En el parque del castillo de Chamarande, cerca de París, fue donde Yolanda Gutiérrez, durante una estancia artística de un mes, realizó sus últimas instalaciones en Francia, luego de las de Amiens (2001) y Colmar (2006), gracias al trabajo de la promotora independiente Maribel Nadal, quien representa a la artista en Europa. Esta austera morada señorial del siglo XVII, después de ser propiedad privada de una empresa de la región, se convirtió en 2001, junto con el parque y las dependencias que conforman el conjunto histórico, en un lugar consagrado a la cultura y la creación contemporánea. En el marco de su proyecto artístico, uno de los objetivos prioritarios de los responsables de la propiedad es dirigir una reflexión sobre las influencias mutuas que se establecen entre los espacios patrimoniales (parque y castillo) y las artes actuales. Los artistas trabajan allí en la creación de obras in situ, efímeras o perennes, que dialogan con el lugar, y se organizan exposiciones periódicas en todos los espacios interiores y exteriores.
Si la preocupación ecológica es el centro de la reflexión estética de la artista mexicana desde hace años, hoy ella se ha radicalizado para convertirse en la expresión de un gesto sociológico e incluso político, que la ha llevado a estudiar actualmente agronomía en una escuela de Yucatán (al sur de México). Acostumbrada a intervenir en espacios menos organizados o en paisajes “vírgenes”, Yolanda Gutiérrez se vio confrontada en Chamarande a una naturaleza totalmente domesticada, artificialmente organizada por el hombre para servir a la belleza del lugar y al placer de los visitantes. Además de un nuevo desafío para la artista mexicana, Chamarande era también una oportunidad para concretar su toma de conciencia y sus ideales ecológicos, para experimentar la estructuración de un discurso “artístico” y pedagógico que respondiera a una acción urgente, implicando al arte contemporáneo en la defensa de la naturaleza amenazada. Por otra parte, el hecho de que su intervención hubiera sido financiada con fondos públicos reforzaba su responsabilidad como artista.

Pero ¿cómo y dónde intervenir en un espacio “neutralizado”? ¿Cómo interrogar a la naturaleza sin atropellarla, sin agredirla, sin herirla? Los lugares que finalmente escogió fueron las zonas de agua (el lago y el arroyo), y no el parque, constituido por un inmenso prado conquistado al bosque y salpicado de árboles, algunos de éstos centenarios. El proyecto global, concebido como un acto simbólico para la preservación de la diversidad natural, se compone de varias instalaciones efímeras: Semillas de utopía es una serie de intervenciones de carácter ecológico que se inscriben en los sectores húmedos: los alrededores del lago, la isla y las orillas de los canales. La artista instaló allí una serie de pequeñas construcciones hechas de recipientes y cajitas biodegradables. Todas estas construcciones fueron pintadas de amarillo y están destinadas a convertirse en refugios de insectos y batracios, así como abrevaderos para las aves. Algunas de estas construcciones deberían permitir recuperar la biodiversidad de estas zonas de humedad que, en principio, albergan ecosistemas variados hoy en día amenazados por la indiferencia, la ignorancia o la incomprensión. La otra instalación, titulada Gracias fue concebida como una ofrenda a los insectos que podrían venir a instalarse allí, especialmente las abejas. Gracias se presenta bajo la forma de un gran ramillete de muguete o lirio de los valles (bambú, papel biodegradable y caramelos de miel; dimensiones variables). Se trata de una instalación efímera inspirada en el descubrimiento que hizo Yolanda Gutiérrez en mayo pasado de una muy antigua tradición francesa, la venta del muguete con ocasión del Primero de Mayo. El propósito de esta instalación es hacer tomar conciencia a los visitantes de la desaparición de las abejas en el mundo.
La adaptación de la artista a los lugares a los que interroga y a los que consagra su trabajo es una de las características de su postura a la vez intelectual y estética. La mirada generosa y respetuosa que posa sobre los detalles más ínfimos de la naturaleza, tanto sus recursos como lo que ésta abandona; la atención que pone en los aspectos más problemáticos del calentamiento climático como los desequilibrios de la biodiversidad; la importancia vital del agua para la flora y la fauna, etc., son igual número de preocupaciones que dibujan los contornos de lo que Yolanda Gutiérrez llama “el arte ecológico”. Sus intervenciones en la naturaleza deben incitar al visitante no sólo a tomar conciencia de los problemas ecológicos, sino también a hacerle darse cuenta de que ya le llegó el momento de modificar sus propios comportamientos de consumo. Así, pues, es la sociedad la que es interpelada por Yolanda Gutiérrez, lejos de la postura de otros artistas que se apoderan del paisaje como de un rehén, con intenciones estéticas y comerciales, tal como lo hace Christo, por ejemplo. Yolanda, por el contrario, desea construir una relación en la que el espectador se interrogue sobre la naturaleza a través de la obra presentada. Asumiendo su doble condición de creadora y ser humano consciente, declara “soñar con una sociedad utópica que viva en armonía con la naturaleza”.
CHRISTINE FRÉROT
