Como lo viene haciendo hace varios años, la galería Alcuadrado escogió una edificación en desuso como espacio de exhibición, y en esta ocasión invitó a Mariángela Méndez, profesora del departamento de Arte de la Universidad de los Andes, como curadora de la muestra. El lugar seleccionado fue la antigua clínica Santa Rosa en la ciudad de Bogotá, que recientemente ha sido cedida a la Universidad Nacional con el fin de convertirla en hospital universitario. Las características de esta exposición me hicieron pensar en dos circunstancias del arte contemporáneo: la dinámica que se establece entre las obras y el lugar de exhibición, que ha sido un motivo reiterado en las exposiciones de Alcuadrado, y el rol del curador.
La curaduría tiene un aspecto sui géneris, adopta tácticas muy cercanas al trabajo artístico. Quiero mirar algunos aspectos en el caso de Sin remedio que a su vez pondrán en relieve la relación obra y lugar de exhibición.
La curaduría, acorde con los modos de proceder del arte contemporáneo, actúa en el campo del sentido, en el campo de los significados; uno y otro están realizando señalamientos. La primera, sobre las obras y los problemas del arte, el segundo, sobre el mundo. Como el arte, la curaduría opera con intervenciones espaciales, físicas, objetuales; tienen plena conciencia de que el lugar de exhibición no siempre es neutro, y en el caso de la presente exposición, no lo es. En Sin remedio encontramos una galería que se ha caracterizado por utilizar espacios ajenos al museo o la galería. El gran hall de un hotel en ruinas, un teatro abandonado, o un museo inconcluso que está a punto de colapsar, todos ellos recintos cargados de memoria, han sido entre otros, los lugares de exhibición de la galería Alcuadrado. Estos sitios, al entrar en contacto con los objetos o con las intervenciones artísticas, generan una relación que dice algo sobre el lugar, y el lugar a su vez pone de manifiesto algo que está en la obra.

Con estas consideraciones ingreso al hospital que fue elegido por la galería y la curadora, y que actúa como lugar de la exposición y, podríamos decir, como “marco conceptual” y marco de referencia El año pasado María Elvira Escallón presentó en el Museo de Bogotá su trabajo En estado de coma, donde a través de registros fotográficos y en video, puso en evidencia la situación del San Juan de Dios, un hospital en perfecto estado que, además de ser considerado un bien patrimonial, cuenta con toda su dotación; pese a ello, fue cerrado y se encuentra fuera de uso. Una situación paradójica, cuando miles de personas mueren en Colombia por falta de atención médica. La exposición Sin remedio sigue esa misma línea con algunas variantes importantes. Como lo señala la curadora, esta situación genera dudas porque “el aumento de afiliados dentro del sistema de protección social es proporcional al aumento del cierre de hospitales por quiebra en la última década. […] Sin remedio es la muestra de esta ecuación fallida y la equivalencia entre dos expresiones: la sugerida por un grupo de obras de arte que se constituyen como una esfera autónoma de resistencia, de crítica ante la actual situación social y política; y la insinuada por el espacio de exposición: un hospital en cuarentena con todos sus muebles y equipos adentro, un espacio cargado de historia, víctima de la enfermedad política, la corrupción, los malos manejos, la indolencia; un espacio simbólico, suspendido en el tiempo, a la espera de un futuro mejor como hospital universitario”1.
En su mayoría, las obras presentadas preexisten a la exposición, se comportan, más allá del lugar, como “resistencia y crítica ante la actual situación social y política”. Otras fueron realizadas in situ, pero su localización fue decidida por la curadora, que fue creando un recorrido por el lugar que ya poseía un sentido después de Estado de coma. Cuando ingresé a este hospital solitario de espacios amplios y luminosos, paredes claras, limpio, pero deshabitado, lo primero que encontré fue la alfombra roja de Wilfredo Prieto que conducía a un cuarto donde están los tanques del agua que abastecían el hospital, y me pregunté por los sutiles procedimientos del arte de hoy. Esta obra, titulada Alfombra y polvo, muestra un objeto ceremonioso. Pero esta alfombra está ubicada en un lugar que no le es propio, un hospital en desuso y dentro del contexto del arte. Como lo dice la curadora, con el gesto del artista, la alfombra se convierte en “metáfora de la superficialidad del maquillaje y de la carcoma que acompaña cualquier estructura de poder”. Además del gesto del artista está el de Mariángela Méndez, que nos recibe con esta polvorienta alfombra roja. Los tanques del agua que, intactos en apariencia, parecían ser las partes internas de un cuerpo temporalmente paralizado.

A lo largo del recorrido por cuatro pisos del edificio fui encontrando una a una las obras, una de ellas, Borde de pánico (2003), de Miguel Ángel Rojas. Este video ya había sido mostrado por Alcuadrado en un espacio ruinoso. Esta vez la curadora escogió una pared ubicada al final de una escalera que conduce a un sótano; el tamaño de la imagen y la escalera un tanto oscura le conferían mucha fuerza; el aspecto dramático y misterioso se hizo aún más evidente. El video muestra una mano enguantada que parece recorrer sobre el pavimento los vestigios de un cuerpo que quedó sin vida en la calle.
En otro piso estaba el video de François Bucher, La Raíz de la Raíz (Todo pueblo tiene su historia). Este video, una de las obras más lúcidas y pertinentes de la muestra, mostraba al ex presidente Ernesto Samper pronunciando un discurso que dio en 1978 cuando se iniciaba el tema del narcotráfico y Estados Unidos buscaba fumigar y atacar los sembrados de marihuana. Como lo señala la curadora, Samper “profetizaba con una claridad extraordinaria lo que habría de sucederle al país de no romperse el tabú del tema de la legalización. […] señaló entonces, con toda claridad, la causa perdida de pretender enfrentar el problema de la droga como si fuera una guerra. Todos los argumentos de tan lúcido discurso siguen siendo irrefutables, […] Lo que sí ha cambiado, por la historia sangrienta de Colombia, es la progresiva satanización del tema. Las paradojas de la vida hicieron además que el propio Samper tuviera que arrastrar los efectos de lo que él mismo había atisbado en el horizonte”. Las resonancias de este trabajo son dobles, por lo anteriormente dicho y porque en la clínica Santa Rosa fue atendido Ernesto Samper, cuando fue víctima de un atentado que acabó con la vida de José Antequera, candidato presidencial de la UP.

También me encontré con el Árbol de látex, de Alberto Baraya; una impresión en látex que recoge las huellas de un enorme árbol de caucho que como un cuerpo herido por los abusos de los grandes empresarios de la industria cauchera, se adhiere a las paredes del hospital. En una sala se escuchaban los sonidos de la ciudad, de las ventas ambulantes que ofrecen un Remedio, título de una de las obras de Jaime Ávila; consejos que se venden en un CD, contra la infelicidad. En un corredor las fotografías de Juan Fernando Herrán, Itinerario, muestran una impresionante escalera construida en forma artesanal por la que deben caminar los habitantes de las zonas marginales ubicadas en los fríos cerros de Bogotá. En una habitación me vi ante una columna de papel de archivo, inservible, pero con bordes dorados y con las piezas de una cama que nunca logra armarse, de Néstor Gutiérrez. Al ingresar a uno de los pisos, en un corredor me tropecé con un enorme vidrio estrellado, Ambulatorio, de Óscar Muñoz. En otra parte, sobre la pared verdosa del hospital un dibujo también de Muñoz insiste en hacer aparecer un rostro que desaparece una y otra vez; su título: Proyecto para un memorial. En el tercer piso, en cada puerta, a cambio de placas que identifiquen el número de cada habitación, encontré a un niño en triciclo que deambulaba por un lugar abarrotado de muebles en desuso, Buro, de Miguel Ángel Rojas, obra hecha específicamente para este sitio. En otro momento del recorrido me hallé en unas salas de cirugía, sobre su paredes de baldosín verdoso caía un líquido rojo que daba un aspecto macabro al lugar; al rato vi a María José Arjona, vestida de blanco, muy concentrada, limpiando estas manchas con pompas de jabón. Su obra, titulada Retorno, que inicialmente ponía el acento en el acto de dibujar con las pompas de jabón, fue adaptada especialmente para el lugar y adquirió un sentido particular. “La sangre que entra al corazón es sangre cuando sale, así que las burbujas de jabón sin colorante irán borrando el dibujo, mientras el vestido blanco, metáfora del cuerpo, lo absorbe. Esta segunda fase de la acción es “un estado de claridad y salud en donde el rojo proveniente de las paredes y que simbólicamente es sangre, retorna al cuerpo para permitir la sanación”.
Un recorrido especial estaba determinado por la instalación in situ de María Elvira Escallón, titulada Recelaron del cielo que no se divisaba por ninguna parte, una obra particularmente significativa porque la artista y la curadora generaron un acto de memoria que clausura el recorrido y que da un particular sentido a la muestra y a la obra de María Elvira Escallón. Este trabajo ocupó las escaleras que conducen del primer al cuarto piso y sus paredes fueron pintadas de rojo intenso que determinaba un recorrido preciso por el cuerpo del edificio; “metáfora de un ducto orgánico —dice la curadora— que funciona como sistema circulatorio conectando la pulcritud y orden de los pisos 1, 2 y 3 con el caos y descuido del piso cuarto”. En cada piso se podían leer frases extraídas de La vorágine de José Eustasio Rivera, de donde también procede el título de la obra.

En la instalación, como en la novela, la pérdida del horizonte, la desesperanza y la angustia van aumentando a medida que se avanza en el recorrido. En el primer piso se podía leer: “Clemente abría la marcha partiendo ramitas en el rastrojo para dejar señales del rumbo, como se acostumbra entre cazadores”. El inicio de este viaje está impregnado de esperanza, se comienza un camino que tiene posibilidades de regreso. En los primeros tres pisos la atmósfera del hospital es extraña, por la soledad que lo habita; en una de sus impecables paredes se podía ver el video de María Elvira Escallón, Señales para caminantes, donde una mano invisible con un cincel labra sobre el muro la conocida frase “Polvo eres y en polvo te convertirás”. Un piso más arriba se encuentra otra obra suya, de Estado de coma, Tejido blando, una imagen construida por segmentos fotográficos que muestran un acercamiento a las sábanas y colchones que preservan las huellas de los cuerpos que un día reposaron sobre ellos. De la misma manera, en los corredores intactos y desiertos se extrañaban los pasos de las enfermeras y médicos; a cambio de éstos estaban las obras de los artistas, haciendo más audible el silencio.
Hemos llegado al cuarto piso del hospital donde el caos es total. Las paredes no están limpias, una gran cantidad de equipo hospitalario se encuentra amontonado; el polvo cubre cunas, catres, equipos quirúrgicos, mesas, sillas. La desidia y el desorden muestran un mundo “lóbrego y letal”. Es en este momento cuando María Elvira Escallón, alentada por la curadora, retoma un gesto que realizó, con su obra In vitro de 1997, en el VIII Salón Regional de Artistas que se llevó a cabo en la antigua estación del tren de la sabana. Éste fue y sigue siendo un gesto eficaz.
Esta vez María Elvira Escallón hace un gesto idéntico y con la misma intención pone un vidrio en la entrada de estas habitaciones, hoy depósitos atiborrados. Inmediatamente la memoria se activa, recordamos que la historia no es nueva, es como un mal endémico que recorre nuestras instituciones. En este gesto no hay juzgamiento, su acto es silencioso, neutro, pero eficaz, permite que, como espectadores, veamos. Este retorno, oportuno y esclarecedor, con mucha fuerza cerró ese recorrido que iniciamos con alfombra roja y que culmina con un señalamiento certero y nos hace comprender con más claridad que Sin remedio habla de los múltiples males de este país: Colombia.
NOTA
1. Ésta y las otras citas de Maríangela Méndez han sido tomadas de los textos que acompañaron a la muestra.
MARTA RODRÍGUEZ

