Exposición Individualdic 2008 - feb 2009· Por Claudia Laudanno

Paulo Queiroz

Galería Thomas Cohn

Una renovada individual, compuesta por oleografías inéditas de Paulo Queiroz (Fortaleza, Brasil, 1971), se extendió del 13 de septiembre al 20 de octubre pasados, en la Galería Thomas Cohn, con piezas de grandes formatos, producidas en su totalidad en lo que va del año 2008. De alguna manera, en esta nueva serie el artista nordestino, propuso una forma de tangibilidad pictoricista, asociada a una mirada defectiva, ex profeso, basada en el desfocamiento (defocusing), con el objeto de dotar a sus trabajos de un talante mucho más abstracto. Es notorio cómo a lo largo de estos últimos cuatro años —desde su primera individual en Galería Thomas Cohn—, el pintor ha ido abandonando progresivamente los referentes iconográficos puros, en pos de la asunción de un tiempo basado en la incompletud, en el inacabamiento. Mezcla de rigor y de sensualidad, de identidades simuladas que se superponen. Superficies dulcemente borradas y barridas, flotantes formas irregulares, que son indicios de ausencias, las cuales “respiran” bajo la epidermis embriagante de trabajos del tipo de: O quintal de Na, Para meu amigo, Sem começo, Achar falta, Uma longa ausencia, O de todo dia.

Exposición Individual: Paulo Queiroz — imagen 1
Paulo Queiroz. Encontrar lo desaparecido, 2008. Oleo sobre tela. 130 x 130 cm. (51 x 51 pulgadas).

En este sentido, las imágenes de Queiroz se ubican en el umbral incierto de la diseminación, de la acuosidad, de la fluidez, situado a la pintura en los límites mismos de sus convenciones ortodoxas. A la manera de capas ligeras o velos de gasa, que anuncian su disolución ante nuestra percepción, dichas obras se imponen al espectador, según la estrategia de “un hacer como si”, melancólico, intencionalmente dislocado, retomando en clave citacional románticos paisajes alemanes, que acaban por convertirse en lienzos casi abstractos. Y, justamente, aquí, desde la apropiación hipermoderna, sucede lo que acontecía con los célebres cuadros grises (Der Graue Bilder) de Richter, fechados en los sesenta, dado que algo “enturbia” nuestra visión. Una leve “convulsión” sacude las cosas, moviliza los elementos de la realidad objetual de los que se vale este inteligente pintor, recurriendo sin cesar a recursos paródicos, para desmentir, deslegitimar y recomponer, a la luz del presente, el discurso de la pintura, en tanto única esperanza posible. Es cierto: en Queiroz, su relación con el metier del pintor es divergente. Ello se detecta en dos obras en particular, anteriormente citadas: Sem começo y Uma longa ausencia. Aquí juega, de manera muy delicada, casi imperceptible, con la desestabilización de la simpleza de los placeres retinianos. Hay que ajustar el ojo, una y otra vez, para desentrañar los cuadros de este artista brasileño. Queiroz desea sobrepasar el estrato de lo meramente visual, de la fisicalidad de la pintura, las trampas del estilo, el compromiso emocional, el clímax.

La alambicada escala de grises tonales y atonales que emplea no es otra cosa más que una nueva modalidad de nihilismo pictórico. Sus piezas representan fragmentos de un presente atemporal, cuadros intencionalmente desangelados. Lo que se está cuestionando en este corpus de obras es la universalidad del código pictórico: Queiroz lo lleva al colapso, lo neutraliza, lo desbarata, pues sus pinturas no son simple arte para la contemplación. Claro, basta recordar a Duchamp cuando decía: “El peligro está en la delectación artística”. O al propio Richter, al vaticinar que: “El gris está más cualificado que ningún otro color para no representar absolutamente nada”.

Si antes, los grandes temas de las obras de Paulo Queiroz eran el incesante dinamismo y el vértigo de vivir en una gran megalópolis como São Paulo, ciudad en la que sentó su residencia definitiva desde hace años, ahora la intensificación por la gran urbe sigue persistiendo, no obstante, mixturada con una reposición del paisaje, en el cual se filtra cierta dosis de racionalidad, que convive, muy a gusto, con la dispositio anímica (la Stimmung), recreando visiones del shock. Es así como en este conjunto de trabajos se pretende recuperar esa sensación de dinamismo y, a la par, de evanescencia pictórica, por medio de aquello que se recuerda o se evoca.

Cuestión de énfasis, diría Susan Sontag, que emerge como deseo irrefrenable, como un resplandor o, quizás mejor, como una obsesión. Pero las pinturas de fragmentos o “recortes” de la gran ciudad no solamente tienen que ver con la elección de motivos y temas, ni con las transformaciones que introduce el artista en sus “vedutas” distorsionadas, estimuladas por la vivencia de la metrópolis paulistana. Si las veladuras ópticas son notorias, en ese ciclo de oleografías el pintor las introduce desde esa cualidad esencial del presente. A pesar de la recurrencia a la grisalla y a los valores, las pinturas de Queiroz suscitan proyecciones e identificaciones muy empáticas en el espectador. La contemplatio, a partir de la aisthesis, puede resultar distante, neutral, indiferente. De todos modos, estas obras se han dejado inundar por la expresión y la vivencia (Erleibnis) al plural. Estas visiones urbanas, en macro y en micro-escala, así como algunos de los paisajes expuestos recientemente, son auténticos paisajes apocalípticos, un equilibrado balance entre juego de seducción y cierto nivel de pesadilla grotesca, ominosa. Los negros plenos son huellas o índices de gran relevancia significativa en dichas obras. Esa ciudad, vista como monstruo sobrenatural, también es vestigio manipulado por la deformación, la desmesura, el sobresalto y la agitación de una concatenación de simulacros donde deambula, errante, el ritmo nervioso y transfigurador del pincel.

CLAUDIA LAUDANNO

Paulo Queiroz, por Claudia Laudanno | artnexus