En esta
exposición no hay lugar para las metáforas. Entrando a El fin del fin de la historia y la Hidra venenosa se llega a pensar durante un momento que un
bombardeo acaba de suceder y que por alguna razón no nos hemos enterado. Al
primer lugar que el espectador dirige su vista es al techo, para cerciorarse de
que el misil de más de tres metros que hay en el piso sobre una pila de
escombros no acaba de ser lanzado. Adentrarse en El fin del fin... es hacerlo en territorio de guerra, muchas de las
piezas que se exhiben parecen instantáneas del minuto después de la gran
hecatombe, de las primeras horas de la nueva era regida por el Apocalipsis, un
escenario muy parecido al que nos traen los noticieros de los atentados en
Irak, Pakistán o Londres, con esas imágenes de amasijos de hierros y cuerpos
calcinados.
Es complicado hablar de una retrospectiva cuando se trata de un artista que apenas rebasa los 40 años, pero esta exposición responde de alguna manera a esa ambición, puesto que muestra el quehacer artístico de Taka Fernández en todo tipo de soportes a lo largo de más de diez años, articulándose la obra alrededor de sus grandes temas: la crítica y la sátira del capitalismo salvaje (eso incluye la mercantilización de las relaciones humanas), un antimperialismo contumaz, y la búsqueda del verdadero destino del hombre, vinculado este último a las enseñanzas del oráculo del I Ching. El fruto de esta obsesión adivinatoria se materializa en una instalación a partir de hojas de cuaderno con hexagramas y anotaciones, fotocopiadas y ampliadas, que tapizan las paredes de toda una sala componiendo (parece una gran partitura) una cartografía secreta de simbolismos íntimos.

La narrativa de las imágenes a través de la cual se organiza El fin del fin... se erige a partir de una estética del caos, en palabras del artista, que aleccionan una lectura de ramificaciones rizomáticas, creando un tejido de significados a partir de los temas recurrentes. Con esta organización caótica se anulan las jerarquías simbólicas de objetos y sus representaciones, teniendo el mismo peso específico un cuadro de gran formato que un fragmento de la instalación pictórica donde confluyen hojas de cuadernos de trabajo, páginas de revistas intervenidas, papeles manchados o pequeños dibujos enmarcados y sin enmarcar. Los cuadros de gran formato y las hojas de los cuadernos comparten el estatus de work in progress. Todo parece indicar que el acomodo es fruto de una decisión que afecta al tiempo (del proceso creativo) deteniéndolo justo en ese momento, y nunca pierden esa condición de boceto, nada indica que ese pedazo de papel albanene con una mujer medusa pegado con cinta adhesiva al lienzo, de repente se pudiera despegar y trasladarlo a otra esquina del cuadro, o incluso a otra pieza. Y todo cambiaría para que en esencia (el discurso) todo siga igual. Lo esencial permanente que menciona el I Ching. Estos cuadernos de trabajo, plagados de monstruos (destaca el Payaso en la representación más cruel y sardónica del Capitalismo), que tienen su origen en el cine de ciencia ficción de los años 50 y en el cómic, que junto con el arte del tatuaje son las grandes referencias estéticas de Taka, son una bitácora no sólo del acto creativo, sino de la vida del artista, puesto que en las orillas de esos “papeles artísticos” encontramos anotaciones personales, pequeños dibujos, números de teléfono, interjecciones como Sueñen, Nuevo Mundo, Lástima...
Con un gusto por la estética esperpéntica que comparte con artistas de su generación como el Dr. Lakra o Toño Camuñas, el Taka con sus instalaciones en vitrinas y sus cuadros apocalípticos persiste en su discurso de no doblegarse ante el Mercado, puesto que fuera de unas composiciones que remiten al Op-art por sus efectos visuales, se podría decir que el trabajo de Taka es un ejercicio de Feísmo, con combinaciones de colores, trazos y manchas que transmiten agresividad, desazón y el presagio de tiempos oscuros... La pintura en este caso se convierte en una radiografía cromática del estado de la sociedad, y según el diagnóstico de Taka, no goza precisamente de muy buena salud.
Completa la exposición una instalación de carácter más lúdico. Se trata de un túnel dimensional, una especie de acelerador de partículas a escala, realizada con paneles de madera ensamblados y recubiertos en su interior con impresiones digitales en vinil, reproducciones de los cuadros geométricos realizados con hoja de oro sobre lienzos amarillos o verdes fluorescentes, la tonalidad imperante, junto con el negro, de la obra de Taka, y alumbrados con luz negra. El resultado es un juego óptico tridimensional similar a los realizados por Vasarely pero con una carga de distorsión y estridencia considerables.
Los espejos en ambos fondos distorsionan la percepción de la realidad física, diciéndonos así que todo es un sueño, una pesadilla. Y que quizás, tras la debacle anunciada (la interpretación posmoderna y oportunista del artículo de Fukuyama titulado precisamente El fin de la Historia), haya un cierto orden en el caos que recomponer para desde ahí empezar a construir otro tipo de Realidad. Llegado ese momento, quizás la pintura de Taka se vuelva diáfana.
RUBÉN BONET
