Un cinismo contenido marca toda la producción del fotógrafo Ricardo Elías, quien indaga en la Historia de su contexto para armar el discurso de sus muestras. Vuelve en esta ocasión a descorrer los telones respecto a la industria azucarera en Cuba, y bajo el título Oro seco establece una reflexión de cariz psicológico, pero con repercusiones sociales, políticas y económicas. A partir de diez personas que se desempeñaron como trabajadores azucareros en el Central Primero de Mayo en Cienfuegos (antiguo Perseverancia) propone retratos individuales que se erigen en retrato colectivo de lo que ha constituido la suerte de estos otrora protagonistas del importante rubro en la Isla.
Conformada la exposición además por la proyección de un video donde remarca el paisaje desolado del abandonado central en contraste con otras imágenes correspondientes a la etapa de esplendor azucarero, resulta un ensayo de tono crítico donde el rostro de cada personaje comenta sobre la pérdida del sentido de pertenencia.

La muestra redunda en la idea ya planteada en su serie anterior El exceso de azúcar produce amargura I, 2005, basada en una investigación realizada en los centrales enclavados en la llanura de Matanzas, Cienfuegos y Villa Clara. En dicha serie hizo fotos panorámicas del paisaje que quedó tras el desmantelamiento de múltiples ingenios azucareros. El gobierno cubano hizo un llamamiento el pasado año dirigido a la producción de azúcar que motivó al autor en su proyecto Prosperidades pasadas, expuesto junto al canadiense Richard (Dick) Groot en la Fototeca de Cuba. Una vez más su interés por la arqueología industrial nos dejó ver a un artista preocupado por develar una zona cara al desarrollo de la nación cubana. La decisión del gobierno cubano en 2002 de redimensionar la industria azucarera dejó una estela de sinsabor a todos aquellos que organizaron sus vidas alrededor de esta actividad. El exceso de azúcar… II se detiene en la estructura de estos colosos como si hurgara en la estructura anatómica de un cuerpo aún vivo, tomándole el pulso, analizando sus signos vitales, en este caso extintos.
En series anteriores el artista se ha interesado sobre todo en el paisaje de los centrales, pero en esta oportunidad su mirada se detiene en el capital humano. Dice sentirse sensibilizado con determinadas frases dirigidas a la producción de azúcar en su contexto: “Sin azúcar no hay país” o “Azúcar para crecer”; replanteadas luego para orientarnos hacia el desarrollo del turismo. En las circunstancias actuales se habla por parte del gobierno cubano de trabajar con el hombre como centro de sus preocupaciones. De ahí que la muestra se concentre en la soledad y desesperanza de aquellas personas dedicadas al desarrollo de esta rama. Para armar los retratos conversó con los trabajadores y ellos le entregaron enjundiosas anécdotas acerca de la historia del central. Ahora el “tiempo muerto” de las zafras pasadas se convirtió en permanencia. Han perdido la motivación porque el trabajo constituía el centro de sus vidas.
La densidad es algo que caracteriza a las propuestas de Elías. Posee una preocupación pertinaz porque su discurso no tienda a la banalidad, por eso se mueve todo el tiempo dentro de un registro cuestionador. En cada uno de los diez retratos (impresiones digitales) tomados a los extrabajadores del central persiste la mirada frontal, y al fondo, el paisaje del batey. Los rostros interpelan al receptor y nos hacen partícipes de la angustia y el desamparo de estas personas. En el video proyectado (compuesto por tres núcleos) que da título a la muestra, aparece un loop con el paisaje del desarmado central y en él emerge la chimenea como símbolo de la presencia del coloso. Un ambiente de inactividad y silencio envuelve a esta imagen que da paso al segundo segmento, donde el artista ha escogido instantáneas de las faenas del central durante las décadas del 60 y 70 del pasado siglo. Éstas contrastan con las anteriores por su dinamismo y fugacidad, además de ser en blanco y negro. Por último, el video se detiene en la maquinaria desvencijada del central, en una alegoría que encierra la extinción de una de las primeras fuentes de ingreso al país y el estado de abandono de miles de personas dependientes de esta industria. El sonido que acompaña al video consiste en el toque de tambor oro seco dedicado a Ochún, deidad del panteón yoruba, a la cual se le ofrece dentro de sus ofrendas la miel, producto derivado de la producción azucarera.
Uno de los aspectos más cuestionados por los obreros antes vinculados a la producción de azúcar es el desmantelamiento de estas instalaciones. Muchas consecuencias se han desencadenado con el cierre y abandono de las maquinarias porque disímiles comunidades vivían alrededor del desenvolvimiento de esta agroindustria. El compromiso de esas personas con el trabajo excedía lo social; formaba parte de su universo sentimental. Cada semblante de estos hombres atesora un caudal de interrogantes y nos transmite tantas sensaciones que una queda con deseos de conocer más acerca de sus vidas truncas.
Oro seco se convierte así en un llamado de atención acerca del descalabro que ha constituido enterrar en el olvido una industria que por mucho tiempo constituyó parte imprescindible del desarrollo de la nación cubana, y a Elías no le interesa comentar la historia con medias tintas.
AMALINA BOMNIN
