Destierro y reparación, que se presenta actualmente en el Museo de Antioquia, es mucho más que una exposición. Se trata de un proyecto cultural que conjuga diferentes componentes que implican la puesta en escena pública no solamente de imágenes artísticas, sino también de discursos diversos y de otro tipo de prácticas culturales. Por ese motivo, lo que está exhibido en el museo se ha complementado con una investigación sobre los casos emblemáticos del éxodo de los colombianos se ha acompañado de un extenso ciclo de conferencias y discusiones que buscan explorar la complejidad y amplitud del tema.
Así mismo, la presentación de obras de arte no alcanza a abarcar la complejidad del problema analizado, lo que implicó que la curaduría incorporara otros vestigios de la cultura visual contemporánea que tienen un fuerte arraigo en las propias experiencias traumáticas de los grupos humanos involucrados en el conflicto armado en Colombia y sus formas de resistencia. Es así como en la exposición se presenta “el telón de Bojayá” que es una gran manta de tela, elaborada como un memorial, en donde los sobrevivientes de la masacre perpetrada en el iglesia del pueblo de Bojayá, han cosido y bordado amorosamente los nombres de las personas asesinadas ese fatídico día, para restituirles su particularidad y dignidad como sujetos. En la exposición se ha ubicado frente a esta pieza una obra de Juan Manuel Echavarría que señala una actitud similar dentro de otro contexto. Se trata de las inscripciones sobre el cemento que cubre las tumbas sin lápidas, cuyas identidades son configuradas de diversas maneras por parte de sus familiares. Mediante el uso de un sistema de impresión lenticular se puede ver en la imagen un antes y un después en relación con ese proceso.
El proyecto se conformó en torno a una serie de casos emblemáticos como el ya mencionado de Bojayá y su relación con el desplazamiento de la población afrodescendiente, o Granada, y el desplazamiento forzoso de la población campesina, el desplazamiento de la población indígena en La Guajira, el desplazamiento intraurbano en Medellín y la migración forzada en la frontera con Ecuador.

Dentro del componente expositivo, estos casos son abordados desde una serie de imágenes que involucran antecedentes históricos, referentes culturales, prácticas artísticas contemporáneas y un amplio conjunto de prácticas fotográficas abordadas desde diferentes intereses, que tienen como epicentro el trabajo del Jesús Abad Colorado, que ha circulado tanto dentro del medio periodístico como dentro del campo del Arte. Abad Colorado ha sido testigo presencial de los efectos del desplazamiento forzoso en Colombia, recorriendo las zonas más conflictivas y siendo en muchos casos el primero en registrar la barbarie, como ocurrió con la masacre de Bojayá. Sus imágenes sobre este hecho se han grabado en la memoria visual contemporánea de forma imborrable.
En cada una de las salas de exhibición hay un conjunto de fotografías de Abad Colorado que hace notar la condición testimonial de su mirada dentro de los acontecimientos más dolorosos de la historia reciente del país. Otro leitmotiv de la exposición es una serie de las frases extraídas de distintos textos de Alfredo Molano quien ha dedicado una importante parte de su vida a recoger los testimonios de las personas desplazadas a lo largo y ancho del país. En relación con las piezas que provienen del campo del arte se encuentran algunas obras de la primera mitad del siglo XX que dan cuenta de la tensión que suscita la tierra o de la traslación de diversos grupos humanos sobre ella. Incluso Débora Arango registró algunas evidencias de este fenómeno, naciente en ese entonces, dentro de las ciudades.
El desplazamiento forzoso no es un fenómeno social estrictamente referido al presente, al punto que importantes relatos literarios del pasado hacen mención de él. Sin embargo, pocas veces en la historia se ha producido una ecuación tan nítida acerca de la relación entre el destierro y el poder económico como la que hemos podido atestiguar en Colombia en la segunda mitad del siglo XX y particularmente, en las últimas décadas. Un altísimo número de proyectos económicos de gran envergadura terminan pagándose con la tierra de distintas comunidades que son forzadas a desplazarse, como único recurso para conservar su vida. Por esa razón es un fenómeno altamente protagónico de la configuración del mapa social, político y económico de Colombia.

En las décadas finales del siglo XX es posible encontrarse con proyectos artísticos que se proponen como antídoto de este tipo de situaciones y que se emparentarían con lo que ha venido a llamarse como reparación simbólica, porque si bien la reparación de las víctimas del desplazamiento forzoso deben ser reparadas materialmente, también parece crucial o fundamental que lo sean en un sentido simbólico, más ligado a la dignidad y la memoria. Beatriz González presenta una instalación utilizando una inserción que ella realizó en el periódico en Colombia que tuvo como punto de partida la imagen fotográfica, publicada en el mismo periódico, de una líder comunitaria asesinada. En la foto original la mujer muestra un mapa de las tierras por cuya recuperación trabajaba y que se convirtió en una de las causas de su asesinato. En su intervención en el periódico Beatriz González retoma a través del dibujo la estructura de la imagen, pero ahora lo que la mujer muestra es su misma imagen mostrando su imagen; como una puesta en abismo. Ese ciclo de repeticiones en donde la imagen es causa y efecto de sí misma reelabora el efecto nefasto que tuvo para esta valiente mujer el haber difundido su causa en un medio masivo de comunicación.
El problema de la memoria ha sido crucial para los artistas desde los propios orígenes de su actividad; sin embargo, recientemente se ha cuestionado la esterilidad y falta de significación de la práctica de erigir monumentos. En nuestra época resulta cuestionable que se delegue en un artefacto cultural la tarea de qué y cómo recordar. ¿Quién decide esto y por qué? ¿Tiene sentido que un signo cultural que rememora un hecho humano permanezca inmutable cuando la vida humana muta permanentemente de valor? La dirección política del arte que busca responder y reparar los efectos simbólicos del uso del poder se manifiesta en los términos con los que se suelen identificar sus prácticas, entre los que se encuentran la contra-representación y el contra-monumento.
El término contra-monumento, planteado por James Young, intenta negar la ilusión de permanencia de la memoria alimentada por los monumentos. Además de ello, y en directa referencia a una serie de trabajos de artistas contemporáneos, no se propone explicar la “verdad” del pasado, sino exponer la distancia que lo separa del presente que vendría a constituir. El presente es expandido para que alcance a evidenciar su propia memoria. Los contra-monumentos vienen a ser testigos culturales de hechos que no pueden ser relatados, o al menos no de la forma como sucedieron. Sólo sirven como dispositivos para que las personas actúen, recuerden y tomen una posición.

Uno de los mejores ejemplos de lo que es un contra-monumento es 2.146 piedras, monumento contra el racismo que hizo Johen Gertz en 1993, que es más conocido como el Monumento invisible. Con la ayuda de las 61 comunidades judías de Alemania se compiló una lista de los cementerios judíos que habían estado en uso en el país antes de la Segunda Guerra Mundial y que en ese momento fueron destruidos. Los nombres de esos 2.146 cementerios fueron grabados en igual número de adoquines removidos del sendero que cruza la plaza enfrente del castillo de Saarbrücken, sede del Parlamento de la ciudad. Las piedras eran retiradas durante la noche y se reemplazaban por las grabadas, con la ayuda de un grupo de estudiantes del Hochschule für Bildende Kunst. Todas las piedras se reubicaron con la cara inscrita hacia abajo, de modo que la inscripción fuera invisible. Inicialmente la obra se realizó sin responder a ningún encargo, en secreto y de forma ilegal. Durante el desarrollo del proyecto, este fue aprobado por el Parlamento y encargado retroactivamente. La plaza se renombró como Plaza del Monumento Invisible.
El proyecto Destierro y reparación cuenta con una muestra documental en la Biblioteca de la Casa del Encuentro como se ha llamado al ala contemporánea del Museo de Antioquia desde el Encuentro MDE07, que tiene como leitmotiv el contra-monumento y la contra-representación, enfocados como principios de reparación simbólica. Uno de los proyectos citados en este espacio, mediante una serie de fotografías de Jesús Abad Colorado, es el Parque Monumento de Trujillo.
El municipio de Trujillo, Valle, vivió entre 1987 y 1994, siete cruentos años de violencia. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA realizó una investigación sobre los hechos, lo que la condujo a producir una condena contra el Estado colombiano. El presidente de ese momento aceptó públicamente la responsabilidad pública sobre los hechos y asumió una serie de compromisos de reparación para las víctimas. El Parque Monumento a las víctimas de Trujillo es uno de tales compromisos. Aunque aún no está concluido, se ubica en la parte más alta del municipio y congrega permanentemente a la población. El apoyo económico del Estado sólo alcanzó para comprar el terreno, de modo que el esfuerzo económico para realizar el monumento ha residido en la Asociación de familiares de víctimas de Trujillo.
El Parque Monumento tiene dos componentes: un espacio para el duelo y la memoria y otro para la reflexión sobre el futuro. Cuando una persona recorre el lugar se encuentra en primera instancia con las huellas de la tragedia. Esto ocurre en el Salón de Memorias y Palabras de Dignidad. Allí están los retratos de las víctimas. Cruzando un túnel denominado Noche y Niebla se llega a un teatro al aire libre para montajes teatrales relacionados con la traumática experiencia que vivió la comunidad. Encima de las graderías hay 235 osarios donde yacen los restos de varias de las víctimas asesinadas. Están alineados en siete niveles, uno para cada año de violencia. Debajo de cada uno hay una placa que identifica el rol que desempeñaba cada persona. Después de recorrerlos se encuentra una pequeña capilla y mausoleo, llamada la Ermita del Abrazo, en donde yacen los restos del padre Tiberio Fernández, líder comunitario asesinado en 1990.
Este Parque Monumento requiere de la constante participación y apoyo de todos los miembros de la comunidad para mantenerse en pie porque no fue pensado para recordar en lugar de los habitantes, como pretenden hacer muchos monumentos históricos, sino que es un dispositivo que requiere del esfuerzo de las personas para mantener viva las memoria de quienes les fueron arrebatados de sus vidas. Son muchas las ideas que aún no se materializan en el lugar por falta de recursos. El hecho de que se mantenga desde hace años como una obra en proceso es un indicio de la manera en que la dignidad perdida debe actualizarse día a día.
JAIME CERÓN

