Bajo el título El ánima, Marcia Schvartz (Buenos Aires, 1955) presenta una nueva exposición que reúne piezas históricas y su producción más reciente. Seleccionadas por Gabriel Levinas, amigo y buen conocedor de su obra, las pinturas, esculturas y relieves de Marcia Schvartz se vinculan entre sí evitando el encorsetamiento cronológico que suele primar en este tipo de exposiciones. Tampoco es estrictamente temático el orden elegido por Levinas para presentar las obras; más bien se trata de revelar lúcidas conexiones en el marco de una producción vital y diversa, que salta del retrato al paisaje, del costumbrismo al surrealismo, de la carbonilla sobre arpillera a la cerámica policromada o al lienzo de enormes proporciones, con o sin incrustaciones de pequeños materiales que convierten en collage la pintura.
Dentro de su evidente multiplicidad, la obra de Marcia se ha caracterizado siempre por un rasgo: la crispación. En el trazo y la pincelada violenta, neoexpresionista, e incluso en las pequeñas cerámicas que evocan las formas retorcidas del mundo orgánico —flores, frutos, caracoles, cactus— la artista vuelca unos niveles de intensidad imposibles de suavizar. Marcia Schvartz nunca intentó alivianarse y tal vez por eso su sello es tan reconocible, tan particular. Fuera de moda la mayoría de las veces —nunca adscribió al conceptualismo, al minimalismo, al boom de la fotografía, el video o lo digital— sobrevive aferrada a su innegable oficio de dibujante, a sus pocas ganas de agradar y al rictus marcado a fuego por su condición de perteneciente a una generación desaparecida, exiliada, diezmada.

En las pinturas de los ochenta —retratos de amigos y personajes callejeros— en los guiños de su amor a la América mestiza —las sensuales indias desnudas de principios de los noventa, las paraguayas y los morochos (morenos) que van y vienen atravesando distintas épocas— o en los paisajes inspirados en la flora agreste y colorida de las provincias, Marcia Schvartz vuelca una pasión por lo humilde y lo desclasado que la emparentan con otros grandes nombres del arte argentino como Antonio Berni o, más cerca, Pablo Suárez. Pero si bien se inserta con naturalidad en una saga local de artistas prendados de lo popular, ella lo hace con matices muy propios: cuadros geniales como El ánima, que da título a la muestra, confirman esa capacidad tan suya de permitirse las más oscuras fantasías durante la hipotética tarea de la representación de lo real. El ánima (1994) apareció, en sintonía con su fascinación con la flora del norte, bajo la forma de una mujer-cactus llena de espinas, pintada con óleo verde, un monstruo de pelo al viento, dientes blancos y ojos achinados que se recorta en primer plano contra una suerte de cielo donde brilla un sol naranja.
La muestra abarca todo el espectro de su obra, incluidas las piezas más recientes agrupadas bajo el nombre Fondo. Se trata de fondos literales, fondos de mar y de río resueltos como relieve o collage, pero también fondos simbólicos, viscosos y poco complacientes. La zanja, descomunal tela con injertos varios embutidos en su centro, es sin dudas una de las obras cumbre de la trayectoria de Marcia Schvartz y, si existiera algo así como una justicia pictórica, sería también un hito en la historia del arte argentino. Desechos, piedras y huesos —huesos escalofriantes— se funden en estos fondos que actualizan el talento de Marcia Schvartz para desplegar sus materiales y sus ideas con una libertad infrecuente, con un estilo acostumbrado a abordar sin miedo los temas que dan más miedo.
EVA GRINSTEIN
