"A punto de explotar"es el lema que mejor pudo definir Eric Colón para ilustrar el sentido de la muestra que Pepe López presentó en julio pasado en la Galería Fernando Zubillaga. En efecto, esta propuesta expositiva trata la relación estrecha entre los discursos del arte en relación al mundo globalizado en que vivimos. Son muchos los ejes temáticos que pueden manejarse con este trabajo. Valen preguntas como: ¿Hasta qué punto nuestra circunstancia permea y decanta los códigos artísticos? ¿Hasta qué punto influye en la conformación de una nueva visualidad basada en materiales producidos por los desechos de nuestra urbanidad industrializada? ¿Hasta qué punto el planeta –e incluso el cosmos– no está a punto de explotar por el acelerado proceso de deterioro al que lo llevamos? Todos estos temas y más, son tratados por Pepe López en esta exposición.
Desde los años 90, este artista ha insistido en denunciar los procesos de deterioro al que el hombre está llevando a nuestro planeta. Sea por contaminación ambiental (basura, desechos tóxicos, contaminación atmosférica, entre otros); como también la contaminación mental a la que nos sometemos: alienaciones producidas por una sociedad mercantilista basada en el consumismo desproporcionado; situación acrecentada por los enormes y veloces sistemas de comunicación, hoy día manejadas por sistemas satelitales, el uso de teléfonos celulares, Internet, entre otras, que han dado lugar a un universo de objetos, un sistema de vida y de actitudes que generan más y más basura, al punto que el planeta como recinto depositario de tales desechos ya no es suficiente y el hombre apela al cosmos para “resolver” este problema.

Este es el sentido de obras como Big, Bang, Boom esferas de fibra de vidrio, que son una imagen metafórica del planeta Tierra en las que cintas adhesivas de colores representan las trayectorias satelitales: “hay más de 14.000 satélites artificiales de los cuales –señala López– hay ya 6.000 que son chatarra y andan orbitando sin control alrededor del planeta susceptibles a producir en cualquier momento alguna catástrofe”. La basura doméstica y el maltrato al ambiente se sintetizan en Bella Caracas, edición caraqueña de un acto performático (We love garbage) en el que el artista toma un carrito de supermercado y en su recorrido por las calles recoge diversos desechos, creando un nuevo concepto de ready-made en el que la acción y las reacciones de calle, registradas en video, son parte de la obra. Esta es la quinta edición de este performance-objetual, pues en cada ciudad (París, San Juan, Miami, Nueva York), el artista ejecuta esta acción.
La actitud consumista es analizada a partir de sus rastros o consecuencias. Así, un carrito bar sintetiza la historia contemporánea de Venezuela a partir de la marca del whisky de preferencia tomados en la época de los Presidentes de turno. La botella es el distintivo de una clase (una marca) como de un comportamiento y, por supuesto, de una época: Something Special (Pérez Jiménez), Old Parr (Carlos Andrés Pérez), Swing (Jaime Lusinchi), Buchanans 18 (Hugo Chávez), etc. Todo ello resulta del engranaje de elementos que el artista, en su observación del mundo, realiza.
Si bien este trasfondo conceptual es el soporte que justifica este trabajo, cabe otra reflexión de carácter formal en función de las consecuencias que estas implicaciones sociales, políticas y ecológicas conllevan. Sabemos que la tradición geométrica y cinética es contundente en el arte venezolano. Lo hemos señalado en numerosas ocasiones. Pero en este artista, esta plataforma cobra un giro de avanzada. Su visión, cambiante y contemporánea, está impregnada de una tradición a la que le es difícil sustraerse: la serialización de la línea (Soto), el tramado de color y su percepción visual (Cruz-Diez), la obra móvil en su dimensión urbana (Alejandro Otero), artistas cuya obra son emblemáticas por su voluntad en superar la bidimensionalidad considerando al movimiento y a la transformación como partes constituyentes de la pieza. Pepe López, sin ser pintor ni cinético, pero sí un venezolano que asume su circunstancia, maneja recursos propios de lo pictórico (color, valor, composición, equilibrio/desequilibrio, textura, transparencia, etc.) con materiales plásticos y de desecho (bolsas, cintas adhesivas, objetos encontrados, etc.) con total sentido expresivo, dando como imagen resultante, por ejemplo, los “tapices” plásticos (sus cartografías urbanas) cuyo entramado deja traslucir estos elementos de la tradición plástica que visualmente lo han formado. El sentido espacial que sustenta a estos mapas demarca así su sentido de pertenencia en el territorio donde el artista se encuentre. Por lo general, estos mapas parten de un proceso dinámico que se transfiere del video a la representación plana del espacio por medio de estos collages hechos con bolsas y cintas adhesivas. El pixelado de las imágenes registradas en fotografías y videos proveen la referencialidad necesaria para la elaboración de los mapas urbanos y la representación de los movimientos virtuales que ocurren en el planeta: las comunicaciones que vía celular o Internet se realizan en todo el mundo vistas a través de la interconexión de líneas (cintas adhesivas). ¿Podría tratarse de un nuevo cinetismo? Las herramientas de trabajo, entonces, se las provee la propia industrialización, la misma que destruye el planeta.
Estamos frente a un artista cuestionador –y a la vez sarcástico– cuya obra oscila entre la superación de la tradición geométrica mencionada, el objetualismo de los antiguos dadaístas (l’objet trouvé y el ready made), y una nueva visualidad, a partir de una obra de arte cuya materialidad es inobjetable, sustentada en reflexiones y acciones que implican al hombre del siglo XXI y que en el fondo determinan cuál podría ser su destino.
SUSANA BENKO
