Con Nayarí Castillo (Caracas, 1977) el tratamiento de la imagen videográfica en Venezuela ha tomado un giro singular, donde la fotografía y la pintura –precursores canónicos de la experiencia visual contemporánea– constituyen un referente ineludible. Su trabajo retorna a la fijeza contemplativa, buscando recobrar el tiempo de la mirada, sus pausas y vacíos, sus revelaciones y ocultamientos. Oficio delicado y de impecable resolución técnica, que ha sido avalado con importantes reconocimientos en la escena artística nacional, destacando los máximos galardones obtenidos por la artista en el 62 Salón Arturo Michelena (2004) y el VII Salón CANTV Jóvenes con FIA (2005).
Victoria regia, su más reciente muestra individual en la Galería La Cuadra de Caracas, reúne videos, fotografías, objetos y algunos textos alusivos a la historia de las ciencias naturales, señalando con extrema sutilidad la relación entre conocimiento y poder, sin omitir la perspectiva autobiográfica, ampliamente matizada por la idea del viaje. De esta manera, los elementos de referencia se cruzan para conformar alegorías silenciosas, donde las especies animales o botánicas y la descripción de accidentes naturales (cuencas hidrográficas y parajes distantes) proponen una lectura deconstructiva del exotismo. Tras esta estrategia hay una tensión velada que rompe la meticulosa serenidad de las imágenes y altera la rigurosidad taxonómica del racionalismo occidental.

En su propuesta el paisaje se resiste a desaparecer, pese a que los registros han abandonado aquella grandilocuencia idealizada que había en las pinturas y grabados de los viajeros europeos del siglo XIX. Pero más allá de las fábulas secretas que conducen los intereses artísticos de esta creadora, lo que prevalece en sus trabajos es una suerte de ensimismamiento perceptivo en el cual se confunden el documento y la ficción. Como señala María Elena Huizi en el texto del catálogo, los videopaisajes de Nayarí Castillo “tienen la cualidad paradójica de lo expandido y lo intimista”, idea que se aprecia con nitidez en obras como La nieve (2004-2007), Postales a Paula (2007) y Paisaje in situ (2008). Esta última, por cierto, empalma con la tradición paisajística que instauraron el Círculo de Bellas Artes y la Escuela de Caracas durante la primera mitad del siglo XX y cuyo motivo predilecto solía ser el Ávila, la montaña que los nativos del valle de Caracas habían bautizado como Guaraira Repano.
En Bitácoras (2008), Tapirus terrestres (2008) y el citado Paisaje in situ la mirada está mediada por distintos instrumentos de visión (microscopios, lentes, binóculos, lupas), concebidos para acercar lo lejano o ampliar lo pequeño, a lo cual se añaden el video y la fotografía como medio de registro. En este sentido, Nayarí no sólo muestra lo que se ve o está enfrente sino también los dispositivos ópticos que permiten escrutar el mundo de manera precisa. Así pues, las imágenes son la extensión de los aparatos que las producen y, en consecuencia, arrastran consigo el sesgo epistemológico de la ciencia que las creó para dominar la naturaleza.
Frente a los límites de aquella perspectiva, Victoria regia propone una arqueología de memoria que indaga en torno a los modos de producción de la mirada y que no sólo se interesa por documentar hechos, lugares y personajes sino también por recrear los sitios que le sirven de archivo. Quizá por ello la exposición adopta la configuración de un gabinete científico o de una cámara de maravillas. Allí se concentran la heterogénea gama de aparatos y referencias analíticas, cual trofeos de una expedición imaginaria. Sin embargo, todo esto es resultado de un viaje inverso que busca lo vernáculo en otra parte, en un lugar distinto a la tierra de su origen. Puede ser en el Schlossmuseum de Weimar para “encontrarse” con cuatro sabios alemanes que visitaron Venezuela en el siglo XIX; en la pequeña localidad de Worpswede, donde vivió la pintora Paula Moderson-Becker, o en el zoológico de Berlín, donde habita una danta con gripe. Tal itinerario –en el que tampoco faltan el río Capanaparo, los médanos de Coro y otros lugares de la geografía local– está preñado de hallazgos y coincidencias que, al final, hacen de lo extraño algo familiar.
FÉLIX SUAZO
