Exposición Individualdic 2008 - feb 2009· Por Francine Birbragher-Rozencwaig PHD

Ofelia Rodríguez

Museo de Arte Moderno de Bogotá -MAMBO

La exposición de Ofelia Rodríguez en el Museo de Arte Moderno de Bogotá es un merecido reconocimiento a la labor de una artista colombiana que, si bien reside fuera del país, tiene vínculos muy estrechos con su patria natal, tanto personales como artísticos. Curada con gran acierto por Ana María Escallón, la muestra presenta una selección de pinturas, collages y cajas, que ilustran desde sus primeras aproximaciones pictóricas, claramente influenciadas por el expresionismo abstracto de los años sesenta, hasta sus obras más recientes, resultado de una búsqueda intensa y de una apropiación autobiográfica de símbolos, historias, mitos y tradiciones latinoamericanos.

Desde sus primeros trabajos realizados en la Universidad de los Andes en Bogotá, Rodríguez tuvo claro que su creación debía ser original y no copiar, como lo hacían muchos, lo que estaba de moda en Estados Unidos o en Europa. Tampoco le interesaba enfocarse en la historia del arte occidental; por el contrario, quería expresarse con un arte que fuera auténticamente colombiano. Esta intención inicial se afianzó mientras cursaba su maestría en la Universidad de Yale, siendo la primera mujer extranjera aceptada en el programa. Recuerda que la fórmula que usaban sus maestros sugería que se “tirara al vacío y comenzara de la nada”1. Sus maestros, y en especial los artistas que en ese entonces visitaban los talleres, particularmente Lucas Samaras y Claes Oldenburg, promovían además una nueva aproximación al arte basada en la apropiación de lo popular, conocida hoy como arte Pop.

Exposición Individual: Ofelia Rodríguez — imagen 1
Ofelia Rodríguez. Sueño azul, 1995. Técnica mixta. 116 x 91cm. (45 ½ x 35 ¾ pulgadas).

La propuesta era atractiva, pero para Rodríguez implicaba asimilar una realidad ajena a la suya. Lo popular para ella no era la cotidianidad norteamericana sino lo folclórico, lo artesanal, lo indígena, de su Colombia natal. Por eso, al finalizar sus estudios y radicarse primero en París y luego en Londres, donde reside, desarrolló un lenguaje único cargado de símbolos y narrativas que tienen más en común con el realismo mágico latinoamericano de García Márquez o de Carpentier, que con el mainstream de la plástica contemporánea. Lo suyo son un paisaje mágico o un sueño azúl, títulos de algunos de sus cuadros, representaciones plásticas de la cultura visual, literaria y oral de América Latina.

Sus cajas, collages y pinturas se caracterizan ante todo por su colorido y por la complejidad de la combinación de los elementos que los conforman.

Los tonos brillantes y fuertes tienen origen en el folclor y la artesanía del Caribe colombiano, como también en lo popular de otras culturas latinoamericanas, especialmente la mexicana. De igual forma, encuentra en ellas una fuente ilimitada de animales y objetos encontrados o escogidos que toma y recontextualiza de acuerdo a su propio imaginario. Son particularmente llamativos los reptiles (iguanas, lagartijas y caimanes), los elementos cotidianos (cepillos de limpieza, chupos o tapas de botellas de cerveza) y los símbolos religiosos, especialmente las calaveras y los corazones sangrantes.

Pero quizás lo que más llama la atención en el nivel simbólico es la presencia de ojos, orejas, lenguas, manos y dedos pintados, pegados o cosidos, que representan la importancia de los sentidos para esta artista que absorbe intensamente lo que la rodea y pretende estimular en su público una experiencia sensorial. Sin embargo, no se trata de transportarse a las playas caribeñas para disfrutar del sol y el calor bajo una palmera o de sentirse eufóricamente enamorado. Las palmeras y los corazones de las obras de Rodríguez están cargados de mensajes que, si bien en algunos casos pueden ser humorísticos o anecdóticos, ante todo denuncian las calamidades que viven las minorías en América Latina. La obra de Rodríguez es claramente autobiográfica. Las manos que abrazan el lienzo son sus manos, las iguanas son las iguanas de su infancia, el corazón sangrante es su corazón que sufre por una realidad social o personal que denuncia mediante un imaginario poético auténtico materializado en cajas, collages y pinturas intervenidos con objetos que refuerzan su mensaje.

El uso de cajas como medio para transmitir una historia es propio de los retablos peruanos. En el caso de Rodríguez, hay además un referente a la obra de Lucas Samaras, de Joseph Cornell e incluso de Bernardo Salcedo, con sus objetos, juguetes y miembros pintados. Sin embargo, las suyas se destacan por su colorido brillante y por el tipo de objetos que utiliza: caimanes, cuernos, cepillos, manos, chupos, muñecos, propios de su lenguaje plástico. Además, su expresión excede los límites de las cajas al ponerlas en bases redondas o ubicar encima de ellas elementos como manos o cachos que, como en el caso de los objetos superpuestos a las pinturas, demuestran una gran libertad de expresión.

La muestra presenta también una colección de collages en los que las formas simples y los símbolos superpuestos crean una dinámica plástica distinta. Son construcciones más geométricas, en los que priman las formas planas y la simetría, y al mismo tiempo más biológicas, dada la presencia de manos, orejas, bocas y lenguas fotocopiadas y ampliadas, que ponen en primer plano el carácter sensorial de las mismas.

La mayoría de las obras expuestas, sin embargo, corresponde a las pinturas que ilustran, sin orden alguno, el trabajo pictórico de Rodríguez a lo largo de más de tres décadas. Aunque la artista no es necesariamente consciente de ello, se perciben varias etapas. Las obras de los ochenta, como Paisaje tormentoso, por ejemplo, muestran una composición llena de elementos que cubren la totalidad de la tela. Una nube negra, un fondo con textura y una playa donde la iguana viene a poner sus huevos son elementos que dan a la tela un carácter ilustrativo. A medida que transcurre la década de los noventa, los lienzos se vuelven más grandes y los espacios de color adquieren mayor importancia en la composición. Hay sin duda una gran influencia del Color Field, especialmente de artistas como Rothko y Gottlieb, en obras como Alcanzando sueños perdidos de mi pasado, en las que priman también la simetría y la presencia de objetos superpuestos. Las últimas obras son prácticamente monocromáticas y más fuertes en su contenido, tanto por los símbolos que utiliza —un corazón o una lengua sangrantes—, como por los títulos, que por su carácter literario se convierten en una parte fundamental de la lectura de la obra.

Ofelia Rodríguez es como la “isla en turbulencia” de uno de sus cuadros. Una artista original que convierte su memoria y su entorno en un instrumento conceptual. Tal y como lo menciona Dawn Ades en el catálogo de la muestra, “Sus intereses no están restringidos. Obtiene inspiración acumulada de toda clase de materiales hechos y los transforma de acuerdo con su visión personal. Pone en ellos su mirada analítica, considerándolos dentro del contexto del desplazamiento del turismo globalizado y el consumo masivo ubicuo, y aislando, cuestionando, y reconsiderando estas bagatelas y recuerdos estereotipados pasados por alto”2.

NOTAS

1. Entrevista con la artista, octubre de 2008.

2. Dawn Ades, “Ofelia Rodríguez”, Ofelia Rodríguez Exposición Antológica/Anthology Exposition, Museo de Arte Moderno de Bogotá, octubre-noviembre 2008. p.46.

FRANCINE BIRBRAGHER

Ofelia Rodríguez | artnexus