En la exposición personal Trace Crop Off, Ramón Williams reúne una tersa selección de su obra más reciente, conformando un proyecto de estructura casi sinfónica que engarza, con igual fluidez intercambiable que los hexagramas del I Ching, tres diferentes series que son una. Trace Crop Off es el corte, la edición de un trazo, una huella –o el recorte y reencuadre de la foto de ese trazo. En ese título Williams logra entretejer, con toda naturalidad, la jerga tecnológica de la imagen digital y el discurso de cierta filosofía de la imagen –específicamente Jean-Luc Nancy y su seminal ensayo– aunque se cuida de conservar la ambivalencia del enunciado como frase (cropping a trace off, recortar una huella o trazo) y de cada una de las tres palabras que lo forman, como títulos de las tres series que dan cuerpo a la exposición Trace, Crop Off, que el artista analiza por separado en el texto con que presenta su proyecto: “Trace imagin(a) un número de circunstancias y medios involucrados en el acto de trazar. Tales marcas exhiben su condición de vestigios de una cultura global de maquillaje, vigilancia y reciclaje a la vez que participan de la espontaneidad caligráfica del universo.” Crop propone “una edición perceptiva del mundo cual ‘texto figurativo’ cuya riqueza pasa inadvertida [...] en la periferia de una retina amantada por los arbitrios de la publicidad corporativa, la propaganda religiosa o política...”. Finalmente, “Off explora el desprendimiento del referente y su ausencia como evidencia, así como el modo en que la imagen de un símbolo en ruinas puede activar la memoria de un significado primordial contenida en el mismo...”.

Lo primero que puede decirse de estas obras es que son portadoras de una belleza insoslayable, que asalta al unísono la vista y la mente del espectador. Rara vez lo retiniano y lo conceptual se confabulan tan estrechamente para conspirar en la búsqueda de ese arduo estado de gracia que es el placer estético, que en el arte es como un orgasmo hecho de muchas facetas —heurística, lúdica, informativa, etc.— y puede llegar en lentas oleadas o como un click que enciende una bombilla eléctrica en medio de la oscuridad. Un Neoconceptualismo que, sin llegar a compartir la estética visualmente astringente de los fundadores, se las arregla para alcanzar un discurso cogitativo que descansa en un discurso visual que puede llegar a ser leído con la misma fruición y placer que la más bella pieza de la abstracción, el tachismo o el materismo. En estas fotografías y objetos la realidad subyace como un token o un referente ambiguo, detrás del cual saltan como una liebre mágica las alusiones a esos velados referentes (históricos, artísticos, publicitarios, religiosos, propagandísticos) que va archivando la pupila contemporánea en su diaria y omnívora deglución.
Las fotografías de Williams documentan ausencias (de edificios, de paredes, de letras en carteles lumínicos que alteran fatal o jocosamente su sentido) y operaciones accidentales o intencionales que alteran el rostro urbano como huella e indicio de la vida caótica que bulle en los confines metropolitanos --—la megapolis como ballena, el ciudadano como Jonás atrapado en su vientre por tres días y tres noches, el lapso de una vida humana en la cronometría del Cosmos—, y una tétrica suma de huellas de accidentes automovilísticos inscritos en el separador central de los expressway —que deviene línea fronteriza entre la vida y muerte— y los piadosos mantos de pintura con que las brigadas del poder condal las cubren cíclicamente, entre el pudor y el mercadeo de la imagen local. Una de las piezas de videoanimación exhibidas recrea este escenario con un atleta que corre en esa misma pista, pero libre de autos.
Estas fotografías son como un pizarrón en que el artista inscribe la (bio)grafía de dos ciudades tan cercanas y distantes como La Habana y Miami, y no parece azaroso que su fundamentación del proyecto haya sido escrita durante un vuelo por el corredor aéreo que las enlaza, un gesto que tiende a completar la alquimia de luces y sombras que edifican la imagen. Pero lo que nos propone Ramón Williams va más allá de las puntualidades geográficas, al tratarse de toda una metáfora de la vida y el mundo (o la vida en este mundo), marcada por la impermanencia y el cambio; esa sucesión dialéctica de estados que recorre todo ser vivo –y necesariamente hay que incluir la trama urbanística de edificios y calles– durante su existencia en este plano material. Al tiempo que destilan esa metáfora, las obras de Williams también nos recuerdan, con Jean-Luc Nancy, que “El trazo es el pasaje interminable de una desaparición a otra. (...) El pasaje es interminable porque nunca comienza exactamente: siempre queda algo de la cosa y nada más de ella...”1.
NOTA
1. NANCY, Jean-Luc. “Traces”, en Specters of the West and the Politics of Translation, editado por Naoki Sakai, Yukiko Hanawa, Hong Kong University Press, 2001, pp. 110-112.
RAFAEL LÓPEZ-RAMOS
