Exposición Individualdic 2008 - feb 2009· Por Jesús Rosado

Pedro Vizcaíno

Figarelli Contemporary

 Arizona ha conocido a Pedro Vizcaíno, y de la mejor manera. Ha topado abundantemente con la estridencia de su insurgencia grafitera gracias a Figarelli Contemporary, una importante plaza del circuito de arte, ubicada en el este de Phoenix, que se ha hecho cargo de la irrupción del enfant terrible originario del Caribe. Con su habitual causticidad comic, el artista, en colaboración con el curador Ted G. Decker, montó el proyecto Wild Child Grafiti, inundando paredes y pisos con obras sobre papel y artefactos de soporte diverso, al modo en que un provocador gráfico se hubiese apoderado de superficies libres de la ciudad. En ese tono de desenfado subversivo, casi underground, diría, dispuso una selección de trabajos concebidos desde 1998 hasta el presente.

Incandescente despliegue de weapons gangueras, taxis, bocas erotizadas y zapatillas de basketball, toda una parafernalia post pop que ironiza a los demonios urbanos, junto a sus tanques de guerra y máquinas volantes, que resultan contrapunto tragicómico de la paradoja civilización-barbarie contemporánea, y donde transpiran los compromisos con la imaginería callejera de Keith Haring, el Art Brut de Dubuffet o el informalismo espontáneo del grupo CoBrA.

Exposición Individual: Pedro Vizcaíno — imagen 1
Pedro Vizcaíno. Bocas, 2008. Instalación, técnica mixta sobre papel. Dimensiones variables.

La curaduría le sacó partido a la fragmentación espacial para recrear casi un landmark contracultural, completándose con las volumetrías excéntricas que suele preparar Vizcaíno con material de desecho, esas originales woman-car y algunos pastiches con reminiscencias de Rauschenberg, cuya refuncionalización estética viene a revitalizar los preceptos de aquel arte povera de finales de los sesenta, el cual desde entonces ya convocaba a la reflexión sobre los peligros en la desmesura de la industrialización, el consumismo y el materialismo.

Con la muestra, el artista se estrena en el circuito del suroeste, presentándose como artífice reciclador del dibujo que trabaja ciertamente con los efectos de una premeditada fermentación expresionista de la figura. Tras la rusticidad escolar de su ideografía, no hay dudas de que se atrinchera un sólido fundamento académico. Algo que nos recuerda las destrezas reconfigurativas de Haring y Basquiat. No se puede ser tan eficaz desdibujando o renegando de la imagen convencional si no hay agazapada una mano ejercitada en el esbozo de formas y gestualidades clásicas, para después acometer su dislocación lúdica hasta el punto del primitivismo infantil o de ese rasgo irregular que comúnmente conocemos como garabato. Sin embargo, Vizcaíno atiende el sentido del contrapeso cromático y cuida que el caos representativo preserve el aura de los motivos focalizados.

El propio artista ha declarado que su juego visual transita entre signos del neoexpresionismo y la abstracción, para poder maniobrar con el tono áspero de la burla anti-Establishment. Es decir, su rebeldía formal está intelectualmente horneada y entra en erupción al involucrarse con su intensidad temperamental y su proliferación creativa. Como concepto hay mucho de crónica sarcástica o de controversia cínica ante los sometimientos arbitrarios de una actualidad plagada de anodinos efectos Disney, frivolidad posmoderna, intimidaciones tecnobelicistas y epidemias gang en las estructuras del poder.

La vocación de contracultura en Vizcaíno no es novedad. Durante los años 80 fue una de las figuras clave del fenómeno que la crítica ha bautizado como Renacimiento cubano, el cual se caracteriza por el revisionismo estético, la crítica sociopolítica y la confrontación con las instituciones. Su participación en Arte Calle, proyecto alternativo que se proponía el replanteamiento del hecho artístico tradicional, en pos de convertirlo en acción de emancipación y de debate, sería de las más activas y audaces en aquel entonces. Su procacidad lo puso finalmente en la mira del sector más ortodoxo del oficialismo cultural cubano.

Desde que se radicó en Estados Unidos, ha gravitado hacia la aleación con lo más actualizado del pensamiento visual en el nuevo contexto. La localización específicamente en Miami le ha aportado cierto sabor territorial a su obra, traducida en la frenética calidez del color, el divertimento, la sátira provinciana y la presencia de componentes artificiales de la urbe, como el taxi o el avión imprescindible en el cielo miamense. Sin embargo, él ha persistido, más allá de límites comunitarios y sentidos de pertenencia, en pronunciarse irónico y abarcador ante temas contemporáneos tan cruciales como las expresiones de la violencia o la maquinización deshumanizante, que constituyen, a la vez, preocupación de los segmentos más sensibles de la sociedad norteamericana.

De modo que el arte de Vizcaíno ha hecho rápida conexión antropológica con este otro modelo existencial, reubicándose como pocos artistas cubanos emigrados en un discurso congruente con el universo sociocultural de la nación estadounidense. Por ello, no sorprende que el público de Arizona, angloamericano visceral, haya reaccionado con abierta receptividad al discurso desideologizado, pero igualmente abrasivo y convincente, de un creador inconforme por naturaleza que ha logrado trascender el gueto con sus ráfagas de ideografía delirante.

JESÚS ROSADO

Pedro Vizcaíno, por Jesús Rosado | artnexus