Durante cinco semanas, el espléndido espacio principal de la recién inaugurada galería Patricia Ready, en Santiago de Chile, acogió veinte trabajos de la escultora colombiana Teresa Sánchez (Santa Marta, 1957).
Con una sólida trayectoria a su haber, esta escultora usa la madera como materia prima. No es frecuente la escultura en madera en la producción plástica nacional. Teresa Sánchez comenzó pintando con colores planos sobre madera aglomerada, con un lenguaje geométrico estricto. Recordemos que su formación se había orientado más hacia la pintura que hacia la expresión tridimensional. Ahora trabaja la madera como un todo: forma, color, textura, contenido y significado. Sus maderas provienen del bosque tropical o subtropical: nogal, cedro macho, madera marfil, caoba, amarillo, cada una con sus características de dureza, fibra y color. Y su lenguaje se vincula a formas orgánicas, no representativas, no miméticas, pero sí sugerentes del mundo vegetal. La madera, que de él proviene, responde magníficamente a esa escogencia y determinación.

Desde el dibujo original hasta las piezas terminadas, el tablón elegido va configurándose paulatinamente gracias a un cuidadosísimo trabajo de talla directa con formones y cepillos de vuelta. Sentir las maderas en proceso, palpar la evolución de los cortes progresivos, le es indispensable. Las manos son otros “ojos” que van desarrollando la idea hasta su completa materialización.
La exposición Volúmenes Lineales, consta de obras que se pueden agrupar, por su disposición espacial, en tres conjuntos: los relieves murales, las piezas exentas de piso y las piezas suspendidas. Apenas enumeradas estas categorías, nos damos cuenta de que estas esculturas, en su conjunto, se refieren y determinan todo el espacio expositivo: muros, piso y techo, los planos que lo constituyen. Tal vez por eso, la coherencia espacial de la muestra resulta realmente extraordinaria. Un montaje desahogado, capaz de valorizar cada trabajo sin perder por ello el hilo de conjunto, combina felizmente con el volumen de la galería en un diálogo que se resuelve con doble beneficio: viven las esculturas y se magnifica el espacio de exposición. El enorme paralelepípedo contiene como precioso estuche los delicados trabajos tallados por Teresa Sánchez. Piezas que simulan un grafismo, una escritura espacial, califican el espacio dándole una energía propia y vital.
Quizá, las esculturas más inusuales son las piezas suspendidas desde el cielo raso. Con más de cinco metros de altura en el generoso volumen de la galería, el artilugio de la suspensión casi desaparece. La escultora las llama Péndolas, y se trata de obras conformada por tres elementos, o piezas singulares. Son volúmenes longitudinales, verticales, que rematan en una forma más llena, que retiene el peso y la caída (visual) de la escultura. Referentes más o menos claros, en el terreno del arte: Calder o Soto. En el mundo natural, algunas semillas, como las del mangle. Referentes, sí, pero un lenguaje absolutamente propio, con el que la aplicación a moldear y pulir la madera se resuelve en resultados de conmovedora belleza. Es indudable que Teresa Sánchez busca una esencia formal que nos conecta con lo trascendente. Y éste es su magnífico logro.
Las piezas exentas se elevan desde el piso, sin bases. Se elevan, porque realmente parecen surgir, como algunas algas marinas, desde un fondo hacia el espacio abierto.
Ondulan en su crecimiento, pero jamás pierden su equilibrio. Dos conjuntos, uno riquísimo (una treintena de elementos) y otro compuesto de tres piezas, ejemplifican esta categoría. Si las Péndolas cuelgan, acentuando la verticalidad descendente, estas piezas surgen en sentido contrario, generando un diálogo visual envolvente.
Las piezas murales también presentan diversas morfologías. Pueden ser un elemento único, como un gran trazo apenas adosado al muro de soporte. Pueden ser el resultado de un acople de varios elementos perfectamente ajustados (Acoplamientos y Ríos corresponden a esta categoría) o ser obras conformadas con varios elementos afines, aunque diferenciados.
De vez en cuando, la escultora combina dos tipos de madera, añadiendo cromías inesperadas a las obras. La más clara, la madera marfil, inicia o remata obras como el tríptico Agujas, o bien focaliza un punto de equilibrio en la pieza sin título, armada con cinco elementos tallados en nogal.
Las piezas murales sostienen un activo diálogo con las que cuelgan o surgen del suelo. El trazo conjunto lo instituye la curva, única o múltiple, en arco o en multiplicidad de ondas.
Las piezas únicas, casi todas dispuestas en la horizontal, son las que más se aproximan a una caligrafía expresiva. Resulta tentador aproximarlas a una estructura lingüística: un sujeto y un predicado. Todo contenido entre los signos de pausa que conocemos en la gramática. Un gran arco, o una línea ondulante hacen la frase. Aparecen un inicio o remate, depende de la mirada del espectador, con un volumen más grueso, en la misma madera o en otra, acoplada. Algunas obras indican su prolongación en el espacio. Otras completan su mensaje creando una lectura circular.
Las obras compuestas sugieren, casi naturalmente, la música. Un díptico, con dos líneas ondulantes, nos lleva a los dúos. Los Ríos, a la polifonía. Teresa Sánchez logra domar su material, la madera de por sí rígida, para conseguir una sutileza increíble de curvas acopladas perfectamente. El conjunto de esta muestra nos deja una profunda emoción estética.
MARÍA ELVIRA IRIARTE
