Adrián Villar Rojas (Rosario,
Argentina, 1980) tiene algo de romántico; sus obras, mayormente, aluden al
desamor (la otra cara del amor) y a la pérdida, construyendo universos íntimos,
colosales. Pero, lejos de rodearse de bellas representaciones de la naturaleza
y de ensueños nostálgicos, en la asombrosa instalación Lo
que el fuego me trajo, el artista edifica un sobrecogedor
escenario silencioso y a la vez excesivo, repleto de futuras memorias.
Al llamado nuevo espacio de la galería Ruth Benzacar se accede bajando por unas escaleras. Desde la altura, desde donde se ve que el lugar está tapado de escombros, ya el observador sabe que está al borde de descubrir algo excepcional. “Es como si yo me hubiera muerto hace 200 años”, se escuchó murmurar al artista, en relación con este trabajo. Hay algo de búsqueda de lo esencial en esta obra que deslumbra e inquieta en más de una manera.

Villar Rojas crea un territorio en donde la construcción y la destrucción juegan una misteriosa pulseada. Junto a una serie de elementos arquitectónicos —edificaciones semejantes a chimeneas, tanques de agua—, el sitio tiene desde pilas de ladrillos, una figura humana con alas y un “David”, hasta una cabeza gigante y un crustáceo varado, desperdigados por la superficie sin un orden aparente. Son figuras (las humanas, moldeadas tras algunos de sus seres queridos) y monumentos hechos de arcilla cruda; de ahí su color blancuzco. “Hago monumentos porque no estoy listo para perder nada”, dice el joven artista, que como un coleccionista compulsivo pareciera querer guardar para siempre la multiplicidad de presencias reales o imaginarias que quizá lo rodean, que alguna vez lo envolvieron.
La sala se encuentra ampliada ilusoriamente con un gran espejo cubriendo toda una pared, y se completa con dos estantes de madera natural, uno encima de otro, en dos de los muros laterales; un gran tablón ocupa el tercero, el de la entrada. Las tablas están repletas de una inmensa variedad de objetos, también de arcilla, desplegados como presuntos hallazgos arqueológicos en distinto grado de decadencia, de recuperación. Huesos gigantes, animales prehistóricos, seres mitológicos, muñecos, bustos y figuras humanas yacentes (mujeres, bebés) comparten los tablones con formas orgánicas, utensilios cotidianos, calzados, una chapa de un automóvil (casi el único punto de color, junto a alguna mariposa, pajarito, fruta), objetos incomprensibles fabricados en conjunto por el artista, su novia y algunos colegas.
Como la arcilla cruda se resquebraja, Villar Rojas va casi a diario a la galería a mojar algunas de las obras, que aparecen exigiendo una suerte de sacrificio permanente. El artista “riega” con paciencia este jardín inmemorial, tal vez parte de alguna batalla o restos de una desconocida galaxia. La foto de niño del rubio Luke Skywalker de la película la Guerra de las galaxias, fijada por el artista en la entrada de la galería, no parece ser solamente una coincidencia.
Con seis muestras individuales, incluida ésta, en su haber y con una lista de colectivas que completan dos páginas, Villar Rojas ya había conmovido en 2007 con la extraordinaria instalación Pedazos de las personas que amamos; son decenas de instantes y objetos de una vida a punto de terminar por mano propia.
Villa Rojas se dio a conocer en Buenos Aires con Incendio, tras obtener el primer Premio Currículum Cero 2003 de la galería Benzacar. Sorprendió con la exhibición individual de 98 piezas (dibujos, collages) de pequeño formato y dos pinturas de dinosaurios de seis metros, que mostraron su fascinación por las mezclas, las casualidades y los extremos.
Sobresale en el dibujo y confiesa que ni la pintura ni la escultura son lo suyo, aunque completó sus estudios en Bellas Artes en la Universidad Nacional de Rosario, ciudad donde exhibió su primera muestra individual en 2003, en el Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino. Asistente de Jorge Macchi durante algunos años, considera ese trabajo como una instancia de aprendizaje, por la que está infinitamente agradecido.
Lector empedernido de historietas, acude a su imaginería y a figuras de otras publicaciones y de internet para armar sus fusiones, como Sin ti, obra que, además de dibujos, incluyó fotografías y videos. Su gusto por los cruces lo llevó a participar en una sucesión de intervenciones sobre tarjetas de transporte urbano y en la dirección artística de varios discos.
Lo que el fuego me trajo se completa con una nouvelle escrita por Sebastián Villar Rojas, su hermano. Es una suerte de diario íntimo manuscrito, editado en forma de fotocopia, en donde el alter ego del autor cuenta acerca de un hermano llamado Ongry, que ingresa en un videojuego. El extenso relato cuenta las peripecias de Ongry y su lucha a muerte contra los zombis. “A mí me gusta la idea de que el texto no alcance a leerse en la muestra y pida ser leído con tranquilidad para, después, tal vez volver a la galería a repensar todo”, dice el artista. ¿Será que la instalación Lo que el fuego me trajo es el teatro del perenne combate entre ficción y realidad? No hay explicación para el desastre, la saga continúa.
VICTORIA VERLICHAK
