con ella. Ha dibujado con hebras cosidas sobre papel, ha cosido trajes con pelo y ha construido un castillo hecho con ladrillos de cabello. La escala de sus obras ha ido creciendo progresivamente, y el desarrollo natural de su obra la llevó a proponerse la tarea de realizar una peluca de 9.144 metros de largo, a partir de una peluca original perteneciente a su abuela.
De la concepción de esta pieza escultórica nace la instalación/performance Letting Down, y es justamente esa gran peluca construida por ella la que funciona como objeto escultórico y como ente que da cuerpo a la narrativa de la historia recreada: Rapunzel.
Como antecedente, ya la artista había reconstruido escenas de otros cuentos de hadas, como La bella durmiente y Hansel y Gretel. Para esta serie, la artista retoma la tradición de la narrativa oral, proveniente de dichas historias, y sumado a la memoria misma de su abuela contándole las historias, Woodgate se dedica a reconstruir escenas específicas de los cuentos que de alguna forma la han marcado. Para Hansel y Gretel, realizó un performance junto a su hermano, en el que comieron dulces indiscriminadamente durante 25 minutos, también al ritmo de una improvisación musical.
En el performance Letting Down, el espectador se hacía partícipe de un complejo set de trabajo/puesta en escena en el que la artista, personificada en Rapunzel, aparece sentada junto a una rueca, dentro de un pequeño escenario construido que semeja una torre. A la vez que Rapunzel aparece hilando las hebras de su larga cabellera —la peluca reconstruída—, la madrastra de la historia —caracterizada por la madre de la artista— le clavaba las hebras sobre las paredes de la torre, como construyendo una telaraña, manteniéndola, así, en cautiverio.
La artista hila e hila las hebras de su propia cabellera, como símbolo de su posible libertad, mientras que su madrastra la aprisiona y le imposibilita otra vida —de libertad y deseo— fuera de la torre. Rapunzel, en esta versión libre de la artista, nunca llega a la libertad. La artista, en su reinterpretación, se interesa por la conexión de los cuentos y leyendas con los pecados y las virtudes capitales, representando, en este caso, la lujuria.
Durante el transcurso de la acción, que se desenvuelve como en un loop, se ejecuta una sesión fotográfica que registra toda la acción, acompañada además por dos músicos que improvisan sobre un tema. Asimismo, el público entra a formar parte del performance, que emula, finalmente, la visita a un estudio fotográfico o al taller de la artista.
En su cuerpo de trabajo, la comprensión del mundo en que vivimos se da a partir de las relaciones mágicas u ocultas de los objetos y materiales, así como de la capacidad que posee el arte de transformar la realidad. Para Agustina Woodgate, el proceso creador es tan importante como la obra resultante, y es que la obra de Woodgate no se puede entender si no se tiene conocimiento del larguísimo proceso que la lleva a culminar sus piezas y ver cómo entrelaza, a partir de allí, un proyecto con el siguiente. Su obra contiene múltiples lecturas, todas finalmente hiladas en un proceso largo e intrincado; porque pudiéramos decir que la obra que hoy conocemos de ella se comienza a gestar desde su tierna infancia y que su camino será largo, como la vida misma.
AMALIA CAPUTO
