Con veinte exposiciones en trece escenarios fijos
y otras manifestaciones ambulatorias se abrió la cuadragésima primera versión
del Salón Nacional en la ciudad de Cali, una capital que no había presenciado
un evento con artistas internacionales, especialmente diseñado, desde las
bienales gráficas de los años setenta y ochenta del siglo pasado. Para
mediatizar su atractivo el certamen fue complementado con tres exposiciones
conformadas por obras y artistas invitados del ámbito internacional y nacional.
Éstas fueron: Presentación y representación, Imagen en cuestión y Participación
y poética. Las curadurías regionales se expandieron en torno a estos ejes
dominantes y en algunos casos se incorporaron dentro de las tres narrativas
antes mencionadas.
Las tres exposiciones temáticas incorporadas como sustento contemplaron una perspectiva historicista nacional, local e internacional. De allí los trabajos de las décadas de los sesenta, setenta y ochenta, como los de León Ferrari, José Leonilson, Pedro Alcántara, Bernardo Salcedo, Antonio Caro, Beatriz González, Ever Astudillo, Fernell Franco, Luis Camnitzer, Adolfo Bernal, Santiago Cárdenas, Álvaro Barrios, Marta Menujin, Karen Lamassonne, Alicia Barney, Carlos Mayolo y Luis Ospina; refrendados por la investigación de Nicolás Gómez Echeverri sobre Marta Traba en la televisión colombiana, el homenaje póstumo a María Teresa Hincapié, los documentos del colectivo Ciudad Solar, el descubrimiento, valoración y revelación del fotógrafo de Toro (Valle), José María Castro, conocido como Chepe, y la parodia de la historia misma representada por Pedro Manrique Figueroa, invención de Lucas Ospina.

El Salón es básicamente un evento estatal, y como tal se aprecian su diseño y ejecución. Esto también se traduce en su deseo de ser incluyente y diverso, con el anhelo de ver representadas cada una de las grandes regiones geográficas. Sólo que en el arte contemporáneo, como en la práctica científica o en el escenario universitario, la cartografía política no coincide con la geografía artística. Entonces se sigue una estrategia distributiva zonal para de todas maneras incluir a las tradicionalmente olvidadas. Esto parece una autoimposición, aun a sabiendas de que la enseñanza, la práctica y el desarrollo del arte contemporáneo son ajenos a los intereses de muchas regiones, paradójicamente representadas aquí. Algunas curadurías regionales se convierten en expediciones cargadas de reflexiones sociológicas, antropológicas, folclóricas y costumbristas, para recoger testimonios, objetos y representaciones de todo tipo, a fin de satisfacer el mandato sumatorio y la aspiración gubernamental.
Las curadurías regionales que hicieron parte del Salón fueron: Maldeojo y Prácticas de Ver (Región Caribe), Territorios Ignorados y Territorios Visibles (Región Sur), Confluencias, Arte y Ciudad y Eje(s) Imaginario(s) (Región Centro Occidente), Territorios Nacionales (Región Orinoquía), Región Imaginada y Voces, Acciones y Silencios (Región Oriente), Trasmisiones y El Espejo Confrontando a Narciso (Región Centro), Ahí está pintado el Chocó, Así narra el fotógrafo, Museo de Arte en Popayán, Bamba 45, Territorios Ciertos, Territorios Inciertos y Rodando (Región Pacífico). Esos multidireccionales discursos formulan un escenario totalmente diverso donde las carencias, limitaciones y sustitutos plantean la postulación de políticas culturales formuladas por cada región y no desde el centro. La necesidad de negociar los significados en una geografía donde los resultados visuales se dan coaccionados por la dominación y subordinación. Al tiempo que deben definirse o refutarse.

Los salones regionales no se pueden seguir convirtiendo en un gabinete de curiosidades después de recorrer un mundo ancho y ajeno. Y el Salón Nacional, que debería ser el lugar de encuentro y discusión sobre la situación del arte en el país, no debe ser la escenificación descontextualizada de las distintas expediciones, que, sabiéndolas raquíticas, se las pretende alimentar a última hora con los que han hecho historia o son artistas relevantes del momento, como muchos de los que están presentes en las tres exposiciones temáticas. Nombro algunos de los más sobresalientes: Carlos Amorales, Fernanda Laguna, Nicolás Consuegra, Pablo Van Wong, Minerva Cuevas, Alfredo Jaar, Oswaldo Maciá, Gabriel Velansi, José Antonio Suárez, Angélica Castro, Danilo Dueñas, Juan Fernando Herrán, Elías Heim, Rosario López, Delcy Morelos, José Alejandro Restrepo, François Bucher, Rosemberg Sandoval, el colectivo Popular de Lujo, Leonardo Herrera, Camilo Yáñez, Miguel Ángel Rojas, Liliana Angulo, Luis Molina Pantín, Judi Werthein, Kara Walker, Marta Menujín, Joana Hadjtomas y Khalil Joreige, Fabio Kacero.
Presentación y representación, una de las propuestas temáticas conformada por un poco más de treinta artistas y obras, se proyectó en el segundo piso de la Sagrada Familia y el Museo de Arte Moderno La Tertulia, y logró coherencia en sus lineamientos y aspiraciones. En las salas abiertas del Museo las obras podían intercambiarse mejor y potenciar sus significados. Fue el caso de la oferta conseguida con Ferrari, Salcedo, Bernal, Camnitzer y Caro. Y en otro recinto, con Molina Pantín, Rojas, Herrera y Bucher. Se suponía que ésta exposición conformada por artistas y obras escogidas e invitadas, argumentara, dialogara y fortaleciera curadurías regionales de Popayán, Pereira, Chocó, Orinoquía o Medellín, pero ese anhelo fue demasiado forzado y optimista y no se cumplió. Lo que sí se pudo apreciar fue la eficiente selección nacional e internacional que ilustraba el desbordamiento de la representación, su crisis, y al tiempo, las preocupaciones por el desmembramiento en los distintos estamentos de la sociedad actual.

El claustro de las monjas de la Sagrada Familia, de una manzana de extensión, albergó también en su primer piso el tema Imagen en Cuestión, con trabajos tanto historicistas como nuevos. Los 37 artistas aludían a la autoridad, sus usos y abusos, valiéndose de representaciones ilustrativas, videos, sonido, textos, y todo un repertorio conducente a instalar la duda en lo que se contempla y, al mismo tiempo, en lo que se articula como argumento cuestionador. La estrategia de hacer funcionar un desestabilizador para observar la realidad funcionó, valiéndose de las obras mismas como detonantes. Tenía a su vez una exposición satélite de cuidada curaduría, documentada con rigor y minucioso diseño, a cargo de Ana María Castro, montada en la Biblioteca Departamental, sobre el fotógrafo Chepe ya mencionado. Participación y poética seguramente fue el tema más atomizado y disperso. El recinto más caótico del Instituto Departamental de Bellas Artes colaboró para ello y la escogencia de los invitados resultó llena de infortunados contrastes y altibajos. Lo que sí consiguió fue agrupar a los artistas que trabajan con talleres como una forma de penetración social y que desean seguir transitando por los bordes de los espacios regulados para el arte, buscando expandir actividades que transitan por otros circuitos. Esta exposición intentaba valorar la gestión más independiente y desacralizadota, y en ese sentido, su dificultad para visualizarla es más probable.
Las preguntas y reflexiones que provoca esta hibridación de ideas y encrucijada recuerdan perennemente la cuestión de ser internacional y no serlo, de ser del centro o periférico, de ser visible o invisible, de existir o estar marginado en vida. Debe pensarse más bien en términos de prácticas culturales capaces de implicar al ciudadano y de enunciar política, entendida ésta como expresión de reconocimiento y la necesidad del artista de fijarse un lugar en el mundo.

El escenario global está dado por movilidades de pensamiento, tecnología y personas, el cual está sometido a exámenes minuciosos. Esto conlleva interrogarse sobre la fragilidad del poder en un planeta que basa su funcionamiento en la industrialización. La materialización de los trabajos artísticos está debatiéndose en infinidad de medios que incluyen tradicionales como el dibujo, pintura y objetos, todas disciplinas presentes en el Salón, y un sector con instalaciones, sonido, fotografía y video, para muchos, estas últimas, las formas más favorecidas en la expresión de lo contemporáneo, en lo que a formalismos se refiere.
Seguramente los estudios culturales han hecho que las exposiciones artísticas luzcan como muestras artesanales, documentaciones políticas, religiosas y económicas, investigaciones atentas a señalar lo ecológico y a reivindicar el trabajo de campo hasta el punto de considerar que merece exhibirse al público. Estoy pensando esto al estudiar las propuestas regionales armadas por un gran número de trabajos que no corresponden a artistas profesionales sino a ciudadanos con características exóticas, típicas, étnicas o gremiales, capturados como rehenes para posibilitar una propuesta de región. Debemos preguntarnos si eso supone ofrecer un panorama del quehacer artístico nacional. Seguramente la respuesta negativa, o por lo menos la duda, se planteó desde el inicio de la organización del 41 Salón, y por eso se trató de enmendar con los artistas de profesión localizados en los centros (Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla), y algunos internacionales de América y Europa. Muchos con razón se preguntan qué hacen estos últimos en un evento de arte y artistas colombianos.

Armar los regionales desde el valle del Sibundoy hasta la alta Guajira, incluir la isla de San Andrés y ampliar la frontera santandereana para llegar hasta el estado del Táchira en Venezuela, no es tarea fácil. Se percibe soledad y dolor. El proyecto sobre y con los corteros de caña del Valle del Cauca hizo declarar a su curador Fabio Melecio Palacios: “Bamba 45 es el resultado de querer permanecer en la lucha, en el esfuerzo, de vivir un presente frente a una realidad social muy dura, torturadora, acelerada, inconsciente, indiferente y, por más que parezca firme, bastante frágil”. Los curadores de Región Imaginada, Gonzalo Díaz Cañales y Luis Fernando González Escobar, confesaron abiertamente lo que seguramente muchos gestores de salones regionales sienten y padecen: “Debemos advertir que la práctica artística se caracteriza por su especial complejidad, pues son múltiples situaciones en las que los artistas se sienten abandonados, desestimados, devorados, arrojados al infierno. Desde el campo de la investigación, la situación no es diferentes, es por eso que el desarrollo del trabajo de los curadores, el temor por desfallecer, nos acompañó de manera permanente. Sin duda, con esta experiencia se aprende que la curaduría no es una zona de certezas”.

El certamen se convirtió igualmente en un desafío para el acto de mirar y, en cierta medida, para el instante de ver. No me refiero sólo a los lugares expositivos, sino también al Séptimo Festival de Performance anexado al Salón, del cual destacaría la presencia de Rolf Abderhalden, el grupo Comptempus de Brasil y Bettina Semmer de Alemania; ya que una exposición macro como ésta se sigue ofreciendo como un medio poderoso que atrae a toda clase de público, desde el especialista hasta el cándido e inocente que se ve atraído por las vías mediáticas. Si bien las exposiciones, como bienales, ferias, itinerantes y con éxito son visitadas masivamente, hay un preocupante diagnóstico que señala la indiferencia generalizada. Esa actitud es seguramente el resultado del aturdimiento que provocan los medios de comunicación y la contemplación en vivo. A pesar de que las exposiciones de todo tipo continúan siendo el escenario privilegiado para apropiarse y ensayar una visión actualizada. Pero muchos estudios y encuestas arrojan, sin embargo, un resquicio inquietante: los espectadores se detienen poco ante los trabajos expuestos y éstos pasan muy rápidamente por su mirada, tanto como las imágenes televisivas.
* Fotos: León Birbragher.
MIGUEL GONZÁLEZ
Curador del Museo de Arte Moderno La Tertulia, Cali, Colombia. Profesor y crítico de arte, miembro de AICA.

